sábado, 17 de enero de 2015

Jesuitas (no soy uno)

Hace años en este blog inventé el necesario término todosomosismo, refiriéndome a esa extraña tendencia de algunas personas a acudir a manifestaciones con carteles que dicen "TODOS SOMOS" algo que por lo visto todos no somos, por ejemplo, migrantes, prisioneros políticos, víctimas de un terremoto o lo que sea la tragedia actualmente de moda. Ahora habría que actualizar el término y llamar jesuitas a los que, con idéntica despreocupación, anuncian a través de las redes sociales que #je suis algo que demostrablemente je ne suis pas, por ejemplo, una revista francesa que, si hubiera estado de venta en su quiosco más cercano cinco días antes de la masacre de Paris, probablemente uno ni siquiera habría querido hojear y menos comprar. Será porque soy anticuado, pero creo que está mal ir mintiendo y diciendo que eres algo que no eres, que bastante tenemos con los políticos que tienen eso por especialidad, sobre todo aquí en Latinoamérica. Aparte, si dices que eres una revista, es muy fácil que la gente te descubra, al conocerte en un cocktail bar y notar que no tienes páginas, titulares, grapas, precio, etcétera. Claro que con decir esto me van a diagnosticar Aspergers, y no faltará quien me explique con ojos de mártir que se trata de "una forma de hablar". Bueno, creo que hasta ahí llego, con mi presunto Aspergers y todo, pero insisto: creo que es una forma de hablar cojuda y contraproducente.

Me explico. Si digo que soy Charlie, la tal afirmación se podría interpretar de cualquiera de las siguientes maneras, entre otras:

(1) Me identifico totalmente con los caricaturistas asesinados. Ratifico todo lo que ellos quisieron plasmar en sus caricaturas desde el inicio de sus respectivas carreras artísticas hasta el día mismo del múltiple asesinato. Considero que todas las supuestas ofensas que ellos publicaron fueron justificadas y socialmente beneficiosas, y además, siempre me ha encantado su estilo.

(2) No sé apenas nada de la revista, y lo poco que he visto no es que me entusiasme demasiado, pero sé que esa gente murió por ejercer la libertad de expresión. Me identifico con ellos en el sentido de valorar ese derecho y repudiar a cualquier intolerante que intente reprimirlo mediante la violencia o las leyes.

(3) Tengo la creencia irracional de que las redes sociales están siendo monitoreadas por yihadistas ansiosos por recibir aplausos y bravos de parte de ecuatorianos ociosos. Lo siento, señores, no aplaudo lo que ustedes hacen. Hasta me parece muy poco educado eso de ir interrumpiendo reuniones y disparando a todos los presentes. Malcriados.

(4) No entiendo muy bien lo que pasó, pero por lo visto, identificarse con ese tal Charlie me colocaría del lado de la Mayoría Biempensante. Me encanta formar parte de la Mayoría Biempensante. Se me humedecen los ojos cuando me encuentro en una muchedumbre que grita al unísono la misma consigna, sea cual sea. Me siento, no sé, valiente y admirable y parte de algo grande.

(5) Soy un entelodonte a cargo de toda la política propagandística de un gobierno tercermundista escuálido. Esos cojudos musulmanes me han regalado la ocasión perfecta para hacer alarde de mi apego a los valores fundamentales de libertad de prensa (buajj) y de expresión, mediante la simple repetición de un hashtag que apenas no significa nada. ¡Claro que estuvo mal matar a esa gente! Lo correcto hubiera sido exigirles disculpas públicas y una multa millonaria, dedicarles una cadena nacional o dos, y a continuación, encarcelarlos. Así hacemos los iluminados. Así que #jesuisjesuita, también, y a mucha #honra.

¿Ven? Es ambiguo. Y aparte, pretencioso y un poco smug. Lo siento. No tengo nada en contra tuyo si fuiste Charlie un rato, pero no es mi estilo. Ah, pero perdiste la ocasión de estandupandbecountedearte, dicen. Eso de ponerte tiquismiquis por un simple eslogan en el fondo es muy egoísta de tu parte. ¡Recuerda la primavera árabe! Las redes sociales ¡hacen la diferencia!

Bollox. Si hasta el Entelodonte ha podido ser Charlie por un día, prueba más que suficiente de que ser Charlie no significa absolutamente nada. Aquí hay un hashtag que el Entelodonte no pudiera haber copiado, creo:

#Liberté

No es tan difícil. La cuestión no es ser Charlie, sino ser tú mismo e intentar expresar tu pensamiento de la manera más clara y precisa que puedas. No llegarás a trending topic, pero afianzarás la costumbre de mantenerte fiel a ti mismo, y sin eso, sin esa fidelidad, ¿qué significa libertad de expresión? ¿Libertad para copiar y pegar según la moda imperante? Por esa libertad no doy ni un carraspeo de moco verde, menos la vida.

La gente que defiende la libertad de expresión sin tener nada ellos mismos que expresar, creo que estaría mejor ocupada regando postes de iluminación pública con una original mezcla de Pilsener, tequila, urea, ácido úrico y sales inorgánicas. Posiblemente con cubitos de zanahoria, según tradición.

¿Yo? Si sigues este blog no habrá sorpresas, pero:

Religión: en contra.
Actos de violencia o coacción inspirados o justificados por cualquier religión: en contra.
Intentos de regular o controlar la libre expresión desde el Estado, de cualquier manera, mediante leyes o sin ellas: en contra.
Boko Haram, ISIS, Al Qaeda, la CIA, GCHQ, el KKK, la BBC, Podemos, Opus Dei, Ricardo Arjona, le Front National, la Prieuré de Sion, la conspiración judeo-marxista-masónica, the Goole and District Catholic River Wideners Club, los políticos que cazan moscas con la lengua: en contra.
Dogmatismo: en contra.
Metta bhavana: a favor. Up to and including keeping one's mouth shut to avoid unnecessary offence to charming people generally.  (Aunque a veces no lo parece. Mea culpa.)
La presunción de poder cambiar algo con simples declaraciones de adhesión o de repudio: en contra. Aunque tampoco lo parece. Well, you asked for it.



El catolicismo sicodélico (5)

No sé por qué se me ocurrió ponerme a hablar de Francis Thompson. No lo leo desde los 18 años. El haber aprendido de memoria varios poemas de él me valió, quizás, el sobresaliente en el S-Level de Literatura Inglesa que tomé a esa edad; en el sistema educativo inglés, siempre es bueno saber algo que el examinador no sabe: ser repelente es rasgo premiable. Poco me valió en lo posterior. Lo vuelvo a leer y me doy cuenta de que, si es un poeta menor, es por algo. La verdad, leí mucha basura a esa edad. Siempre he tenido mente de basurero.

El poema que cité significó algo para mí en aquel entonces. Ahora no significa nada (supongo que se notó en el torpe intento de sacarle jugo en el último post. No tenía el corazón en ello). Eso quiere decir que no soy la misma persona que fui hace un cuarto de siglo. La perdurabilidad de la personalidad humana tal vez sea, entonces, un mito como otro cualquiera.  Lo único que te da la sensación de ser la misma persona que ayer son tus hábitos. Si en lugar de coger la carretera hacia el trabajo esta mañana a las 6.15, hubiera cogido la dirección contraria con la idea de ir a Santa Marta y ganarme la vida allí tocando guitarra en una calle esquinera a la playa, inmediatamente sería otra persona, irreconocible, más interesante, más visible, más pluto. Pero entonces tendría que abandonar a mi hijo. Vale: tus hábitos y tus afectos, pues. Y tus enfermedades. Nada como una enfermedad para recordarte que eres el cúmulo de tus errores pasados y presentes. Y que todos esos errores tienen raíz común: tus defectos. Vale: tus hábitos, tus afectos, tus enfermedades y tus defectos, que son ausencias, extirpaciones, huecos.

Y tus recuerdos. Yo siempre he tenido una extraordinaria facilidad para olvidarme de todo aquello de que quiero olvidarme. Es un don que tengo. Además, y esto es aparte, considero que a este respecto la identidad es una entelequia a la vez que una imposición estatal, muy replanteable. Si cometí un crimen, de acuerdo, se me debería suponer una identidad perdurable, o sea, para efectos prácticos se debe considerar que si el sujeto que está en la cárcel tiene la misma cara y el mismo ADN que el que fue juzgado y condenado, bien encarcelado está, por muchos diccionarios que haya transcrito y por muchas religiones musulmanas a las que se haya convertido y muchas células suyas que se hayan reemplazado. Lo mismo con las deudas: no sirve “he cambiado mucho, así que no te voy a pagar, porque el que te prestó era otro” (o por lo menos no sirve para gente común. Para presidentes sí, naturalmente). Pero fuera de crímenes y deudas, me reservo el derecho de ser, mañana, otra persona con otro nombre, y de no acordarme de todas esas tonterías que hice. Si tú te acuerdas, y el Internet se acuerda, bueno, será problema de ese otro tipo que tenía ese nombre. ¿Te parece? La vida es demasiado corta como para ir cargando con un historial por doquier. En lo que no ataña a la responsabilidad penal o civil, nos merecemos todos una sexagésima segunda oportunidad.

Pero si bien intento olvidarme de aquello que ya me olvidó, hay recuerdos sobre todo a nivel de asociaciones entre objetos y emociones, y encuentro que esos recuerdos forman una especie de caparazón que impide que me vuelva demasiado gelatinoso en la práctica. Puedo no ser el mismo pendejo que hace veinte años, sino otro pendejo de muy nuevas y relucientes pendejadas, pero igual me hace llorar la música de la serie de Robinson Crusoe que vi de niño, e igual anhelo el sonido de la lluvia más que otra cosa en el mundo, y mis sueños húmedos siguen con el mismo aburrido guión infantil de siempre. A veces creo que la vida es simplemente una serie de anotaciones en lápiz en las páginas de la infancia. Cualquier día borras una y añades otra, y nadie es tan tonto como para confundirlas con el texto en sí. Lo que me devuelve de bruces al tema del dichoso de Thompson, el poeta menor.

A veces se escucha decir: por lo menos la religión nos ha traído arte, la misa en si menor, los cuadros del Greco, la King James Bible. En realidad, y la historia de Thompson es buena muestra de ello, la religión sólo ha servido de censor, y el arte se ha hecho siempre a sus espaldas y en su pesar, aprovechando sensibilidades pasajeras, fugaces indulgencias, oportunas comisiones. Aunque para que haya arte, discutiblemente, cierto tipo de obstáculos (constraints) son siempre necesarios: el irritante grano de arena que hace la perla. El poema de Thompson citado nos enseña un alma que no quiere la vida eterna, sino el sueño eterno (al igual que cualquier persona cuerda: la “vida eterna” es de por sí definición del infierno, y el deseo de ella, prueba irrefutable de un narcisismo galopante). Nos muestra, además, al igual que toda su obra, un ser volcado hacia la infancia, hacia la sombra de esa madre que perdió de pequeño, y que trasluce en todos esos regazos sucedáneos que afloran en sus dedicatorias. Y en relación con eso, y aquí llegamos al meollo, esa tensión primaria entre contemplación y apropiación que todo poeta conoce.

La visión poética es contemplativa en su esencia. Cuando contemplamos los objetos, las piedras de colores, las canicas, los pájaros, los jardines secretos, los retretes públicos, ellos nos poseen fugazmente. Roto el encanto, buscamos apropiarnos de ellos, de mil formas, entre ellas, convirtiéndolos en piedras de color, duras y resistentes, sobre la página de un cuaderno, en cadenas de palabras con fuerzas nucleares tan fuertes que nunca más aguantarán la separación, eternizando así el embrujo del objeto original. Pero la mejor forma de romper ese encanto es insertar el objeto en el mapa conceptual del sujeto contemplativo, relacionarlo con su paisaje familiar, y peor, asegurarle de que así ubicado, el objeto “sirve” para algo. Coge los Selected Poems de Thompson y encontrarás un caleidoscopio de imágenes que lo único que tienen en común es esa lucha, expresada en una dicción barroca, por no significar demasiado, por no atraerle la atención al Todopoderoso censor, por no encontrarse a gusto entre tu mueblería mental, por quedarse fieles a sí mismos y a su naturaleza infantil. Y atrás, con paso firme e inexorable… The Hound.

domingo, 11 de enero de 2015

El catolicismo sicodélico (4)

En inglés, y sospecho que en otras muchas lenguas, la mala poesía sería, si se pudiera obviar el hecho de ser mala, un género literario aparte. Fuera de las consideraciones más superficiales, como la acumulación de espacio blanco en el lado derecho de cada página, los dos géneros, la mala poesía y la buena, muy poco tienen en común, empezando con las motivaciones iniciales del compositor (extrínsecas en la mala, intrínsecas en la buena), pasando por la meta propuesta (el mal poeta quiere que la atención del lector se centre en él mismo, en sus "sentimientos", en su "dominio",  etcétera; el buen poeta quiere hacerse invisible y centrar la atención en el objeto escogido, aunque, paradójicamente, el objeto sea su propia existencia), y abarcando hasta las filosofía estética que determina el proceso creativo (el mal poeta es imitativo, y sus palabras se apoyan cual muletas en vagos recuerdos de mejores obras: el buen poeta se ahorcaría antes de escribir algo predecible, o dejar que la memoria supla a la inspiración). En la actualidad, se considera que el arcaísmo es atributo exclusivo de la mala poesía: basta con que escribas un solo "e'er" u "o'er", un lea o un, uf, babbling brook, y, aunque por el resto seas Shakespeare, ya la cagaste: eres un Internet Poet y de los más deleznables. Asimismo, hay un elenco de técnicas y figuras que difícilmente te aceptarán hoy día a menos que consigas darles un giro nuevo e inesperado, como la personificación o el epíteto clásico. Desde que TS Eliot revolucionó la poesía en lengua inglesa publicando en 1922 la mejor obra del siglo y de la era, obvia y comprensiblemente il faut etre absolument moderne.

Pero estas consideraciones de técnica y dicción no son estrictamente nuevas: desde las Lyrical Ballads de Wordsworth, que vinieron con manifiesto gratis, se buscaba, no siempre con la mejor fortuna, asemejar la poesía a la lengua común, al habla cotidiano del hombre común, dejando que la temática, y no el "estilo", determine la dicción. En tiempos de Thompson, entonces, cuando en su ensayo sobre Shelley él se queja de que "poetic diction has become latterly a kaleidoscope", no está diciendo nada remotamente controversial siquiera para su público. Sorprende, entonces, ponerse a leer a este poeta defensor de la naturalidad y de la espontaneidad y encontrarse con un alarde de barroquismo y preciosismo a veces insoportable:


Though jewels should phosphoric burn
Through those night-waters of thine hair,
A flower from its translucid urn
Poured silver flame more lunar-fair.
These futile trappings but recall
Degenerate worshippers who fall
In purfled kirtle and brocade
To 'parel the white Mother-Maid.



Hay que decirlo: sería imposible hoy en día que en un recital de poesía alguien se ponga de pie y diga "purfled kirtle" sin provocar por lo menos una ráfaga de risas cortésmente sofocadas, acompañada de algunas muecas de limón. Con lo cual estoy diciendo que cuando Thompson es malo, es muy malo. Un crítico de la época llegó a decir de él: "He has done more to harm the English language than the worst American newspapers". Todo lo cual explica, quizás, el hecho de que él nunca llegó a formar parte del canon de poetas de lectura obligada en los cursos de literatura inglesa. y que hoy en día sea un nombre prácticamente olvidado, si no fuera por lo vistosamente antológico de su obra mejor conocida, "The Hound of Heaven".

¿El por qué de todo esto? En la introducción a su ensayo sobre Shelley, de modo (ahora sí) algo sorprendente, Thompson parece sentir la necesidad de defender el quehacer poético frente a su propia religión, que él imagina con ceño adusto y dedo índice reprobatorio, condenando la frivolidad de tal dedicación en un mundo lleno de pecado y tentación. Tal vez esto no nos resultará tan sorprendente si nos acordamos de las angustias de Gerard Manley Hopkins frente a su propio impulso poético, que resultaron en la quema de cuadernos enteros de obras propias. La Iglesia Católica parece, en efecto, por lo menos en esa época y para esa comunidad haber sido el mejor censor previo que tirano alguno pudiera desear para sí. Parte de la solución de Thompson consistió en esforzarse por ubicarse a sí mismo dentro de la tradición poética católica nativa de las Islas Británicas, que ya gozaba del nihil obstat del más escrupuloso censor: el problema era que los mejores exponentes de esa tradición eran voces del pasado, poetas isabelinos como George Crashaw, o de la Restauración como William Cowper. De modo que, para reivindicar su pertenencia a esta línea, se sintió, aparentemente, obligado a adoptar algunos rasgos de sus modelos, en especial cierto conceptismo preciosista y cierto desafiante exotismo en el lenguaje: tuvo hasta cierto modo que mirar hacia atrás, donde otros, como el propio Hopkins, ya estaban anticipando el futuro.

Ahora, si el mal Thompson es muy malo, el bueno es, para mí, poco menos que espectacular. Y no me refiero a "The Hound of Heaven", aunque, de acuerdo, constituye una hazaña notable, difícilmente olvidable. Me refiero a un poema con el título de "Mistress of Vision" y que puede leerse aquí (la primera de la colección).


           Secret was the garden;
          Set i' the pathless awe
          Where no star its breath can draw.
          Life, that is its warden,
     Sits behind the fosse of death.  Mine eyes saw not,
            and I saw.



No recuerdo, realmente, si me caí de la silla al leer esto por primera vez en ese volumen de color verde que traje del Penn Bookshop. Pero recuerdo el asombro que sentí. Imposible recordar y hasta imaginar evocación tan escueta y, a través de la paradoja, tan firme, de una dimensión de la existencia fuera del tiempo y del espacio, de una realidad alternativa, no material, y para colmo, misterioso e impredecible, ajeno a toda idea preconcebida. Esto es poesía mística y lo demás, cuento.


          It was a mazeful wonder;
          Thrice three times it was enwalled
          With an emerald—
          Sealed so asunder.
     All its birds in middle air hung a-dream, their
            music thralled.


Al
 llegar aquí se confirma la apuesta métrica: no hay estricta regularidad, las palabras siguen los ritmos sinuosos del discurso interior contemplativo, adquiriendo ese tono de asombrada admiración que se suele asociar con un hablar suave, pausado y reverencial; lo que sí hay es un verso alejandrino al final de cada estrofa, a modo de cierre a lo Spenseriano, que le da a la estrofa una urgencia conversacional y refuerza la sensación onírica con que este discurso nos envuelve.


         The Lady of fair weeping,
          At the garden's core,
          Sang a song of sweet and sore
          And the after-sleeping;
     In the land of Luthany, and the tracts of Elenore.

           With sweet-panged singing,
          Sang she through a dream-night's day;
          That the bowers might stay,
          Birds bate their winging,
     Nor the wall of emerald float in wreathed haze away.



Aquí lo tenemos, pues, el tema principal: la añoranza de detener el tiempo y con él, el derrumbe del sueño. La "Lady", la "Mistress" del título consigue, con su canto, evitar la desaparición del jardín. Se empieza a insinuar el segundo tema, el del sufrimiento. Salto algunas estrofas, y llegamos a esto:


          But woe's me, and woe's me,
          For the secrets of her eyes!
          In my visions fearfully
          They are ever shown to be
          As fringed pools, whereof each lies
          Pallid-dark beneath the skies
          Of a night that is
          But one blear necropolis.
     And her eyes a little tremble, in the wind of her
            own sighs.

          Many changes rise on
          Their phantasmal mysteries.
          They grow to an horizon
          Where earth and heaven meet;
          And like a wing that dies on
          The vague twilight-verges,
          Many a sinking dream doth fleet
          Lessening down their secrecies.
          And, as dusk with day converges,
          Their orbs are troublously
     Over-gloomed and over-glowed with hope and fear
            of things to be.



Aquí se empieza a aclarar, poco a poco, la subjetividad del narrador, hasta ahora simple observador, a partir de aquí protagonista emocional. Angustia, miedo, esperanza. Se acumulan imágenes crepusculares, misteriosos y fugaces.

Sigue una transición brusca, inesperada, que evoca un Oriente, ahora sí terrenal, pero a la vez onírico: una nación entera que vive debajo de la tierra por miedo al estrepitoso "ruido" que hace el sol al subir. Después resulta que esto, supuestamente, se le ocurre al narrador como simple analogía:           "Lend me, O lend me/ The terrors of that sound" (el sonido del sol). ¿Qué sucede aquí? Creo que un sol que suena estrepitosamente como campana al subir, y que obliga a los pueblos a retirarse a una vida subterránea, puede leerse de dos formas: o bien como símbolo, probablemente religioso, de una verdad inmensa y terrible que obliga a esconderse y a negarla, o bien como referencia al tópico de la sinestesia de que tanto habla Rimbaud, más o menos por la misma época, y que literariamente se asocia bastante con el consumo del alcohol y de ciertas drogas. Sigamos:


          On Ararat there grew a vine,
          When Asia from her bathing rose;
          Our first sailor made a twine
          Thereof for his prefiguring brows.
          Canst divine
     Where, upon our dusty earth, of that vine a cluster
            grows?

          On Golgotha there grew a thorn
          Round the long-prefigured Brows.
          Mourn, O mourn!
     For the vine have we the spine?  Is this all the
            Heaven allows?

           On Calvary was shook a spear;
          Press the point into thy heart—
          Joy and fear!
     All the spines upon the thorn into curling tendrils
            start.


Más claro, imposible. Estamos entonces en el núcleo del poema, que a fin de cuentas, presenta un mensaje católico absolutamente ortodoxo. Con la doble imagen de la viña y de la espina, se representa el goce y el dolor, ambos espirituales, y se insiste en que solamente a través de la identificación con Cristo y con su sufrimiento ese dolor se puede transformar en goce.


          O, dismay!
          I, a wingless mortal, sporting
          With the tresses of the sun?
          I, that dare my hand to lay
          On the thunder in its snorting?
          Ere begun,
     Falls my singed song down the sky, even the old
            Icarian way.

Algo sorprendente. El poeta se reprende por su osadía al intentar descifrar y representar el canto de la Dama, y anticipa el fracaso y la "caída".


         Her song said that no springing
          Paradise but evermore
          Hangeth on a singing
          That has chords of weeping,
          And that sings the after-sleeping
          To souls which wake too sore.


La segunda vez que aparece este curioso "after-sleeping", que antes tuvo cuidado de distinguir de "sweet and sore". ¿Qué es este "sueño posterior" que no es ni dulce ni doloroso? Si es la muerte, estamos ante una sorprendente negación de la ortodoxia católica en lo referente al "afterlife", a la vida después de la muerte. Claro que si lo tomamos de la manera más literal, el solo dato de que el poeta era adicta al opio lo aclara perfectamente. Uno se despierta "too sore", demasiado dolorido. Se droga. Cae en un letargo o sueño anestesiado. A un escritor que está practicando la dolorosa abstinencia, puede que el cielo se le presente de esta manera.

A continuación, el poeta pide a la Dama indicaciones sobre cómo llegar a esa mítica tierra conocida en el poema como Elenor y Luthany. La respuesta consiste en una serie de exhortos, donde muchos de ellos encierran una paradoja al estilo de cierto discurso devocional y místico. Culmina en:


          When earth and heaven lay down their veil,
          And that apocalypse turns thee pale;
          When thy seeing blindeth thee
          To what thy fellow-mortals see;
          When their sight to thee is sightless;
          Their living, death; their light, most light-
            less;
          Search no more—


De nuevo, estamos con el mensaje cristiano ortodoxo, el camino espiritual que implica negación del mundo. Más abajo:


          'When to the new eyes of thee
          All things by immortal power,
          Near or far,
          Hiddenly
          To each other linked are,
          That thou canst not stir a flower
          Without troubling of a star;


Lo que faltaba. Dolor, redención, negación del mundo, la vía de la paradoja, sinestesia, y ahora el efecto mariposa que se asocia con un "poder" tan inmortal como misterioso y sugiere una oculta unidad detrás de la multiplicidad de las apariencias. El poema termina así:


         And as a necromancer
          Raises from the rose-ash
          The ghost of the rose;
          My heart so made answer
          To her voice's silver plash,—
          Stirred in reddening flash,
     And from out its mortal ruins the purpureal phantom
            blows.

          Her tears made dulcet fretting,
          Her voice had no word,
          More than thunder or the bird.
          Yet, unforgetting,
     The ravished soul her meanings knew.  Mine ears
            heard not, and I heard.

          When she shall unwind
          All those wiles she wound about me,
          Tears shall break from out me,
          That I cannot find
     Music in the holy poets to my wistful want, I doubt
            me!


El doloroso despertar, el derrumbe del sueño, la vuelta a la realidad, y la consiguiente nostalgia, el deseo de reconstruir el sueño. Y, curiosamente, el descubrimiento de la individualidad: el sueño de Thompson. a pesar de seguir, por lo general, lineamientos ortodoxos, no se ve reflejado en ninguno de los "holy poets", o por lo menos eso teme.

Me está fallando la fuerza. Un post más y ya estamos con esto.


El catolicismo sicodélico (3)

Francis Thompson (1859-1907) fue uno de esos jóvenes estudiantes de medicina que rápidamente se hartan de tanta embriología e inmunología y sueñan con dar la vuelta a Sudamérica en bici, o bien con ir a Londres y convertirse en joven y brillante promesa de la literatura. Ignoro si el haberse graduado en medicina era algo que facilitaba la obtención de drogas que de todas maneras en aquel entonces eran lícitas (Las Confessions of an English Opium Eater de de Quincey, de hacia medio siglo, eran aun best-seller, y apenas había poeta romántico de renombre que no había flirteado públicamente con el opio): la cuestión es que a poco de graduarse, y de cumplir su sueño de instalarse en Londres, Thompson ya era adicto, lo que significó en la práctica que los pocos ingresos que podía percibir a través de la venta ambulante (fósforos, diarios) se le fueron en droga, convirtiéndolo en uno de esos sin hogar que hoy día siguen la acostumbrada tradición londinense de dormir acurrucados en las plazas públicas, contra el frío asesino y bajo la mirada suspicaz de los agentes de policía nocturnos. Por lo que yo digo: la próxima vez que algún joven con aspecto louche suba a bordo del colectivo y anuncia que va a pasar por cada uno de sus respectivos asientos, conviene recordar que tal vez estás viendo a un futuro gran escritor, a un inmortal que ahora está pasando por esas duras pruebas por las que pasan, ineluctablemente, la gran mayoría de los inmortales. En fin. La situación descrita duró, según sus biógrafos, tres años, e incluyó un conato de suicidio. Su eventual salvación le llegó de la mejor manera posible, en la persona de una prostituta que entabló amistad con él y compartió con él comida y alojamiento. Lo que le permitió, a duras penas, escribir (en lápiz, sobre una hoja de papel "escuálida") y enviar a una revista literaria el poema que le conseguiría su primer reconocimiento. Otros poemas siguieron. Al poco tiempo, él llegó a casa después de un paseo por el Támesis y se encontró con que su amiga y salvadora había desaparecido, llevándose todas sus pertenencias, aparentemente para evitar que su asociación con una prostituta dificultara su ascenso en el mundo de las letras en el que recién ingresaba. Volvió a las drogas. Pero su primer poema, publicado en la revista católica Merry England, había llamado la atención del editor, Wilfrid Meynell y de su esposa, Alice Meynell (née Thompson, no relation), acomodada y virtuosa literata, autora de un libro de ensayos (también asequible para mí a través de The Penn Bookshop) y poesía. Ella y su marido quisieron conocer personalmente al poeta, y fue así que, tras un par de desencuentros, descubrieron a ese hombre demacrado, barbudo, hediondo, paupérrimo y preso de todos los síntomas de la adicción. Le llevaron a su casa y se dedicaron a devolverle a la salud como podían.

De allí hasta que murió, a la edad de 47, fue protegé de los Meynell, aunque su continua adicción les obligó a enviarle a lugares más curativos, entre ellos un monasterio donde tuvo, a la fuerza, que pasar por el cold turkey. Publicó tres colecciones de poemas y algunos ensayos. Murió de tuberculosis.

También figuró en las pesadillas de un tal Coventry Patmore, aspirante a gran poeta, hoy olvidado, de cierto talento irremediablemente viciado por una completa falta de sentido de humor, hombre altivo, arrogante y devoto (a pesar de ser casado) de la Meynell, quien con el tiempo se vería obligada a darle largas, pese al exquisito autocontrol que el pomposo literato ejercía sobre sus sudorosas manos y su entumecido bigote. Patmore nos resulta simpático hoy por un simple accidente, el de haber escrito el poema más odiado por las feministas de todos los tiempos, Angel in the House, que pese a expresar perfectamente el sentimiento sexista de su época, con su boba idealización de la recontravictoriana little woman, nadie más hubiera tenido la insensatez de publicar.

La cuestión era que el inocente de Francis llegó a publicar una serie de poemas con el título evocador de Love in Dian's Lap (Amor en el Regazo de Diana), dedicada a la encantadora Meynell. Patmore, que ya había pregonado a los cuatro vientos la grandeza y las virtudes literarias de Thompson, y que soñaba todas las noches con eso, precisamente, con el Amor en el "Regazo" de la mencionada Meynell, tuvo que convertirse en espectador enfurecido e impotente de esa peligrosa amistad entre el desamparado escritor y su segunda salvadora, amistad que el marido de Meynell vio con benévolos ojos, bien porque era inglés, bien porque era lo bastante perspicaz como para darse cuenta de que Francis Thompson no representaba ninguna amenaza a su paz conyugal. De hecho, hubiera sido difícil encontrar en esa época hombre más inocente y más infantil. Infantil, según su propia estimación ("búsquenme en las guarderías del cielo"), y según sus biógrafos, que nos recuerdan que dedicó poemas llenas de inocente agradecimiento y tierna admiración no solamente a la Meynell sino a las hijas de aquélla.

Aun así, esta especie de delicioso triángulo doméstico lleno de heroico autosacrificio y sinceros y nobles sentimientos les puede parecer a algunos hoy en día poco plausible, o ridículo. El dato necesario que falta para que todo tenga sentido es el hecho de que todos los actores de este minidrama sin catarsis eran católicos. Y ser católico en Inglaterra, sobre todo entonces, era muy otra cosa que ser católico en un país de tradición católica mayoritaria. Significa ser miembro de una religión minoritaria, sujeta a ocasionales persecuciones históricas y suspicacia popular, pero al mismo tiempo, con cierto arraigo entre las clases más altas y pudientes. Significa ser heredero de una tradición globalizadora y cosmopolita, frente a una cultura altivamente insular. Y finalmente, significaba entonces defender, contra cierto puritanismo de templanza, resignación, mezquino esnobismo, caras largas y "buenas costumbres", una tradición que conjuga un llamativo ascetismo con cierta indulgencia ante el gozoso exceso, la embriaguez mística de la tradición continental. De modo que los más famosos católicos ingleses del último siglo y medio han sido hombres como Hilaire Belloc o GK Chesterton, devotos públicos de la buena cerveza y la buena mesa, o como Graham Greene y Evelyn Waugh, figuras literarias complejas y atormentadas. En todo caso, creo que es fácil hacerse la idea de una mini-sociedad de literatos burgueses que cargaban sobre su conciencia, los 24 horas del día, la responsabilidad de ser embajadores de cierta noción de virtud dentro del sacrificio y de la renuncia, en medio de una cultura de incomprensión y peligrosa suspicacia, hambrienta de escándalo.

En fin, lo que precede era nomás para despejar el camino hacia un poema extraordinario que será tema del post siguiente.

sábado, 10 de enero de 2015

El catolicismo sicodélico (2)

Creo que existe un instinto de instrumentalizar, y que ese instinto es hasta más básico que el de atar hombres a la cama y perforar sus cuerpos con rompehielos. (Ahora se me ocurre que el segundo tal vez sea manifestación del primero.) Quiero decir que si de niños apreciamos la belleza intrínseca de colores y patrones de una manera contemplativa (ver último post), el crecer implica, primero, querer adueñarnos de esos objetos, o bien literalmente (coleccionismo) o bien simbólicamente (libros, conocimientos), con lo cual pasamos de contemplación a posesión; después viene la pregunta insistente: ¿para qué sirven?, y ahí entra de bruces la instrumentalización, instinto que la naturaleza privilegió en nuestra especie por la simple estrategia de quitar de en medio a quienquiera no supiera reconocer en una ramita una flecha, o en una piedra un arma. Excusado decir que los mismos instintos pueden estar en juego en las relaciones sexuales, y en ningún lugar más que en Ecuador, donde si no se posee al otro o a la otra, no hay nada que hacer, y donde, además, lo sacramental es que la mujer sirva de mamá-sustituta y el hombre, de bono solidario y tarjeta de débito. Y que, si tu hombre te trata de una manera un poco rara, puede ser que se le haya ocurrido que, a más de servir para algo tu cuerpo entero (para qué, ya lo habrás descubierto), cada parte anatómica del mismo ha de tener, adicionalmente, una utilidad secundaria, quizás no demasiado evidente a primera vista. En fin. Ya me contarás.

Ya, ya. Eres feminista y, por tanto, eso de la instrumentalización del otro no lo aceptas. Tú lo llamas cosificación, y consideras que es algo patriarcal, sexista, tal vez capitalista y algún ista más, y que en tu sociedad perfecta o utopía, no habrá eso, porque lo correcto es que las personas se vean no como objetos a utilizar, sino como personas con autonomía propia, sentimientos y derechos. Bien. Puede ser que te refieres a algo que para mí es axiomático, la necesidad de civilizarnos un poco más allá de lo que puede hacerlo la sabatina de Correa. De acuerdo. Pero lo que me llama la atención en todo este discurso es que falta por completo una apreciación de la complejidad, primero de la mente humana y luego de las relaciones y por último de los deseos. Claro que nos utilizamos, mujeres a hombres y hombres a mujeres y las demás permutaciones de rigor, claro que sí, todo el tiempo, pero muy raro sería encontrar a alguien que solamente hiciera eso, que sin ser sociópata o incluso siéndolo, auténtica y exclusivamente contemplara a otras personas como objetos. Así que la existencia del cosificador a tiempo completo es un supuesto no consentido: de lo que yo estaba hablando era de instintos, y si no has aprendido a adueñarte de tus instintos, a controlarlos y dosificarlos y programarlos y jugar con ellos al escondite con alarde de multitasking, siento gran lástima de ti, porque aun te falta graduarte a la categoría de ser humano. Aparte de lo cual, tengo por artículo de fe que nada de lo que yo puedo sentir le es completamente vedado sentir a una mujer, simplemente por serlo, así que si yo he sentido a lo largo de la vida un deseo terrible de ser utilizado (de determinada manera, claro, en determinado lugar y con determinados fines y con determinada música de fondo), pues permíteme dudar de la supuesta imposibilidad de que una mujer pueda sentir tres cuartos de lo mismo. O un cuarto, por lo menos, o aunque sea una octava parte, según nivel de testosterona. Pero me estoy apartando del tema.

Entre los ciento y pico, no, pongamos trescientos libros de aves que tenía en mi niñez (ver post anterior) había uno impreso en India y con el llamativo título de Nurseries of Heaven. En la contraportada venía la justificación del título, así:

Look for me in the nurseries of Heaven. (Francis Thompson)

Poca importancia le di, naturalmente a ese tal Francis Thompson, quienquiera que fuese, en aquel entonces. Hasta que lo volví a encontrar, casualmente, años más tarde, en The Penn Bookshop... ¡Fóllenme lateralmente con una cuchara oxidada! ¡El sitio todavía existe (cambiado de nombre) y está en Google! Lo siento, siento la interrupción, pero tengo que hacer esto:





Bueno, resumimos. Antes de llegar al tema principal, que es nada menos que el catolicismo sicodélico del propio Francis Thompson, decir que al contrario de lo que te harán creer tus profesores de informática, un libro no es una secuencia de códigos ASCII apta para ser presentada en formato txt, doc, HTML o pdf en una pantalla de 17 pulgadas. No. Es un objeto físico, con su propio peso, textura, grosor de papel, encuadernación, ilustraciones, portada, contraportada, tipo de letra, paginación, anotaciones, y olor. Sí, olor. El olor dentro de esa librería era una experiencia única e inolvidable. Porque lo que se vendía allí no eran libros actuales, sino tomos de segunda mano, o en muchos casos tal vez de décima mano. Por tanto, ahí encontrabas básicamente dos cosas: los gustos de otra generación, la de tus bisabuelos o tatarabuelos, y unos precios irrisorios. Habitualmente, yo salía de allí con una funda de 5, 6 libros, todos impresos hacia más de medio siglo, rayano en siglo entero. Llegaba a casa y husmeaba esos libros. Luego, repasaba las anotaciones, que en muchos casos había, en lápiz la mayoría, muy borrosas algunas pero visibles, en una letra que también era de otra generación. Luego, leía. Y leer era todo un ritual en sí, para lo cual, como poco, se necesitaba confort, fuente de calor, puerta cerrada y tiempo. Lo que intento decir con todo esto es que si eres un ser humano y no un simple CPU, y recordando tus relevantes instintos básicos tal como los acabo de resumir, reconocerás que no es lo mismo enterarte del argumento del Joseph Andrews de Fielding mediante wiki, que mediante Brodie's Notes, que mediante una rápida hojeada a una edición pdf que tienes abierta en pantalla, que comprando un libro de segunda mano, de unos 60 años de edad, encuadernado en cartón duro de color índigo, con páginas de poco grosor que exigen un tacto fino, delicado y respetuoso, y que embriagan por su solo olor. Ahí entra algo del instinto contemplativo o estético (un libro, a veces, es un objeto dotado de belleza propia, con independencia del texto), y algo del posesivo (el libro es tuyo, ocupa un lugar en tu habitación). Queriendo obviar esos dos aspectos, y limitarnos a la instrumentalización del contenido textual, nos hemos empobrecido terriblemente. Por lo menos, eso creo.

En fin. The Penn Bookshop me sirvió para leer mucho Walter Scott, muchísimo Maurice Maeterlinck (el tipo era una barbaridad de popular en la Inglaterra de principios de siglo, pongamos hasta los 30: no sé si el hecho comprobado de que ese Premio Nobel había plagiado de modo descarado influyó en su posterior olvido, pero lo encontrarás citado en el Ulysses de Joyce, y en mi página de poemas le dedico un soneto también); mucho Shakespeare y Milton, y aparte, obras de un encantador y enternecedor kitsch, productos de tiempos más inocentes, entre ellos, una maravillosa obra de una tal Wilhelmina Stitch, hilarantes poemas de asombrosa insulsez escritas en formato prosa a pesar de lo machacón de su ritmo y de sus rimas. También adquirí un volumen de un poeta canadiense llamado Robert W. Service, cuya especialidad era poemas narrativas de gran robustez y sencillez y tono moralizante (su tema preferido, la soledad y la disciplina interior de un explorador pionero). Muchas joyas, en resumidas cuentas, inasequibles para el devoto de Amazon.

Fue allí que me encontré con ese Selected Poems de Francis Thompson, tomo de dimensiones reducidas y color verde, que si no me equivoco se encuentra actualmente debajo de la cama de una pareja lesbiana en el Bajo Pirineo... pero ésa es otra historia. El propio Thompson, por supuesto, merece un post aparte. Ya estamos llegando.



El catolicismo sicodélico (1)

Hay una fase de la niñez en que te fascinan las piedras "de colores". (De la niñez, siempre en el supuesto schopenhaueriano de que para las mujeres, la infancia se extiende por toda la vida, and I mean that in the nicest possible way.) No me acuerdo cuánto me duró: pongamos seis meses, o seis días, o seis años, pero lo recuerdo aún por sus efectos. El color, cuanto más afrutado mejor. La translucidez, la textura, la lisura, todo era significativo. Quisieras ser niña para poder, legítimamente, codiciar collares y pulseras aunque fueran de cristal o cuarzo, con tal de hacerte dueño de esos colores. Supongo que el tema, la fascinación infantil del color, habrá sido debidamente estudiado y que las conclusiones informarán el decorado de aulas de primaria, helados, caramelos y parques temáticos. Uno aprende enseguida, si es varón, que es extremadamente peligroso manifestar perversa inclinación por las piedras, pero hay escapatoria: las canicas. Yo fui devoto de las canicas durante más marble seasons de las que quisiera acordarme (de hecho, nunca me paré a preguntar qué misterioso calendario regía esas seasons, temporadas, conocidas por todo colegial inglés, aunque en el caso del conker season la naturaleza obviamente dictaba lo suyo). Esto para mí era la orgía:




De modo que puedo informarles de que cuando un niño ve eso, no ve un conjunto de objetos pares e inútiles que exhiben una chocante y nauseabunda incompatibilidad cromática. No ve el conjunto, sino cada individuo por separado y sucesivamente: cada objeto esferoidal en esta foto es un ente maravilloso, seductor y codiciable. Además, el aficionado a las canicas te podrá decir qué lugar cada globo ocupa en esa jerarquía que pronto aprende a través del mercado de trueque. La canica más humilde o peón es una esfera de cristal transparente con una llama de color en medio. Las que no son transparentes ocupan un rango superior, y su posición exacta en ese class system viene determinada, básicamente, por su belleza visual y un poco por su textura o tacto. Las canicas un poco más grandes forman una aristocracia aparte. La reina, si recuerdo bien, era una especie de supercanica portadora de aspidistra petrificada a que decíamos spider gob (google no apoya ese recuerdo, pero ya se sabe, en Inglaterra los dialectos infantiles siempre han sido legión, y por lo visto no ha habido historiografía sobre el tema). Pero lo interesante del asunto era que, si bien la meta era tener todas las canicas que uno podía, y las más guapas sobre todo, ya a esa edad sobrevolaba un poco la idea de que no estaba bien que un niño reconociera y persiguiera tan directa y avaramente la belleza: tenía que haber una utilidad ahí en medio. Por eso las canicas no sólo se coleccionan, se juegan. Para eso (si alguien te pregunta) es para lo que sirven.

Abrimos paréntesis, porque esto no cabe en otro lugar. Todavía recuerdo, con cierto rubor, el engaño o superchería que practiqué un día en la escuela, quién sabe si con 6 años a cuestas, cuando quise hacerme el importante pasando por conocedor de un misterioso "juego" que mis compañeros no conocían. La cuestión es que debía de haber leído recién algún cuento en que al protagonista le hubiera salido un suspiro de alivio, o gasp of relief. Así que cuando esos compañeros me interrogaban sobre ese juego que yo había jugado "muchas veces" y que era la mar de divertido, mucho mejor que el fútbol o las canicas, sólo se me ocurrió llamarlo, precipitadamente, "Gas Boff Relief". Bueno, decían ilusionados y curiosos, y eso ¿cómo se juega? Ahí si pasé un mal rato. Al final, improvisando, quedamos en que yo era Gas, y mis dos mejores amigos eran Boff y Relief, y el quid era corretear por el patio con los brazos extendidos como aviones, anunciando nuestros respectivos nombres a grito pelado. "Las demás reglas las contaría sobre la marcha." Sorprendentemente, la cosa salió más o menos, y lo jugamos en algunas ocasiones, para mayor perplejidad de las niñas de la escuela, que, como acabo de indicar, por su condición femenina ya caminaban sumidas en una profunda y enigmática madurez muy a prueba de ese tipo de burradas. Ahora, ¿dónde estaba?

Ah, sí. Los pájaros. Como ya conté en otro lugar, tengo delante de mí el tomo de Ridgely y Greenfield, The Birds of Ecuador, y es posible que si algún día se quema la casa, después del laptop (y tal vez la familia... déjenme pensar) salvaría antes ese libro que cualquier otra cosa. Y no es que lo haya consultado mucho, pero hay cosas de la infancia que, en pleno holocausto de la pubertad, de alguna manera milagrosa sobreviven, si bien de modo esquelético y muy menguado y algo quemado, y para mí es lo que pasó con los pájaros, que vinieron después de las piedras y las canicas y fueron mi obsesión desde las 8 años, pongamos, hasta bien entrados los 15. Y lo interesante del tema es que los primeros pájaros que conocí no fueron los que tenía en el jardín, sino los que salieron en algunos libros que casualmente encontré. Debo explicar, tal vez, que en Inglaterra se considera que conocer los nombres de los c. 450 especies que habitan la isla es cultura general básica, por eso hay un libro de aves en cada casa, aun faltando la refrigeradora. Saber identificarlos, eso ya es otra cosa, eso es ser ornitólogo o twitcher, para eso hacen falta prismáticos y de los buenos (7x50 adecuado, 8x40 mejor, si tienes 10xlo que sea eres el más bacán de la excursión y tendrás amigos). Y ¿por qué me llamaron tanto la atención esos pájaros carpinteros, esos patos, esas gaviotas, esos halcones peregrinos? Pues supongo que por lo de siempre, los colores. Por ahí entra el veneno, creo.

¿Para qué sirven los pájaros? Eso es difícil. La solución de algunos twitchers es coleccionarlos (tick-hunters, se llaman). A pájaro visto, un visto y andando. Para otros, la idea es acumular conocimientos sobre ellos. Para una minoría, retratarlos, ser el próximo JJ Audubon. Para algunos pervertidos, escucharlos. Para mí, al final, creo que era acumular libros sobre ellos. Tenía el Field Guide que todos tenían. Tenía esos codiciables dos tomos de P.A.D. Hollom. Tenía el maravilloso Reader's Digest Guide. Tenía, no sé, una cincuentena más, tal vez un centenar. Todos esos libros perecieron en el holocausto de la pubertad, para ser reemplazados por unas pocas copias pringosas de Mayfair. Tal vez ahora entenderán por qué en Inglaterra a las mujeres los varones más nostálgicos, hasta hoy, las siguen llamando birds. Y que les sirvan para aproximadamente los mismos usos, ya someramente detallados.

(Fue el eterno chiste de mi padre. "He chases birds... the feathered variety." Jum.)

"Get on with it." - Mrs Audubon


Así que piedras, canicas, pájaros, libros/mujeres. Ya nos vamos acercando al tema. Paciencia.

Decir solamente que los pájaros dieron el toque final a mi carácter. Ser twitcher es un excelente pretexto para pasar los fines de semana y las vacaciones en lugares remotos, bien solo o bien en un grupo taciturno de anoraks,  preferentemente en lugares donde hace un frío espantoso, y donde lo que más hay es lodo, mucho lodo. El lodo se erigió en el amor de mi vida y creo que, en el fondo, sigue siéndolo. Lodo y soledad. Algo de mar, algo de lluvia, algo de viento, un somormujo a lo lejos. Mucho lodo. And a grey mist on the sea's face and the grey dawn breaking.

Y que no importa no tenerlos, si tienes los libros. El libro resume, mapea. purifica, estabiliza la fugaz y huraña realidad. Si no tuviera a Ridgely y Greenfield, me sentiría en este país un extraño, un intruso, un ignorante. Con ellos en mi escritorio, en cambio, estoy armado. Sé del país lo que hay que saber, y si no, dónde buscar esos conocimientos. Porque un país es sus aves. Lo demás es insustancial, a fin de cuentas.

lunes, 5 de enero de 2015

Utopía

Esquemáticamente: el reaccionario sitúa su utopía en el pasado. El progresista, en el futuro. Y el resto la situamos en ningún lugar, que es lo que la palabra realmente significa.

Hace poco comenté un artículo de uno de esos apologistas del cristianismo odontológico, donde nos intentaba vender el cuento de que el universo está hecho, "casi milagrosamente", a nuestra medida (el llamado argumento del "fine tuning"). Efectivamente, tal como me recordaron en los comentarios, esa idea parte de una manifiesta incapacidad para entender y apreciar en qué universo vivimos, algo bastante grave si esperas que te lleguen las cartas. Cualquiera diría que viviéramos en un planeta blindado contra la catástrofe, girando alrededor de una estrella tan eterna como domesticada. Es un bonito cuento para dormir a los niños. Yo todavía recuerdo esa visita que hice al Planetario de Londres, a la edad de 8 ó 9 años posiblemente, y la desazón con que todos esos niños salimos del edificio al final, después de una media hora mirando a un cielo estrellado donde nos explicaban y nos mostraban cómo terminaría nuestro sol por falta de combustible, y cómo se extinguiría de una vez para siempre la vida sobre la Tierra, en un tiempo ridículamente corto. Lo que no recuerdo haber escuchado ahí es el dato, ahora generalmente conocido y frecuentemente citado por Hitch en sus debates, de que no solamente nuestro sistema solar, sino nuestra galaxia entera, la Vía Láctea, está destinada a perecer en una gran y espectacular colisión con otro galaxia, la de Andrómeda, que cualquiera puede ya observar en su alocada carrera hacia nosotros, simplemente saliendo al patio con un telescopio de bazar chino. Con lo que es forzoso concluir: si todo esto lo dispuso un Gran Diseñador con la intención de propagar una raza de seres vivos hechos "a su imagen y semejanza", o bien el Tipo tuvo un mal chuchaqui ese día, o bien lo suyo es un sentido de humor bastante rarillo. Claro que, si quieres, puedes consolarte con cuentos de ciencia ficción en que la raza humana se escapa por los pelos de la conflagración final, y se dedica a viajar libremente por el universo en sus barcos de pirata, con el único inconveniente de soportar al plasta de William Shatner. Pero tarde o temprano hay que rendirse ante la evidencia: que el universo "pro Vida" de las pelis taquilleras de ciencia ficción se parece al universo real como Hogwarts a una Escuela del Milenio, y que en todo caso, la especie humana no ha demostrado especiales dotes para la supervivencia, siquiera comparado con otros ex habitantes de nuestro planeta, mucho más longevos y "sustentables", como los tiranosaurios de fausto recuerdo infantil.

Yo, personalmente, suelo pensar en términos de unos cuantos centenares de años más, y eso porque soy optimista. En realidad puede que no lleguemos ni al siglo que viene. Cualquier día se nos destapa Yellowstone, o recibimos una visita sorpresa de un asteroide, o se produce una nueva mutación de un virus asesino, o algún loco iluminado en Iran o Corea del Norte nos arrastra a una guerra mundial nuclear, o nos llega un brote de rayos gamma producido por la creación de un agujero negro. A falta de todo esto, seguiremos envenenando océanos, exterminando especies y talando bosques como de costumbre, hasta que esto sea el infierno visualizado por El Bosco y un poco más.

Claro que nada de esto le preocupa al creyente a quien se le ha prometido una especie de Toscana eterna, en algún lugar del universo o fuera de él, poco importa, con leones vegetarianos y corderos coronados, ángeles tocando joropos y, para quien se aburra, el Canal Infierno, una reality permanente de 24 horas al día, sobre el cual ese "padre de la teología", Tertuliano (ca. 160-ca.220), discurre como sigue:

At that greatest of all spectacles, that last and eternal judgment how shall I admire, how laugh, how rejoice, how exult, when I behold so many proud monarchs groaning in the lowest abyss of darkness; so many magistrates liquefying in fiercer flames than they ever kindled against the Christians; so many sages philosophers blushing in red-hot fires with their deluded pupils; so many tragedians more tuneful in the expression of their own sufferings; so many dancers tripping more nimbly from anguish then ever before from applause.
 
What a spectacle. . .when the world. . .and its many products, shall be consumed in one great flame! How vast a spectacle then bursts upon the eye! What there excites my admiration? What my derision? Which sight gives me joy? As I see. . .illustrious monarchs. . . groaning in the lowest darkness, Philosophers. . .as fire consumes them! Poets trembling before the judgment-seat of. . .Christ! I shall hear the tragedians, louder-voiced in their own calamity; view play-actors. . .in the dissolving flame; behold wrestlers, not in their gymnasia, but tossing in the fiery billows. . .What inquisitor or priest in his munificence will bestow on you the favor of seeing and exulting in such things as these? Yet even now we in a measure have them by faith in the picturings of imagination.” [De Spectaculis, Chapter XXX]
 
En fin, si el tipo viviera ahora sería columnista del Telégrafo, no me cabe duda.
 
Cedo a la tentación de citar otra vez de la misma antología: esta vez se trata de un panfleto de la CTS o Catholic Truth Society, organización cuya machacona propaganda repleta de vírgenes sumisas y cabizbajas recuerdo monopolizaba la estantería de lecturas al fondo de la iglesia donde yo asistía de niño:
 
What will it be like for a mother in heaven who sees her son burning in hell? She will glorify the justice of God.
 
Ya ven adónde voy con esto. No les voy a decir a mis lectores creyentes, si los hubiere, que no vivirán eternamente en algún paraíso, en alguna "Norcorea Celestial" (la frase es de Hitchens), si es lo que desean. Pero, y eso no lo digo yo, sino la Catholic Truth Society, lo que sobrevivirá de ellos es solamente una parte, el corazón de la cebolla que digamos, lo que puede quedar de una madre cuando le han arrancado hasta el amor materno, lo que puede quedar de un ser humano cuando le han arrancado hasta la compasión, el espíritu desafiante y aventurero, la inteligencia, la humanidad misma en una palabra. El fin de la existencia del creyente es el mismo que el fin del Winston de 1984, o el del protagonista de One Flew Over the Cuckoo's Nest, pero sin indios piadosos. La lobotomía extrema, la muerte en vida, la sonrisa boba, el Buen Vivir eterno, un Groundhog Day sin Pilsener, sin chifles y sin término.
 
Para mí, el hecho de que paso casi la tercera parte de mis horas de vida degustando la muerte por anticipación, suficiente para saber cómo es de inconsciente, algunos fugaces y húmedos REMs aparte, pocas esperanzas me da sobre la "supervivencia espiritual".
 
Corrijamos, entonces, nuestros prejuicios. Este universo no es una gran obra donde la humanidad somos protagonistas de lujo. No somos prácticamente nada. La vida consciente es una especie de chispa en el aire instantáneo, inexplicable y sin consecuencia por encima de un océano sin peces y sin continentes.
 
Salimos de la noche eterna y a ella volvemos. En medio hay esto, el momento presente y el charco de luz en el que baila.
 
Para mí, lo admito, el "creyente", el que niega aquello en que hay que creer - lo único en que hay que creer - que es nuestra sobrecogedora fragilidad y mortalidad, es un ser inmaduro e infantil, pero no le culpo por eso, porque también lo soy, y porque lo único que me permite no ser creyente en ese sentido es una cosa a la que quizás no todo el mundo tiene acceso: la experiencia estética, que a veces me place llamar experiencia espiritual. Y es que para mí lo estético, o lo espiritual, parte de una contemplación de la realidad, donde interviene la interpretación subjetiva y buena dosis de imaginación, pero en ningún caso la estupidez, la huida ni la mentira "consoladora". Tampoco está permitido, para acceder a la mencionada experiencia estética, el tópico y el mimetismo, estilo Richard Dawkins, que no se harta de sacarse "bellos puestos de sol" y "sinfonías de Mozart" de la manga para no quedar como un insensible (y conste que no tengo nada contra Mozart, pero el tipo fue tan condenadamente astuto que sólo tienes que tomarle el pulso a alguien para saber si realmente le "llega", o si se trata de una adhesión propagandística como creo que es en el caso de Dawkins). Dicho de otra manera: como nos está negado habitar el pasado ni el futuro, lo que nos queda es profundizar en el presente: y es solamente a través del arte que intuimos, apenas, que eso es nuestra única salida.
 
¿Y las utopías?
 
Hace poco me salió un post atropellado sobre la distinción freudiana entre el Principio de Placer y el Principio de Realidad. Sinceramente, creo que lo que Freud identifica como la marca distintiva de la realidad, tal como la apercibimos, es también nuestra manera intuitiva de distinguir entre presente y futuro: el sacrificio. Si bien para el científico el horizonte del futuro se sitúa en la próxima medición, o sea, en ese trivial segundo que ya acecha entre tortas y retortas, y para el político el futuro empieza en las próximas elecciones (o los próximos sondeos), para el resto de personas el futuro se distingue del presente por el hecho de que hay que cortejarlo con sacrificios. El futuro empieza cuando terminas tu trabajo, cuando cumplas con esta responsabilidad, cuando terminas de planchar esta camisa. Y en lo político, y ya no hablo de políticos sino de ideólogos, el horizonte del futuro es ese montón de cadáveres que hay que atravesar para llegar a la Tierra Prometida. Puede que sin tetas no haya paraíso: lo seguro es que sin cadáveres no hay utopía.
 
Por eso digo: el Tertuliano de nuestros días sería marxista, y a mucha honra.
 
No lo sabía Marx, ni siquiera lo intuía, pero nosotros sí lo sabemos: no podemos crear, perdón, "construir", una sociedad más justa en el futuro, entre otras porque no hay tiempo. No disponemos de esos miles de años que previsiblemente harían falta para que se nos salga de la boca ese regusto a psicopatología aguda cuyas miserias tan admirablemente nos enseña Tertuliano. Muchas veces he intentado imaginar cuáles serían los últimos pensamientos de aquel revolucionario que, tras años de guerra civil, de exterminios, de torturas, de hambruna y de miseria, por fin ha conseguido hacerse con "el poder"... y en ese momento aparece en el cielo el cometa y suena la alarma: fin del mundo, 4 minutos. Tal vez entonces, y sólo entonces, se daría cuenta del error que reside, precisamente, en haber querido construir en el futuro y no en el presente. Un presente que, si le quitas esas cáscaras de huevos rotos que rodean como alambre espina la legendaria tortilla, ese sacrificio de lo ajeno y, por tanto, de parte de ti mismo, se extiende hasta donde eres capaz de ver. Lo que significa no muy lejos: pero lo suficiente para aprender a convivir mejor con nuestros semejantes.