miércoles, 29 de julio de 2015

Una mala noticia

Estuve leyendo la Biblia hace poco, cuando me topé con el siguiente versículo (Lucho, 13:24), que quisiera compartir con ustedes.

"Y entonces Jesús se puso de nuevo el bigote postizo, se limpió las manos con un trozo de tela, aplastó un grillo con el pie derecho y dijo: hermanos, aquel que se pase el tiempo escribiendo idioteces sin número y publicándolos en un blog que apenas nadie lee, cuando debería estar poniéndose al día con todos esos trabajos que tiene, aquel no entrará en el Reino de Dios. O por lo menos lo veo muy difícil. Sobre todo en vistas de que no parece dispuesto a hacer el menor esfuerzo para ahorrarles tiempo a sus lectores expresándose con brevedad y pulcritud. A una persona así, el Padre misericordioso le hará crecer unos terribles juanetes, que harán que cuando camine, parezca un payaso con estreñimiento. ¡Ja ja ja!"

Es palabra del Señor, amen.

No sé ustedes, pero ese Jesús empieza a caerme chancho.

jueves, 23 de julio de 2015

Reescribir la historia (2)

Soy de bechamel, principalmente. Si eres paciente y caritativo y te pones a hurgar a punta de tenedor, igual encuentras alguna molécula de queso y algún granito de pimienta, pero básicamente soy bechamel. Mis ingredientes son baratos, su mezcla, apresurada, el resultado, insulso. Con esto quiero expresar que soy mediocre, y que lo sé. El saberlo me salva de la ridiculez que asola a algunos que, siendo mediocres, se creen otra cosa: autoridades, luminarias, expertos, grandes pensadores, faros para la humanidad. Hace tiempo quise expresarlo de otra manera, describiéndome a mi mismo y a este producto que tiene en su pantalla con el adjetivo middlebrow: mi sorpresa fue que cada vez que escribí la palabra, se deformó entre dedos y teclado, saliendo transformada en, pongamos, algún vocablo alemán inexistente. Conste que hice varios intentos. Por lo visto, hay palabras que tus dedos se resisten a escribir. Para poder escribirlo ahora, he tenido que levantarme de la cama después de un mal sueño y engañar al cuerpo, desmelatoninizado y con los ritmos circadianos en franco desarreglo. Estoy todavía parcialmente sonámbulo. Será interesante ver qué tipo de post me sale en estas condiciones.

Les prometí comentar esto. Para los despistados y a modo de resumen, la Secretaría de Buen Vivir ha decidido que para justificar esos pingües salarios que perciben, nada mejor que enviar artículos ocasionales al Telégrafo, de discreto autobombo, artículos que dejen patente, en un país como éste, la necesidad de una Secretaría de Buen Vivir, otramente conocida como Ministerio de la Felicidad. No sé cómo han conseguido que el Telégrafo les ponga a esos productos el descriptor de (I)nformación: sospecho que emborrachando a Orlando Pérez y tal vez metiéndole un Mickey Finn, pero puedo equivocarme. A lo mejor esa gente se presta y todo. Misterios del periodismo "público".

El artículo, aparte de pertenecer a ese género de periodismo barato, deshonesto y resueltamente mittelbräu que hasta un mediocre como yo puede desarmar sin esfuerzo, me pareció interesante en tanto se nutre, eso sí de modo parcial y cabe decir furtivo, de uno de esos mitos bobos pero atractivos y persistentes que nos sirven a veces para simplificar y así organizar nuestra percepción del mundo y de la historia, mitos que, cada uno a su manera, transforman a las personas en personajes bidimensionales, de tebeo, en pasmados actores de un drama maniqueo. Me refiero en este caso al mito del Happy (o NobleSavage, sambenito que hace mucho le colgaron a Rousseau, no muy justamente valga aclarar. En su versión actual más o menos va así:

En el Principio estaban los Pueblos Tradicionales. La humanidad, en este edénico estado precapitalista, vivía en paz consigo mismo y con la Naturaleza. Los individuos eran felices, en parte por sus vínculos solidarios con la comunidad tribal, en parte por la ausencia de esa fiebre de codicia, del consumo, que enfrenta hoy a los hombres contra los hombres. No había problemas ecológicos o medioambientales, porque a la naturaleza, a los animales y a las plantas y al aire y al agua se los respetaba: incluso, dentro de cada elemento de la naturaleza se apercibían divinidades.

Luego apareció el malo, el villano de la película, el Hombre Blanco Europeo, con su devastador insatisfacción, su fiebre de oro y de conquistas, su crueldad, y su tendencia a instrumentalizarlo todo, hasta la naturaleza, que así quedó transformado en simple proveedora de recursos para la incipiente industria capitalista. Las comunidades que no fueron aniquiladas por él sufrieron la alienación que el Hombre Blanco trajo consigo, al someterlas, si no a la esclavitud, a las labores indignas, al duro trabajo en tristes fábricas o minas. Hasta la tradicional solidaridad hacia la comunidad tribal fue reemplazada por el egoísmo rampante de la guerra hobbesiana de todos contra todos. Ahora estamos cosechando lo que sembramos: comunidades fracturadas, discrimen, desastres ecológicos, concentración de riquezas.

Al final aparecen los salvadores, los héroes, los llamados a desfazer todos esos entuertos. De momento, sabemos que uno de ellos se llama Freddy Ehlers. Trompetas y aplausos.

Como en todo mito poderoso, hay grumos hasta sabrositos de verdad en todo este bechamel, por supuesto, pero no deja de ser una visión infantil de la historia. El primitivismo, la exaltación de una imaginaria utopía pre tecnológica, ha sido desde siempre un vicio burgués, cuando no aristocrático. Hace pensar, inevitablemente, en esos reyes y cortesanos del siglo XVIII que se divertían vistiéndose de "sencillos pastores" y dirigiéndose floreados sonetos de amor, aparentemente convencidos de que la vida de un pastor de ovejas se consume en divagar por los verdes prados ideando elocuentes alabanzas de los bellos ojos de la anhelada Amaryllis. Si a ellos se les preguntara quién se preocupaba más por "la felicidad", sin duda hubieran saltado a la misma conclusión que nuestros eminentemente aburguesados Secretarios de Buen Vivir: que los antiguos y primitivos sabían bastante más de felicidad que nosotros, pues a lo único que se dedicaban era eso, merodear por los campos y escribir poemas.

Contra tales idealizaciones del pasado existen varios antídotos. Uno que me ha servido a mí, personalmente (sobre todo en mi fase Bailando con Lobos): indagar en los restos arqueológicos de un lugar llamado Crow Creek, en South Dakota: ahí encontramos que a ese Nativo Americano Precolombino (1325) noble y pacífico no le importaba demasiado irrumpir en una aldea de otra tribu, aprovechándose de cierta debilidad fruto de la desnutrición crónica, desmembrar, incinerar y matar a hombres, mujeres y niños y escalpelarlos (hasta a los niños) sin piedad. Esos huesos encontrados nos pintan de manera bastante elocuente cómo era esa vida primitiva llena de felicidad y "armonía con la naturaleza". Enfermedades crónicas, puntas de flechas de enemigos enterrados en los huesos de piernas y brazos, ya de por vida, hambre y desnutrición, elevadísima mortandad infantil y materna, y para colmo, la perspectiva de agonizar lentamente bajo la mirada triunfante de un guerrero enemigo, delante de los cadáveres frescos de tu esposa e hijos. Más cerca de casa: el imperio Inca, subyugado por los españoles (o tal vez mejor dicho, por sus enfermedades) era un encantador lugar donde cualquier día podías ver seres humanos, hasta niños de 6 años, ceremoniosamente estrangulados en lo alto de una montaña como sacrificio al dios Inti. Sobre el grado de "felicidad" de que gozaban esos seres, no nos ha llegado testimonio alguno.

Y en cuanto a esa supuesta "armonía con la Naturaleza", es evidente que las sociedades primitivas se ven obligadas a negociar con el ecosistema circundante un modus vivendi más o menos estable a medio plazo, so pena de perecer y así no llegar a nuestra atención siquiera (y ¿a cuántas les habría pasado precisamente eso?) y que sus limitaciones tecnológicas les impiden infligir determinados tipos de daños al medio ambiente, pero no seamos giles confundiendo limitaciones e impotencia con responsabilidad y sabiduría. Dale a un Pueblo Primitivo una Isla de Pascua, por ejemplo, y en poco tiempo llevarán a la extinción a numerosas especies, entre ellas la palma más grande del mundo (en cambio, te fabricarán unos preciosos moai). El patrón se repite alrededor del mundo: sobreexplotación de recursos, bosques talados, suelos agotados. El hombre primitivo es oportunista, y según en qué latitudes, nómada: no le importa cagar en su propio patio trasero, si mañana ese patio ya será de otro. Es cuando la opción de marcharse ya no se presenta que descubre la rotación de sembríos y otros trucos para no quedarse en la inanición.

Adonde voy con esto es a constatar que si es la ecología lo que nos preocupa, la buena noticia es que no tenemos gran cosa que aprender de los "saberes ancestrales", y en cambio mucho que aprender de nuestros propios congéneres y, por supuesto, de la ciencia. Me consta que bajo el capitalismo occidental del s.XXI, hasta la persona más despreocupada es, por educación e instinto y costumbre y reflejo cotidiano, más ecológicamente consciente que cualquiera de sus antepasados, aunque su conciencia no siempre abarque las consecuencias indirectas e invisibles de su relativamente opulento consumo. Lo que no debe hacer nunca, en mi bechamelizada opinión, es confiar en el Estado supuestamente sabio y benévolo para cuidar ese medio ambiente que tanto le importa. Los estados no tienen en este tema un currículum digamos que brillante, las economías socialistas de Europa oriental en especial (antes de la reunificación alemana la biosfera del DDR presentaba un aspecto realmente dantesca, sobre todo en lo referente a contaminación del aire). La firma del socialismo "planificador" también aparece debajo del desastre de Chernobyl y otros menos reportados, siendo el problema de fondo, al parecer, la falta de compromiso y de amor y dedicación producto de una sociedad donde no existe propiedad privada de tierras y recursos. "Que se queme todo, a mí qué, pues que nada es mío, ni de mis hijos podrá ser". Contra semejante "egoísmo" los teóricos del Buen Vivir no han sabido hasta la fecha ofrecer más que sermones piadosos, pero eso es tema aparte. Ya llegamos.

Ya sé, ya sé. Mucho hombre de paja aquí: después de todo, no es que la Secretaría de Buen Vivir nos esté recomendando crear kibbutzim y abrazar árboles (todavía). El mito ya comentado lo detecto tan sólo como supuesto trasfondo conceptual de las extraordinarias afirmaciones del artículo, entre las cuales:

En el tiempo de Aristóteles, la felicidad era un tema fundamental en la vida cotidiana. (...)
Pero pasaron los siglos y la humanidad se orientó hacia la razón instrumental.

...cada vez se tornó más necesario pensar en el bienestar del ser humano a costa de su entorno natural, separándonos de nuestra condición original que nos ata a la naturaleza como a las plantas o a los animales.

...Occidente y su avasallador avance sobre los territorios americanos, africanos o asiáticos estaban aniquilando la importancia de las cosas sencillas, entre ellas, la trascendencia de la felicidad.

Entre el período de revoluciones del siglo XIX hasta que el siglo XX, las discusiones y las preocupaciones por obtener la felicidad fueron reemplazadas por algo que empezó a ser más importante: el progreso, el desarrollo, la civilización, la modernidad.

Ya se hacen una idea. Para el autor del texto, una vez que te pones a razonar, de una manera "instrumental" (o sea, buscando la mejor manera de utilizar los recursos en beneficio propio o ajeno), de alguna manera misteriosa te estás separando de "nuestra condición original", que aparentemente consiste en, ya digo, deambular por verdes y floreados prados y pastos tocando la flauta y componiendo sonetos a los ojos de Amaryllis. Cuéntaselo a nuestros antepasados, aquellos Homo erectus que empleaban la "razón instrumental" para transformar una piedra de sílex en una hacha para matar animales que si no los matabas, con probabilidad te mataban a ti (gracias a Stanley Kubrick, el parecido entre estas prácticas y la creación de naves espaciales ya nos parece cosa obvia). En breve: el texto descansa sobre una dicotomía imposible de sostener, entre un idealizado hombre primitivo a quien la "razón instrumental" milagrosamente no tiene por qué importarle, y un satanizado hombre capitalista que a fin de procurar "bienestar" y "desarrollo" se olvida de ser feliz. Hasta se da a entender que la felicidad en sí, como tema de conversación, llegó, con "el paso de los siglos", a ser dominio exclusivo de unos cuantos filósofos nostálgicos y despistados. (De buen seguro el autor no ha leído a Jane Austen.)

Lo que nos lleva al "hombre moderno", para quien "El ser humano ... es feliz mientras más tiene".

Intento adivinar qué es lo que le pasa al autor de estas sonseras. Por lo visto, intenta demostrar su conocimiento del tema que le toca de cerca, el de "la felicidad", salpicando el texto de referencias a filósofos y alguna que otra fecha; pero la impresión general es que se trata de un cuasi analfabeto, para quien el dominio de un tema filosófico se reduce a una lista de referencias apresuradamente googleadas, mezclada con toques de ese seudo marxismo de tebeo tan apreciado entre los editorialistas del medio en cuestión. (Digo "seudo": el propio Marx tenía durísimas palabras en contra de los primitivistas bobos de su tiempo. Yo no le mezclo con esto para nada.) Por sobre todas las cosas, el Secretario de Buen Vivir necesita que creamos en el mito ése de que, si él tiene sobre su escritorio un BlackBerry o un Samsung Galaxy, es porque lo necesita, cosas del trabajo, ya sabes, pero si otro lo tiene es porque es un iluso, un cretino, un "hombre moderno" que por no haber leído El Telégrafo con suficiente constancia ha caído en el error de creer que semejantes artilugios le van a hacer "feliz".

Es decir, puede que tú no lo creas, puede que tú sólo compras tales artículos de consumo porque, de acuerdo con tu estilo de vida, "los necesitas", o bien, "te sirven para algo"... pero ten por seguro que el que tienes al lado los compra por eso, porque cree que "es feliz mientras más tiene". Y sabemos eso porque la gente sigue comprando y consumiendo, cada vez más, en vicioso espiral; también lo sabemos porque lo dice el Papa, y lo repite todo sacerdote que se precie cada domingo desde el púlpito.

¿Se te ha ocurrido alguna vez - casi me da vergüenza decirlo - preguntar a la gente si realmente cree eso?

Yo, personalmente, no conozco a nadie que alguna vez haya opinado que "soy feliz mientras más tengo". Más: los estudios tampoco apoyan ese mito del hombre moderno resueltamente materialista (al parecer, la gente valora más el consumo de "experiencias"). Y ese mítico capitalista/banquero rapaz, desquiciado, enfermo de codicia, es un evidente stock character de cierta ficción barata y tremendista. El mundo en el que vivimos no es tan sencillo. Es cierto que consumimos más que en cualquier otra época. El capitalismo, tan denostado, nos lo permite, haciéndonos cada vez más prósperos (a algunitos, pero a cada vez más de esos algunitos) en cuestión de ingresos discrecionarios. Es también cierto que a veces compramos cosas que no nos sirven de mucho (conocí una vez a un tipo que se fue a Barcelona y volvió con siete despertadores de aluminio con baño de oro. Siete.) Pero en cuanto a que creemos que esas compras nos van a hacer, netamente, "felices": ni tanto ni tan calvo. Te sorprenderás, pero tus semejantes no son tan idiotas como crees.

La felicidad, todos lo sabemos, es un tema complicado. Para Maeterlinck fue un pájaro azul: aquí consta que para mí fue, durante un tiempo, un mosquero bermellón, un pájaro rojo. El símbolo del pájaro se vuelve irresistible: te acercas, se aleja. Te acercas, se aleja. Lo contemplas, no lo tienes. Si realmente crees que se encarna en esa última cosa que tienes que tener (zapatos, cartera, celular, guitarra, nebulizador...) los estudios más fehacientes te dan entre tres y cinco meses de relativa satisfacción antes de que esa nueva posesión simplemente se vuelva parte irrelevante de tu mueblería habitual, y otra vez a la busca y captura de la cosa elusiva. Relativa en todo caso, muy relativa. Puede que leas en algún momento a Maslow (OK, "leer" es un decir), y así, te des cuenta de que los más avispados ya dejaron de comprar cosas innecesarias como locos y se dedicaron en su lugar a cultivar la amistad, el amor, el servicio a la comunidad, la exploración del mundo, la trascendencia, o sea, a escalar el famoso pirámide. Tarea nada sencilla, pero si lo emprendes, no es que de repente te encuentres solo, sino rodeado de afanados "hombres y mujeres modernos", de los tan injustamente denostados por nuestro Secretario de Buen Vivir, ese Poseedor de la Verdad Ultima y Sin Nada de Bechamel. Todos a nuestra manera estamos en ese camino: siempre, a través de la historia, lo hemos estado, y no es culpa de Jane Austen ni de Shakespeare ni de Stendhal ni de DH Lawrence ni de Auden ni de Saul Bellow que se olvidaron de incluir en su voluminosa contribución a la búsqueda de la felicidad alguna de las palabras claves que un ignorante burócrata puede captar y procesar. La conversación de las personas libres sobre el tema seguirá como siempre ha seguido tanto si la entiendes como si no, señor Ministro. Tenlo por seguro.

Y parecería que no lo entienden, que realmente no saben de qué va la película, pues he aquí que se ha abierto una conversación oficialista, o sea, de "gobernantes" o aspirantes a, sobre la medición de la felicidad. Y con todos los reparos que admite Falconi, respecto a la subjetividad de la definición y lo cuestionable de los criterios a usar, sabemos que este chou arrasará (con las obligadas referencias a Bhutan) porque ¡imagina que nuestro país salga al principio de la Lista de los Más Felices: qué felicidad! Es decir, al igual que en este país hay gente incapaz de comunicar eficazmente pero que tiene la pretensión de "regular" la comunicación, así tenemos gente que cree que la felicidad es algo así como unas olimpiadas en que, si regalamos suficientes sonrisas, tenemos la posibilidad de salir con medalla de oro o por lo menos una de plata respetable, y bajo esa perspectiva de codicioso primate, pretende medir algo que ni sospechan en qué puede consistir. Como dice Hannibal Lecter en aquella película: hurgan torpemente en tu cabeza como un universitario primerizo se forcejea con una faja-sostén. Triste pero cierto. A este paso, no me extraño si luego pretenden también un Impuesto a la Felicidad Sobrante. Ojo.

Y como últimamente todo lo que escribo lo hago pensando en mi hijo, que algún día leerá todo esto, o hasta donde consiga antes de caer muerto de sueño y aburrimiento, ¿dónde estoy con ese aprendizaje de la felicidad: sí, yo? He aquí, brevemente, mis lecciones:

"A Robin Redbreast in a Cage/Puts all Heaven in a Rage." La felicidad no se puede tener. Inténtalo, intenta cazarla y enjaularla, y ya verás. No. La felicidad es como las mujeres: se contempla nomás. Desde lejos o desde más cerca, pero se contempla. Intentar otra cosa con ella, con ellas, es simple insensatez y, de paso, es perder el tiempo. Lo que me lleva a:

El triste Mercado de las Relaciones. Una vez - hace un siglo al parecer - fui joven, y quise relacionarme: con mujeres si realmente quieres saberlo. (Nunca fui gran devoto de la acumulación de posesiones, pero de las Material Girls, sí, materialista siempre fui.) Y como tengo esta naturaleza o esta tendencia, salté etapas. Siempre lo hago. Empiezo los cursos de guitarra por el último capítulo, y las comidas por el postre. (Bueno, figurativamente en este último caso. Ya me cachas.) Así, me presenté al Mercado de las Relaciones, a ese desfile de esclavos en busca de amas, con todo el cargo de bechamel en la cara y ni una puta hoja de perejil. Ya te imaginas. No me pudo haber ido peor. Y la culpa, quiero reconocerlo públicamente, no fue "del mercado", que no es más que fenómeno humano, condenado a funcionar con seres humanos, ni tampoco de ninguna de ellas, de esas mujeres, sino mía, por no haberme dado cuenta de esa simple realidad, que en las relaciones sólo vas a sacar lo que eres capaz de meter, que nadie es "tu otra mitad", que nadie va a suplir tus faltas ni regalarte felicidad pour tes beaux yeux. La felicidad la tienes que traer tú y ponerla sobre la mesa, cara arriba. Y si llegué a esta edad que ahora tengo con tanto bechamel y tan poco queso, es porque cometí el error básico de usar la búsqueda de la felicidad como pretexto para dejar de lado el esfuerzo de convertirme en un ser merecedor de felicidad. Si las mujeres odian y se desdicen del "necesitado", no es por egoísmo, es porque así son las cosas. Hice ademán de no ser de ésos, de los "necesitados", pues en algunas cosas uno aprende a ser buen actor, pero en realidad lo era. Que el destino benévolo te niegue lo que "necesitas" y te regale, con toda abundancia, lo que tan sólo quieres.

Porque de eso también se trata: de "necesitar" menos. (Allá arriba, en lo alto del pirámide, hay gente que dice que no necesita nada: hasta ahí no llego yo, por mis pecados.)

Hay algo en tu cabeza que sueles ignorar o tratar con desdén, algo que se regocija y se siente feliz con la vista de un simple pájaro de colores, con una flor repentina, con una sonrisa sin segundas. Aprende a escuchar esa voz menospreciada, y a la larga, te llevará por senderos que ni imaginabas existían.

lunes, 20 de julio de 2015

King Kong vs Godzilla

...La Batalla de los Periodismos Chungos. (Perdón: "Truchos". El españolismo sigue gustándome más.) Me explico:

King Kong sería El Universo. Es más simpático. Tiene una cara de gorila, o sea de primate, parece casi humano. A veces recoge a alguna diminuta doncella rubia, pero no la maltrata. Godzilla, El Telégrafo. Más reptiloide, más despiadado, más radioactivo. Pero ambos monstruos en fin. Y sus armas:

La semana pasada, creo que fue, empecé a notar, en más de un artículo del Universo acerca de esas manifestaciones y esas protestas, un curioso giro: cuando era cuestión de informar sobre lo dicho por Correa o algún representante del gobierno, la cita iba entre comillas; cuando era Nebot el que hablaba, las comillas desaparecían. Si tengo tiempo (no sé cuando: estoy sobrecargado de trabajo y deadlines ahora) buscaré un ejemplo, pero la cosa va aproximadamente así:

"Nebot es un maricón", dijo el Presidente.

El maricón es el propio Presidente, expresó ayer el alcalde de Guayaquil.

Nah, mejor busco un ejemplo, pues la cosa era realmente penosa, más de lo que he conseguido reflejar aquí: se notaba a la legua el deseo de inducir adhesión a las opiniones de Nebot haciéndolos parecer, momentáneamente, como constataciones de hechos reales, antes de llegar al obligatorio y cumplidor reporting verb. Uno se pregunta a quiénes quieren engañar los editores de El Universo con estas niñerías. ¿De veras toman a sus lectores por imbéciles? Si necesitan un editor que dé la talla, hasta yo puedo sugerirles algunos nombres.

Por el lado del T., hace tiempo que quiero adentrarme en un bosque, quitarme toda la ropa, abrazar a algún árbol, y luego dedicarme a dar vueltas como derviche aullando a pleno pulmón, unos auténticos primal screams, del dolor cerebral que causa ver en el órgano del gobierno, tan piadoso, tan sermoneador y organizador de eventos sobre el "buen periodismo", barbaridades como ésta. Ya está bien, Sr Pérez, de vendernos gato por liebre, de meter artículos de opinión entre los de noticias en la portada digital, con títulos que inducen a la creencia errónea de que hay pretensión de objetividad y rigor periodístico en ellos. Por lo menos cuando se llega al final se tapa las vergüenzas con esa (O) decente y de noblesse oblige. Pero esta vez, ni eso. Usted me explicará cómo la frase siguiente puede categorizarse, como sus editores lo categorizan, como (I)nformación:

Pero, el individuo moderno no recuerda aún que primero y más importante siempre  ha sido ser feliz para producir mejor.

¿De veras que ustedes pretenden informarme con esta patética monserga?

Tienen suerte de que voy inundado de trabajo y no puedo extenderme. Sobre el contenido del artículo en cuestión, el post aparecerá esta semana. Por ahora, todavía tengo demasiadas ranas por diseccionar.

domingo, 19 de julio de 2015

¡Tumbemos a Correa!

Le debo a ese lector que hace poco se quejó, con gran alarde de simpatía y cortesía eso sí, de sus papas orinadas, explicarme un poco mejor.

Yo vivo una vida gris, exteriormente aburrida, dedicada casi por entero al trabajo, a la alarmante descomposición corporal y a contestar las preguntas de mi hijo sobre el régimen alimenticio de diversos dinosaurios terópodos. No asisto a "marchas" ni a manifestaciones, ni para enterarme del color de camisa de los manifestantes: si El Telégrafo me dice que han sido negras, pues negras serán. Hay manifestaciones que me parecen francamente inútiles, y otras que tal vez no: cumplen a lo mejor una discreta función psicológica. A veces es útil (para algunos) saber que no estás solo en eso de rebelarte interiormente ante las arbitrariedades de la tiranía del poder. Eso sí, si alguien me dice que tengo el "deber ciudadano" de asistir a tal o cual manifestación, tengo un dedo medio todavía en excelentes condiciones listo para la eventualidad. Ahora, si se tiene en cuenta este dato, que no me lanzo a la calle con palos de madera y cocteles molotov, y también el otro dato de que (salvo el Curious Incident of the Shannon Rohan in the Night Time) mi público apenas suele sobrepasar los mismos 5 lectores fieles (más los habituales de la SECOM y ahora de la SENAIN: holis) de siempre, está claro que no voy a ser yo quien desestabilice al gobierno de este país, ni solo ni en diabólica conjura, ni directa ni indirectamente.

Bien.

¿Qué pienso de los que sí tienen esa ambición, la de "tumbar a Correa"? Bueno, en primer lugar, el día en que éste se vaya, del modo que sea, yo al igual que ese 43% de la población del país que ya está hasta las narices lo festejaré, del mismo modo que festejaría, con independencia de motivos, la desaparición de un vecino que durante años se hubiera dedicado a quitarme el sueño con música salsa a todas horas, a botar basura delante de mi casa, a manchar la ropa recién lavada y colgada con su denso humo de barbacoa, a parquear su enorme 4x4 en mi espacio, a escandalizar al barrio con sus reyertas domésticas, etcétera. Y en tal caso, se supone que la alegría durará lo que puede demorar el descubrimiento de que esa casa del vecino ahora tiene nuevos ocupantes, a quienes les encanta la música salsa, los carros 4x4, las barbacoas, las golpizas domésticas, etcétera, pero ya de modo patológico y llevado al cuadrado.

Lo que quiero decir con esto es que el problema no es Correa: el problema es el Poder en sí, es "el sistema" (esperen: paciencia). Yo todavía no he visto en el país a un candidato presidencial que no presente todos los signos de querer convertirse en otro Correa. Tomemos el caso de Lasso, por ejemplo. Ayer mismo me irrumpió en YouTube con un video de propaganda bastante más conseguido que el anterior ya comentado, en donde hasta decía lo mismo que estoy diciendo aquí, pero con el detalle de que, en lugar de colocar su mensaje en un blog al cual sólo acceden los que realmente quieren, lo hace en un video que te interrumpe la música que estás escuchando, sin previo aviso, en el momento culminante: quien hace eso de buen seguro que no le importará hacer lo mismo en los medios, ya conseguido "el Poder", con sus interminables sabatinas y cadenas de obligada transmisión, así meando en las papas fritas de todo aquel que tenga la pretensión de ver algún programa monográfico sobre la vida de las termitas sin interrupciones ni sobresaltos. Y en el caso de Nebot, excusado decir que su actuación al frente del Municipio de Guayaquil lo revela elocuentemente como un dictadorcillo más, pero de los menos "regenerados", de los más bigotudos (si no, que me expliquen para qué necesita esa especie de guardia pretoriana que anda por Guayaquil agrediendo a todo dios a toletazo limpio). El país, uno diría, está tristemente lleno de dictadores wannabe, y de cojudos que les acoliten, concediéndoles la facultad de decidir por nosotros.

El país, y a marchas aceleradas, el mundo.

Y ello es así porque "nosotros" (el "pueblo", esa mayoría sudorosa) nos hemos dejado llevar desde hace siglo y medio por los cantos de sirena de innumerables "gobiernos" que han prometido solucionar todos nuestros problemas a cambio de relevarnos de la onerosa libertad y de las concomitantes responsabilidades. De modo que hasta el obsceno espectáculo de un "gobierno" que pretende hacerse cargo de la educación de la población y del cuidado de su salud no nos escandaliza, no nos subleva. Nos parece normal, y no una siniestra aberración, el que exista, por ejemplo, un Ministerio de Educación. "Otros países lo tienen, después de todo, debe ser bueno". Algo parecido dirían los lemmings, al borde del acantilado.

Claro que en Ecuador las cosas ya salen de quicio. El deseo, casi diría la esperanza religiosa, de encontrar a un Mesías, a un Salvador de la Patria, a un Hombre Fuerte que todo lo ponga En Su Lugar (y de paso que sea Internacionalmente Renombrado), acá es palpable. Por eso digo que el problema no es Correa: él es síntoma nomás. Y por eso creo que seguirá habiendo Correas y más Correas, eso sí con distintas matices ideológicas, todos distribuyendo "bonos" y subsidiando gas doméstico y farreándose la plata del petróleo y emitiendo sermones cada sábado y anunciando a diestra y siniestra que tal o cual construcción ha sido "obra de..." hasta que, por algún milagro, la gente cambie de parecer, y empiece a importarle su libertad, su privacidad, su creatividad, su dignidad, su capacidad para cambiar el mundo ellos mismos, trayendo progreso y felicidad, en ausencia de una tiranía que todas esas competencias las arrogue para sí misma. Porque de eso se trata, principalmente, estar en el Poder: se trata de asegurarse de que la gente no se dé cuenta de su propio potencial como individuos en libre y voluntaria asociación.

¿Cómo se produciría tamaño milagro? Ni puta idea. Lo que sí creo es que la solución no estriba en llevar al poder a una hipotética persona que no quiera para sí el poder, a un Mesías extraterrestre que se sacrifique para el bien de la Humanidad. Esas personas creo firmemente que no existen. Si alguien se postula para Presidente, es porque quiere para sí ese avión particular, es porque quiere decretar los días feriados, es porque quiere deleitarse de los trapos sucios de todo dios a través de un Servicio de Inteligencia, es porque quiere que su nombre aparezca debajo de ese "obra de...", es porque quiere salir en la tele todos los sábados, es porque quiere decidir qué ideologías caducas van a aprender los niños en la escuela bajo el rubro de verdades reveladas. Los que no queremos nada de eso, simplemente nos apartamos de la política y nos dedicamos a otra cosa.

Dicho en breve: el cambio no vendrá de arriba, ni en mil años. Lo que debe preocuparnos no es quién será el próximo presidente, sino cómo hacemos para protegernos contra ese tirano que, ineluctablemente, llevará dentro. Cómo protegernos contra la corrupción, la arbitrariedad, la concentración de poderes y el Estado de Propaganda.

Cuando las encuestas sigan diciendo lo que dicen, "tumbar a Correa" por la vía del golpismo y colocar en su lugar a algún siniestro militar con gafas oscuras, ávido de leyes marciales y de ejecuciones, sería el colmo de la estupidez. "Tumbarlo" por la vía de las urnas, cuando llegue el momento, eso ya sería mejor, pero permíteme dudar si por ese medio se va a solucionar uno solo de "los problemas del país", mientras la gente siga creyendo que el nuevo ocupante de Carondelet es el indicado para solucionarlos, que él es en su propia y majestuosa persona La Solución, y que está bien que él y sus seguidores se ocupen de mi salud, de la educación de mis hijos, de mi salario mínimo, de lo que debo ver y no ver en la tele, etcétera.

Nosotros tenemos que ser la solución, y la manera: viviendo, en la medida de lo posible, como si no hubiera tiranía, como si la responsabilidad de nuestro bienestar fuera realmente nuestra, como si el vecino ése ruidoso no existiera, y así, demostrando que los gobiernos, los ministerios, los secomes y senaines, realmente no son necesarios ni sirven para nada. Ya sé que no suena muy inspirador. Por eso tengo el firme propósito de no hablar tanto de política en el futuro. Te deprimo a ti y me deprimo a mí mismo. Mejor hablemos de otra cosa, qué te parece.


viernes, 17 de julio de 2015

Homo invertebratus

Siempre soy el último en enterarme de las cosas. Ayer, por ejemplo, finalmente por capricho accedí a la página de Wikileaks donde están expuestos los famosos mails de Hacking Team, y mediante una simple búsqueda (SENAIN) me enteré muy rápidamente de lo siguiente:

El servicio de Inteligencia de Ecuador, SENAIN, ha tenido un contrato con Hacking Team desde hace algún tiempo (en los mails hasta habla de que SENAIN les pagó tres años de servicio por adelantado) a través de un intermediario, Robotec, para el uso del producto de espionaje Remote Control System (RCS en los mails); ha mandado a algunas personas a diferentes países a realizar entrenamiento en el uso del mismo, de las cuales solamente una (un tal Luis Solis) sigue trabajando para la entidad; ha realizado por lo menos una reunión con HT en donde representantes de SENAIN se han quejado de que no han podido, mediante el producto, "infectar" ciertos sistemas con Windows 8 o Samsung Galaxy 4; y han expresado interés en asistir en un curso organizado por HT sobre el tema de "social engineering". Ahí dejé de leer y me fui a Twitter para compartir lo que vi, y fue cuando me enteré de que todo esto ya se sabe hace algún tiempo. "Cuéntame algo nuevo, bro", fue la respuesta general. Y a sus ovejas.

Bueno. Digo que soy el último en enterarme. Más exacto sería decir el penúltimo. Según lo que leo en el diario, el último sería el propio Presidente, el virginal Rafael Correa, que hasta ayer mismo sostenía que, textualmente, "Los correos no dicen nada. La Secretaría Nacional de Inteligencia no ha contratado con Hacking Team." Será que los de SENAIN no le cuentan lo que hacen: impensable que el Presidente de la Nación estuviera mintiendo. Bueno, ese tema lo dejo por poco interesante. Hay gente capaz de escandalizarse ante una mentira de un político: no soy uno de ellos. Pero es tal vez interesante constatar que aquí como en otros casos (algunos señalados en este blog) parece existir un supuesto entre la cúpula del poder, de que estamos en un país donde la gente no lee más allá de los titulares de las noticias, y nunca consulta las fuentes de cualquier información (ni siquiera los periodistas lo hacen), de modo que aunque exista un documento online, de acceso público, que desmiente lo que dicen, no importa, pues apenas nadie se molestará a enterarse por ese medio. La cuestión, entonces, es ponerse firme en la mentira, y si alguien ose contradecir al oráculo, los jueces sumisos al régimen harán el resto.

Y sí, el sistema más o menos funciona. De modo que ni siquiera este nuevo escándalo tiene por qué quitarle un segundo de beauty sleep al Presidente o a quien sea. Peores escándalos ha habido, y ¿quién se acuerda de ellos ahora, aparte de un puñado de tuiteros fácilmente contenible? En este gobierno, hasta los condones son de Teflón.

Pero queda la pregunta: ¿y por qué se habría de molestar la gente en todo caso? De nuevo según Correa, todo se hace "con estricto apego a la Ley", lo que en la práctica significa, de nuevo según el mismo oráculo, que en las instalaciones de la SENAIN hay un empleado de la Fiscalía permanentemente estacionado, los 24 horas del día (debe de llevar impresionantes ojeras el tipo) que tiene la curiosa encomienda de poner sello y visto bueno de la Fiscalía a todas las barbaridades que la SENAIN quiere cometer, justificando y legalizándolos de antemano. Y ya hemos visto que en un país como Ecuador, cuando existe voluntad de legalizar o de justificar algo, la creatividad y la capacidad exegética de jueces y fiscales no tiene límite. A fin de cuentas, el comodín "Seguridad Nacional" cubre una multitud de pecados. Prácticamente todos, creo recordar.

Pero el hecho de que nada de esto tendrá consecuencias políticas, ni tal vez siquiera dé cabida a acusaciones fundadas de ilegalidad, no nos exime de pensar en lo que significa. Dada la naturaleza del programa RCS, y los interesantes comentarios contenidos en los correos, está claro que los Servicios de Inteligencia del país tienen la pretensión de espiar a los ciudadanos, especialmente los que están públicamente contrarios al régimen, con diversos fines, entre ellos, el de garantizar favorables resultados electorales para los ocupantes del poder político. Sobre el significado de "ingeniería social", su conjetura vale igual que la mía, pero sea lo que sea, está claro que nos estamos escapando largamente de los confines de las prácticas democráticas entendidas como tradicionales. En la "democracia" tradicional, se suponía que los ciudadanos tenían que escoger libremente entre diferentes alternativas de gobierno, presentadas en igualdad de condiciones. En la nueva versión, las "alternativas" no válidas, como en Venezuela María Corina Machado, se "suprimen", se "desactivan", se "desaconsejan", se emite propaganda contra ellas con dinero de los contribuyentes (sabías que SENAIN redistribuyó medio millón de dólares de nuestros ingresos hacia esta broma del RCS?), se las deslegitima, se las mete entre rejas si hace falta, se allana sus viviendas y se roba sus computadoras, se las espía, en fin, todo vale, porque si no se hace todo esto, se puede "desestabilizar" el gobierno, lo que equivale a una crisis de "seguridad nacional" ante lo cual, todo se justifica.

En otros tiempos eso se llamaba, aproximadamente, dictadura.

En una verdadera democracia, en cambio, los gobiernos no se pueden "desestabilizar" (porque ninguno tiene la pretensión de ser "estable", más allá de un discreto pragmatismo), y no existiría la SENAIN. No tiene, simplemente, razón de ser en tiempos de paz. Sebastián Vallejo dice que "entiende" la "necesidad" de interceptar comunicaciones y hacerlo de manera secreta. Difícilmente va a ser "necesario" para conservar una democracia hacer cosas que, cuando se inventó la democracia, ni siquiera eran soñables. ¿Cómo se justifica que, como describen detalladamente los mails de HT, un "operador" del gobierno utilice estratagemas imaginativas para hacerse físicamente con el celular de un ciudadano opositor, o con su computadora, a fin de "infectar" dicho artilugio con un programa que permita espiarlo en lo sucesivo? (Se agradece la sinceridad de HT al usar este término. Por "infectar", seguramente una firma inglesa hubiera dicho "habilitar" o algún eufemismo por el estilo).

Y sin embargo, hay quienes dicen que mientras yo no tenga nada que esconder... A este respecto, nada mejor que volver a ver la entrevista que John Oliver le hizo a Snowden: en ella, supo demostrar con alarde de evidencias anecdóticas que lo único que le preocupaba al público estadounidense respecto al espionaje gubernamental era la posibilidad de que alguien en la NSA accediera a ver una foto de un pene que no fuera el propio (del empleado de la NSA) o de la propia pareja. Es decir, y siento ser el que te traiga la noticia, vivimos (o ellos viven) en una sociedad donde para la mayoría, lo más secreto e íntimo que tienen es una insignificante parte anatómica que comparten con el 50% de la humanidad. O dicho de otra manera, su privacidad les vale verga.

Aun así. Por lo menos en EEUU y algún país europeo el espionaje gubernamental cae bajo el rubro de lucha antiterrorista, y apenas se conocen casos de que se haya usado para deslegitimar cualquier oposición política. Acá, en cambio, no se trata de otra cosa. Como para el actual gobierno toda oposición es, ipso facto, ilegítima, "terrorista", "desestabilizadora", ya ni siquiera existe un esquema conceptual que permitiría discriminar entre el espionaje de un operativo de las FARC y el llevado a cabo contra un ambientalista defensor del parque Yasuní: para el correísmo, son una misma cosa y se merecen los mismos métodos. Es decir que si en otros lugares las invasiones a tu privacidad se justifican por cuestiones de "seguridad" (la tuya, la integridad física de tu cuerpo frente a un ejército de gente deseosa de desmembrártelo), acá el único justificante es la "seguridad del Estado", es decir, la comodidad de los miembros del gobierno, el futuro de sus lujosas hipotecas, la "estabilidad" de su permanencia en sus cargos y sinecuras. Lo que recuerda a Benjamin Franklin: "quienes estén dispuestos a sacrificar su libertad por su seguridad, no merecen la una ni la otra". Sin embargo, una cosa es aceptar que te pinchen el teléfono por si eres terrorista: otra cosa, que lo hagan por si acaso digas algo en contra del Presidente. Si eso también aceptamos sin decir nada, estamos en el límite de la invertebración.

Y eso es la verdadera mala noticia en todo esto. El otro día estaba repasando esa impresionante escena del principio de la película Saving Private Ryan. Esos soldados, sospecho que casi ninguno hubiera aceptado libremente, sin presiones, meterse en un infierno así sabiendo lo que le esperaba, pero aun así, es impresionante recordar aquellos enormes sacrificios, ese discreto heroísmo al servicio de la causa de una libertad que, también sospecho, algo tenía que ver en aquellas mentes con la posibilidad de vivir con intimidad y con secretos y sin temer la ira de los poderosos.

Pasar de esas alturas de firmeza y valentía a la actitud supina de una población que no importa que le sermoneen, que le mientan, que le espíen y que le manipulen, con tal de que no haya "violencia" y no le toquen el bono, es algo que desorienta, que induce vértigo. Y ver que ese gobierno siga hablando de "democracia", no sé con qué sangre en la cara, todavía más.

Somos Homo invertebratus. Yo, por mi parte, le doy la bienvenida a nuestros nuevos amos las hormigas.

lunes, 13 de julio de 2015

En el tercer día, reseteó

Creo que la vida no me va a conceder tiempo para crear ese videojuego a que antes me he referido, el del Partial Toilet Rapture, en que el jugador toma el rol de una persona sentada en el wáter, el cual luego es arrancado del suelo y levantado violentamente por encima de los edificios de la ciudad, donde se descubre que forma parte de un acontecimiento general, donde todos los wáteres que son "salvos" (junto con sus ocupantes, en caso de que hubiere) suben al cielo para evitar la conflagración final, en que los wáteres malos son castigados, el truco siendo que su camino hacia el paraíso (de servicios higiénicos, se entiende) es interrumpido por motivos poco claros, dejando a los desdichados ocupantes de los retretes de marras suspendidos entre cielo y tierra, donde descubren que pueden pilotar el receptáculo de excrementos a través del aire como si de una helicóptero se tratase, usando para tal propósito el dispensador de papel higiénico, y así, pueden establecer relaciones con otros pilotos en similares circunstancias, relaciones de amor apasionado o de empedernido combate según el caso. En fin, creo que no voy a poder cumplir con mi ambición de crear de esta fantasía un juego de multimillonarias ganancias, aunque me ratifico en la creencia de que la fantasía en sí es atractiva y apasionante: ¿quién alguna vez no se ha sentado en el wáter y soñado que éste era una especie de aeronave, cuyo principal motor de propulsión era el metano y otros derivados combustibles productos de la accidentada digestión de peligrosas comidas tropicales, con capacidad para alejarle a uno de su triste y lóbrego lugar de trabajo e introducirle en medio de trepidantes aventuras aéreas?

Todo lo cual me viene a la memoria al escuchar el canal de radio cristiano sintonizado en la cocina, donde me parece oír "Jesucristo murió y reseteó", donde el parlante habría querido decir resucitó, pero prefiero la nueva versión, decididamente. Al fin y al cabo, convengamos en que el tal Jesucristo es un personaje de ficción (o mejor dicho, de "leyenda", en la línea del Rey Arturo o de Robin Hood, donde nadie descarta que pudo haber existido un personaje de ese nombre, pero que difícilmente hubiera realizado la milésima parte de las hazañas que le atribuyeron, en su momento, algunas mentes febriles, imaginativas y moralistas) y como todos esos personajes, de vez en cuando conviene ser reinterpretado según el Zeitgeist, que ya está bien con el Jesús de Renan o con el Superstar de los setenta, hace falta una puesta al día, y ¿qué mejor que introducirlo al mundo de los videojuegos, donde eso de tener varias "vidas" por fin cobra sentido? Se me ocurre: Jesus vs Spinosaurus, donde a la fuerza bruta y los colmillos afilados y devastadores se enfrenta una impresionante gama de poderes, entre ellos: tornar agua en vino, caminar sobre agua, multiplicar panes y peces, resucitar muertos, pegar orejas, etcétera, y sería cuestión de usar la inteligencia para ver cómo sacar provecho de tales habilidades, por ejemplo, intentando emborrachar al adversario convirtiendo en vino todo el agua circundante. Creo que la cosa tiene posibilidades comerciales: no puede sino agradar a la comunidad cristiana, sobre todo en vistas de que al tradicional "First Person Shooter", donde es largamente cuestión de ir matando a todo Dios, enfrenta el Three Persons In One Redeemer, donde por el contrario el quid está en ser Dios, resucitar a los muertos y alistarlos para el combate final. Además, para complacer a la Sarkeesian (without which nothing is possible) se podría introducir como avatar alternativo a la Virgen María, ya reinterpretada al gusto del s.XXI, es decir una Virgen experta en artes marciales, capaz de aniquilar a un pequeño ejército a ráfagas de ametralladora, y que se nos presenta con actitud cínica y con un vocabulario gloriosamente soez.

Yo sí me lo compraría.