lunes, 24 de agosto de 2015

Black Monday

"The RAIN GODS!! We should have sacrificed a child to the Rain Gods!!! I said so all along! Why didn't anyone listen to me?" (El Telégrafo, tomorrow, passim)

Pop Culture is dreary, and Sam Harris is an alien from Outer Space

¿Sam Harris versus William Lane Craig? La respuesta correcta sería "meh" (en vistas de que el único tema de discusión posible entre los dos sería Dios, tema ya de por sí poco edificante, a menos que uno tenga inquietudes proselitistas en uno u otro sentido) pero últimamente, ya ven, me he vuelto gato callejero, me devoro cualquier basura, hasta la basura circundante a los restaurantes chifas, lo que a un gato le convierte con probabilidad en caníbal, pero es lo que hay. Así que el otro día me pasé hasta minutos enteros con ese debate en Notre Dame sobre si "el fundamento de la moralidad" era "sobrenatural" o no. Evidentemente, gana Craig, por la sencilla razón de que Harris es un marciano que viene del Espacio Exterior, quien cree que se puede ser a la vez determinista y moralista (o sea, que cree que unos seres incapaces de decidir nada pueden, no obstante, decidir moralmente). Bueno, tal vez sí se puede, poniéndole suficientes ganas y astucia y sutileza y unas hojitas de perejil, pero no veo cómo y Harris no da nada de ayuda en ese sentido. Pero que gane Craig, retóricamente, por ser el único que por lo menos se dirigió al tema de debate, no significa que tenga buenos argumentos. Lo suyo (su primer postulado) se puede resumir así:

Si existiera un ente definido como "el locus y la fuente de lo moralmente Bueno", entonces tendríamos en qué basar nuestros valores morales, de manera objetiva.

O sea: si existiera una base objetiva de la moralidad, tendríamos una base objetiva de la moralidad.

'Ave a banana.

Creo que la debilidad inherente a tal magnífico ejercicio de tautología se puede ilustrar mejor con una analogía. Imaginamos que estoy discutiendo con una amiga sobre si es más bella Gene Tierney o Ingrid Bergman. Viene un tercero, y con voz de pastel de manzana dietético dice: su problema, amigos, es que no tiene un estándar objetivo de belleza. Si no lo tiene, su discusión se pierde en subjetividades. Lo que necesita es una mujer que de por sí sea la definición última e inapelable de belleza. Qué tal si le damos nombre de divinidad: pongamos por caso, Anwidde. Si Anwidde existe, tendrán cómo zanjar esta discusión: la que se parezca más a ella es más bella, y se acabó. Si Anwidde no existe, mal asunto. Ahora, la buena noticia es que sí existe. Ésta es su foto:




Así que a partir de ahora, podemos medir objetivamente la belleza, simplemente comparando cualquier belleza existente con este medidor objetivo que tenemos. Voila.

Bien. No nos pongamos a discutir sobre cómo exactamente se realizan las comparaciones (a mí me resulta menos que evidente quién se parece más a ella, si Gene o Ingrid): creo que no hay que llegar tan lejos. El problema es más básico. Creo que muchos no van a querer aceptar a Anwidde como criterio único e inapelable de belleza femenina. Dirán, entre dientes: Puede que esta tal Anwidde sea una excelente persona, no lo dudo, además de un inmejorable Shadow Health Secretary, pero tiene una cara de quién es el cabrón que ha puesto kétchup en mi helado que no se aguanta, la pobre, y tiene un cuerpo que parece una huelga de recolectores de sandías. Si vamos a tener una encarnación de la belleza, por lo menos que sea alguien más, no sé, más uff.

A lo que contesta Craig: bueno, si crees que Dios es tan ruin, que necesitas crear tu propio sistema moral a sus espaldas y en su contra, peor para ti: arderás en el infierno para siempre.

Lo que he dicho siempre: a la base de toda pretensión de legitimidad que tiene el cristianismo es el terror. No tienen otra cosa. Tampoco se fundamenta en otra cosa su pretendida "moralidad". Claro que Craig no habla directamente del infierno: se limita a recordarnos que ese Dios que es el locus y fuente de lo Bueno es también, por casualidad, el Ser Supremo todopoderoso que decide el destino de todos, toditos, ya me entiendes. Y si digo "por casualidad" es por algo: Craig no lo admite, pero es harto evidente que no existe ninguna relación necesaria entre ser el Ser Supremo y ser bueno (a menos que adoptes ese argumento bobo de que ser "bueno" es una "perfección" a falta de la cual, Dios sería menos Dios). Sólo hay que recordar que para los antiguos griegos, Zeus era entre otras cosas un violador en serie, una especie de Ted Bundy olímpico. Esta dudosa calidad moral no le impidió en absoluto ser considerado el Rey de los Dioses. Los dioses no tienen por qué ser "buenos", no más que los seres humanos. La idea de un Dios que sea a la vez todopoderoso y "bueno" es, de hecho, algo bastante exótico, una noción que si no me equivoco mucho se limita prácticamente a las religiones judeocristianas, y aun así, con matices, tropiezos y casuísticas sin número. La experiencia diaria nos dice otra cosa: si hubiera por casualidad un Ser Supremo, un Creador, y no me acuerdo quién lo dijo pero es evidente, tendría que ser, o bien malvado, o bien un chapucero, un incompetente, un payaso. Ante la evidencia, no queda razonablemente otra; esto por lo menos lo deja claro Harris, a su favor.

Es por eso que digo: ese "criterio objetivo de lo moralmente bueno" que postula Craig, no hace falta que sea Dios, que sea un Creador, que sea todopoderoso, etcétera. Todo eso está por probar, y no se prueba. Con lo cual nos quedamos con eso, con la tautología, con la perogrullada. Si tuviéramos x, tendríamos x. Magnífico. Ahora, en ausencia de x, ¿qué nos queda?

Para Craig, nada. Un ateísmo que nos ve como insignificantes habitantes de un granito de polvo en un universo indiferente, empeñados en darnos importancia sin tener motivo para ello, pues sin ese Dios y esa Anwidde, es tan respetable una moralidad basada en el bienestar de las hienas que una basada en los seres humanos. Sin ese Dios, quien se empeñe en sembrar violencia y sufrimiento siempre tiene la opción de decir: pero mi moralidad es diferente a la tuya, pero tiene tanta legitimidad como ella, así que déjeme en paz. ¿Y con Dios? Ah, ahí la cosa cambia: Dios es como ese hermano grande, capitán del equipo de beisbol, que viene por detrás y dice: así que déjeme en paz, eh... Pow! Wham! Sok! Biff! Slosh! Whap! Ker-boom! Klunk! Boff!

Hasta la fecha, Dios nunca ha perdido una pelea.

Pero queda el detalle de que eso no es moralidad: o si lo es, es moralidad de bully.

En el universo cristiano de Craig, Dios es el "autor" de la moralidad, la cual nos dejó grabada en grandes y pesadas piedras, y tal vez también en los circuitos interiores de nuestro cerebro, en nuestra "conciencia moral". (Craig no parece muy optimista al respecto de esa supuesta "conciencia": él cree que los Nazis realmente pensaban que la Endlösung era algo "bueno".) En cualquier otro, en cambio, se nota demasiado el origen meramente humano de la moralidad. Si "moralidad" viene de "mores" (costumbres sociales) y "ética" de "ethos" (concepto intraducible, pero ligado también a lo social), entonces parece claro que estamos hablando de un concepto a la vez enraizado en las costumbres y usanzas sociales y que las trasciende, a partir de un determinado momento. Y ahí llegamos a la cuestión realmente interesante, que no es la del debate.

Hemos evolucionado: y en ello, tal vez, la religión ha sido de cierta ayuda. Hubo un tiempo, por lo menos según Bernard Williams, en que lo moralmente "malo" era indistinguible de lo "vergonzoso": bueno era todo aquello que te enaltecía frente a tus semejantes, malo lo que te rebajaba ante ellos. El criterio, el medidor objetivo, "los demás" (no todos ellos, por supuesto. Los que cuentan. Seamos esnobs.) Según la historia oficial, luego vino el cristianismo, el que sobre todo en su vertiente protestante relativizaba a esa sofocadora presión social y ubicó el criterio moral en tu propia mente, dando por entendida una conveniente comunicación con Dios en ese mismo lugar. Los demás podrían estar en contra de aquello que propones, pero si esa voz interior estaba a favor, estabas en lo cierto, en lo bueno y en lo justo. Pasan los siglos, y he aquí que ahora hay mucha gente acostumbrada a seguir esa voz interior, pero no a atribuirle cualquier influencia sobrenatural. Su moralidad ya no se basa en el qué dirán o en las explícitas normas sociales (TH White tiene unas maravillosas páginas sobre la sociedad de las hormigas, para quienes la moralidad práctica se reduce a "Done" y "Not Done"), ni tampoco en esa fruit salad, esa macedonia de mandamientos en que la moralidad bíblica se convierte cuando intenta habitar una mente humana, sino... ¿en qué entonces? Ahí está. Si no podemos contestar eso, estamos en gran peligro, y lo vemos a diario, de ser arrastrados otra vez hacia el pantano de la aceptación social, de la esclavitud del conformismo. Y peor, de ser arrastrados tras el bandwagon de la Justicia Social, entre otras sonseras.

Sam Harris tiene razón y no la tiene. En teoría, una vez descartadas las hienas (porque no somos hienas, o por lo menos, no todos) y centrándonos en nosotros mismos (y dejando la puerta abierta, como la Unión Europea, a futuros candidatos para posible inclusión en ese "nosotros", pero con condiciones), y con un poco de sentido común, no hay cómo no acertar en una definición de una moralidad práctica y respetable. Pero parte de la definición tiene que estribar, precisamente, en una cualidad que tal vez esté reñida con la objetividad que pide Craig, y sospecho que también con la que pide Harris: el necesario elemento individual, el criterio personal. Me explico:

Al botánico de Williams le exigen matar a un inocente para salvar a diecinueve más (ojo, en "Sudamérica"). A Williams le resulta evidente, y a mí también, que quien dice: "soy budista, no puedo matar bajo ninguna circunstancia" está actuando moralmente. También el que dice: lo siento, camarada, te tengo que disparar porque si no, soy culpable de la muerte de otros muchos. (Ése me resulta antipático, por decir lo menos, pero no por eso le voy a negar el estatus de agente moral.) Dios, en este dilema, no resulta muy útil. Son cuestiones que se resuelven a nivel del individuo, a nivel de esa raquítica y vulnerable construcción del yo que cargamos de por vida, a nivel de experiencias y recuerdos y prejuicios, a nivel de personalidad. Con lo cual: o bien desarrollas tu individualidad, o bien quedas a la merced de los monstruos prestos a decidir moralmente por ti. Lo moral, bajo esta óptica, es la fidelidad a tu propia visión del mundo, la integridad y la autenticidad que hemos, entre risas y sollozos, sabido desarrollar.

Craig, bajo esta óptica, con esa corbata y ese peinado smarmies, parece un tipo a quien su sádico padre le sometió a la peor de las humillaciones en cada momento, y para quien, entonces, es hasta inconcebible que una persona se ponga firme frente al Dios tirano para decirle non serviam. Uno de esos americanos que tenían que hacer, de pospúber, cinco flexiones al entrar en el salón, para que le dieran su peanut butter. Uno que arrastra un oscuro historial de lírico desengaño con las mujeres, que siempre pedían otro color de cortinas y otro sabor de batido de leche. Uno que nunca acertaba. No sé, parece un perro apaleado. Claro que todo esto es ad hominem, o lo sería si con ello quisiera decir algo, más allá de que la simple visión de él me produce depresión. No entiendo una persona que se pierda algo tan obvio como que Dios, en eso de la moralidad, es no solamente advenedizo sino que es, eternamente, el que no se coge el chiste, o que las palabras tienen que tener algún sentido, no se trata de redefinirlas alegremente sobre la marcha en vista de la última escapada (con embarazo y shotgun wedding incluidos) de un travieso Espíritu Santo. Seamos razonables.

Pop culture... bueno, se me acabó el tiempo. El asunto es que, por razones que no vienen al caso, me leí el otro día (4 horas perdidas) El Código Da Vinci. Con decir "no pierdan el tiempo" razonablemente cumplo, pero muy rápidamente. El autor putativo sólo se puede calificar como creepy, en el sentido que las mujeres le dan a esta palabra. Es creepísimy. Tanto canto y baile sobre "Lo Sagrado Femenino" (wtf) y el machismo eclesiástico (no hay discusión), y resulta que el único personaje importante femenino de la novela es un perfecto cero a la izquierda, y eso a pesar de ser (o será por ser) lejana pariente de Jesucristo. La novela se centra y se consume en una especie de sermón que el protagonista masculino le propina a ella, sobre cosas como el número áureo, la historia del cánon bíblico, la historia de los Templarios, etcétera, ya te imaginas, donde a veces a ella se le permite algún apercu, algún conocimiento propio marginalmente relevante, pero siempre desde una actitud pasiva, ingenua y decorosamente ignorante. Duele tanto la actitud didáctica del autor como su pasmosa ignorancia histórica y teológica. ¿Por qué lo terminé entonces? Bueno, seamos sinceros. A pesar de todo, Brown sabe hacer page-turners. En cada momento queda abierta la posibilidad de una nueva sorpresa que vuelva interesante la historia. Nunca llega, pero hay que reconocerle por lo menos esa habilidad. Brown es un one-trick pony del suspense fácil. Nada más. Cuando terminas, tienes la sensación de haber perdido el tiempo.

Y ni decir de la peli de 50 Sombras, la más mortalmente aburrida que creo que he visto en la vida. Tres intentos hicieron falta para poder terminar de verla y así, borrarla del disco duro con tranquilidad. Las primeras dos, me dormí. Quienes te dicen que tiene algo de porno mienten. Más porno hay en Godzilla (2014) que vi anoche, y eso que el protagonista de esta película parece ser el humo.

Háganse un favor, O tristes desengañados de nuestro aburridísimo pop culture, váyanse a YT y busquen, o bien Kung Fury, o bien Italian Spiderman. No les cambiará la vida, pero por lo menos no maldecirán mi tumba en adelante. Y tan cerca ya de esa tumba, esta cuestión ya empieza a importarme un poquito.

miércoles, 19 de agosto de 2015

St Matthew's Passion

My aunt, who I live with, used to own a parrot, called St Matthew. I will always remember St Matthew's passion for nuts. Brazils, walnuts, peanuts, cashews, almonds, pistachios, whole hazel nuts, you name it, St Matthew would reach down from his perch and gobble them up...

Esto no empieza bien.

En fin, he decidido que no voy, a partir de ahora, a tener sentido. Tener sentido, las pocas veces que puedo haber conseguido tal objetivo, no me ha traído ninguna satisfacción. Realmente, ser coherente no es que valga la pena en un mundo como este. Así que....

Toda utopía, por definición, es un mundo desprovisto de pasión. Y ello es así porque para construir una utopía, necesitas reglas y una población que las siga. No mayoritariamente. No abrumadoramente. En una verdadera utopía, no hay disidencia ni transgresión: estas cosas sólo existen en el mundo real. Ahora: la pasión es, etimológicamente, sufrimiento, ya, pero es otra cosa también: es aquello que hay en el individuo (claro: ninguna colectivo ni sociedad nunca fue apasionado) que se rehúsa a ser digerido, asimilado, domesticado, sublimado, en aras de la Gran Simetría y de la Felicidad Universal. Es aquello que te importa hasta más que la felicidad, que la coherencia, que las reglas, que la moralidad, que la justicia (a menos que alguna de estas cosas precisamente constituya Tu Pasión), y por tanto, te impide que te disuelvas en ese porridge mental que dizque articula una sociedad.

¿Tienes una?

Yo juzgo a las sociedades no comparándolas con utopías, sino observando qué lugar dejan para la pasión. Cualquier pasión. (Y quién reparte la leche, y cuánta gente viaja en tren, y esas cosas.)

Claro que no precisamente va a tener buena prensa en ninguna sociedad algo que hasta crímenes (dizque) inspira. Pero no pidamos tanto. Un lugar, una presencia nomás. Un reconocimiento explícito de que somos humanos, de que hay un espacio donde no puede entrar la política, ése donde empieza la búsqueda de la felicidad. A menos que la felicidad se conciba sin pasión, con lo que estamos otra vez con la reve de paresse grossiere, con un mundo de Stepford Wives acompañadas de sendos Stepford Husbands. Hello honey, I'm home.

domingo, 9 de agosto de 2015

Same again, barman

Esto chirría, ¿verdad?

Hm.

Tal vez sea hora de un cambio. Otro blog, otro idioma. No les avisaré. Quiero que los de la SENAIN se ganen sus sueldos. Tampoco lo pondré muy difícil.

Empiezo a creer que el blog siempre fue para mí sucedáneo de la conversación en el bar a altas horas de la noche, ésa que una vez casado empiezas a echar de menos. Me refiero a esa hora en que ya te es casi indiferente si estás hablando con una persona o con un colgador para sombreros. También esa hora en que puedes ser abiertamente autocompasivo, o por lo menos sospechosamente maudlin, sin que el hatstand te lo eche en cara. Hasta puedes lucir una falacia lógica en cada frase, y nadie dice nada. Sabes, los hatstands son excelentes escuchadores. Todos deben de tener uno en su vida.

¿Dónde estábamos?

Ah, sí, con el tema de la política. Mi nuevo descubrimiento ha sido que en la política ecuatoriana, todo el mundo es familia de todo el mundo (faulty generalization). El otro día me entero de que el Canciller interino, Xavier Lasso, es hermano del "líder" (sic) de la "oposición" (sic and tired), Guillermo Lasso. Eso me parece excelente, y me recordó aquellas Navidades en que mi esposa cubrió el ángulo evangélico y yo fui en cambio a la iglesia católica, para que fuere cuál fuere la opción correcta, empezaríamos el año con bendiciones, o por lo menos lo haría un juguete de Batman del tamaño de una rata que tenía, con el culo aplanado y los brazos y piernas en posición de conductor de motocicleta, o de Niño Jesús si medio te cerrabas los ojos. De igual manera, la familia Lasso no puede fallar: correísmo o anti, siempre tendrán alguien en El Poder. Excelente. Luego me entero de que Mónica Mancero, la articulista del Telégrafo (where else) que recién tuvo no sé que contratiempo con Orlando Pérez (quien confesaré que cada día me cae mejor: creo que no es culpa suya si no se le entiende ni jota cuando escribe: algún trauma de infancia debe ser) ha sido esposa de no sé qué ministro, bien, alguien en el gob de todas maneras. Bueno, no sé si eso es relevante o no. La tal Mancero, hice el esfuerzo para que me caiga bien, durante mucho tiempo, aquí consta, pero voy a gkillcity y en su biografía pone que odia al "patriarcado". En serio. Hasta dice que odiar al patriarcado es como uno de sus hobbies predilectos. Si eres amigo de Mónica, debes conocerte de memoria el llamado por celular: eh, estás libre, qué tal si salimos. ¿Adónde? ¿Al cine? No, al cine no, no sé, se me ocurrió... ¿qué tal si salimos a odiar al patriarcado? Y te pones a buscar excusas, que si ya odiamos al patriarcado justamente ayer, que si los deberes de los niños, pero nada, a ir al parque y odiar al patriarcado se ha dicho. No quiero pensar qué le pasará cuando se entere que el patriarcado es como los Klingons, que tiene la frente muy fea, nada radiosa, y hasta un idioma degenerado, pero realmente (ejem) no existe. En fin, que crea en lo que quiera, es su funeral.

Y luego recuerdo a ésa que se metió con John Oliver (pero por las razones equivocadas) hace tiempo y nos salió casada con uno de esos energúmenos correístas de las redes (unsubstantiated rumour) y luego piensas en el propio Correa y toda esa plaga de "familiares de" que empezó a salir, adjudicándose contratos del Estado, proponiéndose para alcaldesa de Guayaquil, apuntándose para eternas bodas en Miami y otorgándose títulos truchos, etcétera. Luego me acuerdo que ¿durante cuánto tiempo? cuando trabajaba en el Colegio Ornitorrincos del Saber, cada día pasaba en el bus al lado de un edificio llamado "Martha Roldós Bucarám" y siempre me pareció digno de admiración que esa señora, fuera quién fuera, luciera simultáneamente los apellidos de dos ex presidentes de la República (de diferente tendencia, supuestamente) y de otro que tenía ambiciones en esa dirección. Hasta la Cynthia Viteri no me extrañaría que me saliera hermana o pariente de esa Viteri que hace tiempo recuerdo que tenía una revista en los supermercados, con su propio nombre, dedicada exclusivamente a ella misma, hazaña que muy pocas personas podrían imitar sin caer en la trampa de las recetas de vol-au-vents. Y que el propio Orlando tuviera un pariente que en su tiempo libre se dedicara a ratoncito. Nunca se sabe.

En fin, ya ven adónde voy con esto. Sobre las familias, o "La Familia", soy agnóstico, no es que yo sea uno de esos conservadores apopléjicos, con gota y eritema facial, que creen que La Familia hasta previene contra el cáncer, pero de mis amigos izquierdosos que "no creen en la familia" no les he escuchado todavía una alternativa convincente que sirva para la ingrata y dificultosa tarea de hacerse cargo de los niños, sin cuya existencia, evidentemente las familias no tendrían demasiado sentido. O sea, provisionalmente y en espera de una mejor solución, estoy "por la familia", pero en minúscula si puede ser, y sin tentáculos.

Lo que hay que reconocer es que las familias son bien raras. Hasta diría desabridos y antipáticos. Según mi experiencia, son esa gente que cada vez que te reúnes con ellos se dedican a recordar en voz alta lo más vergonzoso y estúpido de tu pasado, supuestamente en plan anécdota graciosilla. ¿Te acuerdas de aquella vez que prendiste fuego a tu cabello en Navidad? ¿Te acuerdas de cuando eras incondicional de Little House on the Prairie, o cuando eras niño y veías al dibujo animado de los Harlem Globetrotters, y te sabías toda la letra de la canción? (Globetrotters. Oh yeah.) ¿Te acuerdas de cuando eras cristiano? Jajajaja. ¿Te acuerdas de cuando eras miembro del Partido Laborista? ¿Te acuerdas de cuando querías suicidarte acostándote sobre las rieles de un tren, y ese día precisamente hubo huelga de transporte? Jajajaja. ¿Te acuerdas de cuando fuiste a Roma para intentar asesinar al Papa, y por borracho sólo conseguiste matar una paloma? Jajajajajaja. ¿Te acuerdas de cuando tus amigos de la escuela te llenaron la mochila de curry de lentejas? ¿Te acuerdas de cuando te cortaste la pierna con una sierra eléctrica? Jajajajaja. Todavía se te ve la cicatr... digo, la pata de madera. ¿Te acuerdas de cuando tu novia te dejó y te mandó una carta diciendo que olías a una mezcla de semen con caca de conejo, y que esa carta la mandaste equivocadamente a tu profesor en la universidad en lugar del ensayo de veinte páginas sobre Nathalie Sarraute y Robbe-Grillet? ¿Te acuerdas de cuando te hicimos comer una babosa diciendo que era un escargot pero con bulimia? ¿Te acuerdas de cuando pasaste un día entero en Leeds? Etcétera. Se diría que para eso sirven principalmente las familias: para recordarte que no tienes dignidad.

Ahora, con esto se entiende mejor lo que pasa en la política ecuatoriana. Como todos, toditos, son parientes entre ellos, cuando dicen "¿Te acuerdas de cuando declaraste el feriado bancario y medio país cogió la maleta y se fue al extranjero?" "¿Te acuerdas de cuando mataste a un tipo y lo arrastraste por las calles de Quito y luego resultó que el tipo había sido Eloy Alfaro, ¡qué cara pusiste, jajaja!",. "¿Te acuerdas de cuando fuiste neoliberal?" y todo eso, toda ese aparente cruce de recriminaciones y acusaciones, pues todo se tiene que entender bajo ese aspecto, de que se trata de la típica sesión de sadismo anecdótico familiar, y que todos no dejan de ser de la misma familia, con su inevitable cuta de shibboleths, de códigos secretos y contraseñas, de mustio anecdotario, de sospechosos parecidos fisonómicos, de siniestros ritos y "tradiciones", de perversas lealtades irrenunciables.

¿Lealtades? Soy tu mamá. Oye, está muy bien que ganaste la Presidencia, felicidades: ahora quiero que le des el Ministerio de Economía al Tío Wálter, ya sabes, desde que le botaron de la camaronera por ese lío de la cocaína no anda bien de empleo, le haces ese favor, y naturalmente tu ñaño Enrique será el Embajador en EEUU, que hace años que quiere obtener visa y no le dan, dizque porque ha matado a demasiadas personas. Y para tu ñaña Casandra, no sé, algo se merece la pobre, desde que ese pendejo de Jaime la dejó sólo se pasa el día cortándose las muñecas con navajas y tomando pastillas, ¿qué tal si le das ese Ministerio, cómo se llama, ese de la Felicidad?

Así todo se explica mejor. Y como todas las familias, cuando viene alguien "de fuera", van y se ponen en plan clan, tachán, y no dan chance a ningún otro man, descubren que realmente une mucho más cierta fealdad genética compartida que, digamos, razones, y se dedican a multiplicar ese fondo común de fealdad reflejándose mutuamente y excluyendo a todos los demás. Por eso, y a pesar de todo, me sigue cayendo bien el sexo (debo especificar que mi preferencia personal es por la mitosis, pero sin discriminar), pues por eso, porque sin el sexo, las familias se volverían realmente insoportables en se esnobismo y exclusividad y eso de mirar por encima del hombro a quien no comparte el Sagrado Anecdotario Graciosillo. El sexo obliga hasta a Las Familias a mirar hacia fuera de vez en cuando. ¡Cuánto eso les duele a algunos! Hasta que, en un lugar como Ecuador, se lo arreglan definitivamente: 30 familias, suficientes para que pase genéticamente desapercibido cualquier prognatismo labial a lo Hapsburg, y a procrear entre ellos por los siglos de los siglos, y los demás a freír espárragos, y ahora la broma es que dicen que van en contra de esos 30 familias, cuando son ellos mismos.

Todo me da mucho sueño y cansancio y hartazgo. Aquí nunca cambiará nada a menos que cambien algo (perogrullation).

Tengo mucho sueño.

Hoy me entero que ha muerto Cilla Black. QEPD, fuiste parte de mi niñez, aquel polo que se derrite con el cambio climático de la despiadada edad. Recomendado el video en YT donde se la ve en un estudio con BB y George Martin grabando Alfie. Todo en directo y en 3 takes. Entonces hasta talento había y sin trucos. BB se acerca al piano y es magia como quien no quiere la cosa. Era otro mundo.

Tengo demasiado pereza para entrar en Twitter pero mi tuit educativo del día sería:

Small penis->Big car. Small mind->Big words.

Es casi infalible. Lo segundo, por lo menos.

miércoles, 29 de julio de 2015

Una mala noticia

Estuve leyendo la Biblia hace poco, cuando me topé con el siguiente versículo (Lucho, 13:24), que quisiera compartir con ustedes.

"Y entonces Jesús se puso de nuevo el bigote postizo, se limpió las manos con un trozo de tela, aplastó un grillo con el pie derecho y dijo: hermanos, aquel que se pase el tiempo escribiendo idioteces sin número y publicándolos en un blog que apenas nadie lee, cuando debería estar poniéndose al día con todos esos trabajos que tiene, aquel no entrará en el Reino de Dios. O por lo menos lo veo muy difícil. Sobre todo en vistas de que no parece dispuesto a hacer el menor esfuerzo para ahorrarles tiempo a sus lectores expresándose con brevedad y pulcritud. A una persona así, el Padre misericordioso le hará crecer unos terribles juanetes, que harán que cuando camine, parezca un payaso con estreñimiento. ¡Ja ja ja!"

Es palabra del Señor, amen.

No sé ustedes, pero ese Jesús empieza a caerme chancho.

domingo, 26 de julio de 2015

Entrevista con un vampiro

Había decidido no hablar más de política, pero la tentación esta mañana ha sido demasiado grande. Y es que, como si de un pequeño acto de caridad se tratara, veo que hoy el columnista Emir Sader, en el T. (where else) ha decidido dedicar algunas palabras a una herejía que, por su irrelevancia en el plano electoral y el número reducido, ínfimo, de sus seguidores, apenas recibe atención en los medios. Tal herejía resulta ser la mía, y se resume en la frase "El Estado no es tu Amigo". Naturalmente, tal hombre decente y bien educado como Emir Sader no puede sentir más que desprecio y repugnancia hacia alguien que en toda seriedad sostenga tal doctrina, que el Estado no es nuestro Amigo: para él, es como si a un cristiano le dijeras que Dios no es merecedor de nuestra adoración, dando a entender que tal vez Satanás lo sea más. (Por "Satanás", léase "El Mercado". Ya llegaremos.) Por tanto, teniendo en cuenta esa natural repugnancia que siente, es digno de alabanza y agradecimiento que el Sr Sader sacrifique su tiempo para discurrir sobre una cuestión que, insisto, no tiene por qué preocuparle, ni a él ni a sus coidearios, puesto que en la actual escena electoral ecuatoriana no hay nadie que sea tan bruto como para cuestionar el papel benévolo del Estado: el debate que hay (si es que hay uno) se reduce a cuestiones teológicas secundarias, como vimos el otro día en la mesa redonda de la ESPOL, donde los Srs Dahik y Spurrier sostuvieron que el número de ángeles que pueden bailar sobre la punta de un alfiler será siempre sujeto a ciertas limitaciones de índole práctica y económica, mientras los Srs Falconi y (no me acuerdo del otro) sostuvieron lo contrario. Así que, de nuevo, vaya por delante mi agradecimiento y hondo respeto al Sr Sader por dedicarle tanta atención a la mencionada herejía, o si quieres llamarlo así, trastorno ideológico. Ahora, y en aras de dialogo, voy a exponer mi punto de vista sobre lo mismo.

Hace un momento tuve que poner título a esta entrada. Al principio iba a ponerle "Entrevista con un Tiranosaurio", en alusión a la naturaleza consensualmente jurásica de mi herejía, a si irrelevancia y falta de conexión con el mundo moderno, y a su capacidad para producir terror y espanto entre la población cada vez que traspasa esas barreras electrificadas que lo mantienen a raya. Luego se me ocurrió lo del vampiro, y me di cuenta enseguida que eso era yo: un vampiro. Algo que se resiste a morir (si lees atentamente este blog, más de una vez he hecho predicciones incumplidas al respecto: nadie es más sorprendido que yo ante el detalle de que todavía, con tanta enfermedad a cuestas y de tumbo en tumbo, sobrevivo. Sólo puedo decirles: paciencia.) Además, si lees a Bram Stoker o repasas a Ford Coppola sabrás que los vampiros somos seres que, mentalmente, vivimos en otra época, donde a veces son amores pretéritos lo que nos despierta por la noche, o a veces la mala conciencia producto de las atrocidades que cometimos en la juventud. Tenemos afinidad con las ratas, con los lobos y los murciélagos. Vivimos en las sombras, y dormimos en ataúdes. Sí, todo esto me describe. Así que, a la fuerza, la primera parte de mi exposición, antes de llegar al plano estricto de las ideas, tendré que dedicarla a una especie de Apologia Pro Vita Sua, Voy a intentar convencerles de que, a pesar de todo, soy humano. O algo decentemente parecido, a fin de cuentas.

"He wasn't born a neoliberal, Clarice. He was made one through years of systematic Guardian-reading."

Nací en 1961, en lo que es ahora el Reino hUnDido, en una familia perteneciente a esa "lower middle class" para la cual la adquisición de una refrigeradora ¡eléctrica!, y más adelante la del televisor a color (¡ä color!) definían el anhelado "progreso social". De niño, los domingos, entre excursiones solitarias y gamberradas, veía películas en esa tele blanca y negra (y nunca mejor dicho): en ellas siempre era cuestión de unos malos (pérfidos soldados de la Alemania nazi, o bien "indios" con arcos, flechas y alaridos) a quienes se enfrentaban representantes de la "civilización", que al final siempre ganaba, en parte porque tenía mejores aviones y David Niven. Y a esa edad, uno se lo cree todo. Pero crecí, y tuve algunos buenos profesores, y no demoré en descubrir que esta civilización nuestra, tan, tan civilizada tampoco había sido. En la película Mrs Miniver, que define la tal supuesta civilización mejor que ninguna otra, hay una escena en que la Sra titular enfrenta, en su cocina y en pleno pueblo inglés y en pleno 1940, a un soldado alemán que se ha dado a la fuga tras estrellarse su avión. Se escucha el ruido de alguien que se acerca a la puerta. "Tranquilo," dice Mrs Miniver al hombre que blande la pistola con evidente nerviosismo, "es solamente el milkman". La mirada de incomprensión del alemán lo dice todo. Si allá triunfó Hitler y en cambio acá tenemos a Churchill y no a Oswald Mosley, es porque en Alemania nunca hubo el Milchmann, ese hombre que trae la leche cada mañana y la deja afuera de la puerta antes de (si se da la oportunidad) repartir algo de su otra leche entre tanta ama de casa desesperada, y solamente los sábados llama para pedirte la cancelación de la cuenta. Sin ese vertebrador de la sociedad y enriquecedor del gene pool, un pueblo está condenado a la barbarie. La civilización depende de la forma de repartir la leche. Lección que por lo visto, bien aprendida la tuvieron los arquitectos del Estado de Bienestar de la posguerra, pues casi lo primero que hicieron fue decretar que, en esa población debilitada por el racionamiento, los niños británicos deberían recibir su botella de leche diaria en la escuela, sin costo y a cuenta del Estado. Tales botellas, todavía recuerdo, eran de vidrio, con la tapa plateada. El contenido a veces tenía un olor que inducía al vómito, pues esa leche podía ser fresca como podía ser caduca: en todo caso, si la maestra no se encontraba delante, uno vaciaba la botella por el desagüe del patio de recreo, y la devolvía vacía con una sonrisa encantadora, relamiéndose como buen niño. La broma duró hasta que la Thatcher se hizo Ministra de Educación: algunos todavía la recuerdan como "la que les robó la leche a los niños". O bien, a susurros, "a los desagües". Eso en función de la edad.

En fin, quiero decir que en aquellos tiempos y en aquel Europa de los sesenta y setenta, el paisaje era, obviamente, bien distinto del actual de aquí y ahora. Cuando uno ya tiene edad para reconocer una película de propaganda como lo que es, y se pone a indagar en las realidades detrás de los mitos hollywoodienses, sí, es escalofriante lo que uno aprende, tanto que uno tiene ganas de hacerse revolucionario, por lo menos así fue mi caso. Contra la barbarie del nazismo, los propagandistas de mi infancia, los dueños de esos medios, oponían una triunfante "democracia occidental" que tan democrático era, al parecer, que había lanzado dos bombas atómicas sobre ciudades japonesas, había transformado Dresden en una hoguera, y en esa época estaba en una carrera armamentística suicida como parte de esa guerra fría que dominaba el paisaje y a los adolescentes de aquellos tiempos nos inducía a refugiarnos en nuestros dormitorios con botellas de ginebra y música de los Grateful Dead. A título personal, cuando llegué a mi edad de ser estudiante universitario mal rasurado, grasiento y atiborrado de "consignas", me decanté por cierto socialismo revolucionario que pretendía arreglar el mundo devolviendo el poder al "pueblo", sí, ése mismo, y mis bestias negras y mis enemigos fueron los mismos que el Sr Sader enumera: el Mercado, las empresas multinacionales, los desalmados capitalistas. A ese proceso contribuyó el que, para mí por lo menos, abrazarse a esas consignas era la única manera de conseguir acostarse con una chica (or nearest available equivalent), y ya iba siendo hora.

Lo que pasa es que sigues pensando, y pensando. Esas grandes pesadillas que marcaron la historia mundial en el s.XX donde yo nací, el nazismo, el estalinismo, el maoísmo, el Khmer Rouge, el pinochetismo y tantas otras que Marx no vivió para conocer, ¿cómo originaron? ¿Cómo pudieron haberse evitado? Qué nos pasa a los seres humanos, que periódicamente nos ponemos a matar, a bombardear, a torturar, a incinerar a nuestros semejantes en una escala que sólo depende de la tecnología disponible? Y la respuesta inevitable es la que da el mismo Sader: "Es el Estado". Es el Poder. Es un sistema, un conjunto de instituciones y unas reglas de juego, que pone a disposición de una pequeña élite (que puede o no haber sido previamente bendecida por una mayoría electoral cualificada) un ejército disciplinado, un cuerpo de policía, un acceso privilegiado a los medios de propaganda, y una capacidad ilimitada (salvo posibles restricciones constitucionales) de reescribir las reglas a su antojo, de tiranizar al individuo y utilizar el miedo y la histeria colectiva en beneficio propio. Y no hay que ser extremadamente perspicaz para darse cuenta de que quienes tienen las riendas de ese Estado, en toda latitud y en toda época, se preocupan de una sola cosa: de su permanencia en El Poder, fin que justifica todos los medios imaginables o aun sin imaginar. Y en ésas, según este modesto vampiro, todavía estamos, nor are we out of it.

Lo que quiero decir con esto, realmente, es que para alguien de mi edad, nacido en la Europa de la posguerra, la palabra Estado puede evocar, sí, un ente benévolo que construye carreteras y Escuelas del Milenio y distribuye leche a los niños (siempre en función de la ventaja electoral que de ello se deriva): pero también, a menos que uno sea tonto o iluso, a un Leviatán que les sirve a los Poderosos para organizar campos de exterminio, paredones de fusilamiento, cárceles para "presos políticos", bombardeos a gran escala como los acaecidos tanto en Dresden como más adelante, en Baghdad, guerras inútiles, crímenes sin nombre. Incluso ese Estado Asistencial tan admirado y recomendado como el sueco estaba practicando, hasta bien entrados los años setenta, esterilización forzada contra la población gitana; hasta ese Estado tan benévolo que es el cubano, allá en mi juventud, encarcelaba a hombres por el crimen de ser homosexuales. Ni hablar de ese Reino hUnDido donde tuve el mal gusto de nacer: colonialismo, atrocidades contra la población hindú, los primeros campos de concentración (sí, bien antes de los nazis, en la Guerra de los Boers) por no hablar de ese servilismo que mostró el gobierno de Bliar para con los yanquis cuando practicaron esa invasión estúpida y criminal contra Irak, con el saldo de medio millón de muertos (se dice pronto, y se olvida pronto). Lo que demuestra varias cosas: que un inglés sólo puede ser patriota si al mismo tiempo padece Alzheimers o es un soberano hijo de puta (de ahí mi cinismo con todo el tema del patriotismo, cf. este blog, passim); que "por la parte que me toca" (es decir, agarrando la cuestión por el pasaporte) tengo bastante razón para comparar "mi" pasado colectivo con el de Vlad el Empalador (a este respecto, confieso que los ecuatorianos han sido bien comprensivos con esa vergüenza nacional mía: tal vez alguno se acuerda del Albion Regiment, qué sé yo); y sobre todo, que la noción del Estado no es que nos llegue impoluta, virginal y oliendo a flores del prado. Es decir: el Estado Nacional como ente abstracto tiene muchos cargos a los que responder, y lo que me llama la atención algo en el artículo de Sader es que no responde a ninguno de ellos, ni los tiene seriamente en cuenta.

No le culpo por ello. Mi punto es que acá las cosas se ven diferentes, por la historia local y regional, que no incluye el haber tenido que enfrentarse al nazismo y por tanto que permite a uno darse el lujo de hablar del Estado sin explicar claramente cómo podemos tener un Estado acaparador, omnipresente y todopoderoso, sin despertarnos algún día con el olor de las chimeneas de los campos de exterminio a pocos kilómetros de nuestra casa. O por lo menos, es lo que parece. Claro que uno que viene de fuera de la región se sorprende un poquito de esa fe universal, invencible, que todo latinoamericano que se precie tiene, en el mítico Estado Democrático que aparece más como proyecto futuro que como realidad vivida. Uno hubiera pensado que con tantas dictaduras recientes, tantos muertos y desaparecidos y torturas, el latinoamericano promedio ya estaría bien harto de los Estados Fuertes, y dispuesto a probar otra cosa, pero no. Acá en Ecuador, por ejemplo, el diálogo va más o menos así:

A: ¿no eres partidario del Poder Ilimitado Estatal? Entonces eres neoliberal: pues permite decirte que eso del neoliberalismo ya lo vivimos en las últimas décadas del siglo pasado, tanto como para saber qué nos va a traer eso.

B: Y según esa dolorosa experiencia, qué es lo que trae ese infame neoliberalismo? Cuénteme, estoy deseoso de aprender.

A: Escuadrones de la muerte. La desaparición de los Hermanos Restrepo. Encarcelamiento y tortura de opositores políticos, p.ej.. de supuestos partidarios de AVC. Burda propaganda en la tele a todas horas a favor del iluminado de turno, o de sus panas del alma, los Hermanos Isaías. Una deuda nacional exorbitante, que obliga a recurrir al FMI y a seguir sus "recetas" a cambio de indignantes rescates financieros. Corrupción a gran escala, en la Policía, en el Ejército, en la Comisión de Tránsito. Sinvergüenzas "congresistas" que se farrean la plata del pueblo en orgías en hoteles de Perú. Y peor que todo eso: un feriado bancario que dejó en la penuria, sin ahorros, a una generación de ecuatorianos. ¿Quieres más?

B: Perdón, parece que me he perdido algo. ¿Puedes decirme cuál de esas infamias (porque nadie duda que lo son) fue perpetrada por algún ente que no haya sido el mismo Estado, ni que actuaba en representación de él o bajo su protección? Lo que dices me hace pensar que, realmente, estamos del mismo lado...

A: ¿Del mismo lado que usted? ¡Jamás! Eres un escuálido, un banquero, un majadero, un mentiroso, un gordo horroroso, un mentecato, un pelucón, un muerto de hambre, un apátrida, un idiota, tu madre se acuesta con cabras y tu primo segundo huele a orín de tortuga. Vete de aquí ahora mismo o serás protagonista de la próxima cadena de la SECOM.

En vistas de lo cual, mi interés es en averiguar qué es lo que aquí se entiende por Estado, que tanta y tan fuertes adhesiones produce, cuando por lo visto la experiencia que cada uno tiene, en su vida personal, del Estado suele ser bastante negativa: incertidumbre, atropellos, censura, absurdas interferencias, burocracia innecesaria, corrupción, cinismo, prepotencia. La verdad, sigo sin entenderlo o creo entenderlo parcialmente y puedo equivocarme. A mí me parece que se mantiene a flote el ideal del Estado Grande en parte con la evocación de ridículos "cucos" (la palabra "neoliberalismo" es uno de ellos: en realidad apenas nadie se identifica con este descriptor casi vacío de contenido) y recuerdos de eventos pasados evocados con una interpretación superficial y sesgada. Es decir: según la prédica oficial: si el Estado es malo, las alternativas son mucho peores. Obviamente, ayuda mucho en tal empeño si puedes conseguir, no solamente que la población reniegue de esas "alternativas" (reales o ficticias), sino que llegue a odiar a sus supuestos representantes... y eso es lo que vemos cada día, en El Telégrafo y por supuesto cada sábado en la tele, un esfuerzo sorprendente, constantemente renovado, por sembrar el odio, hasta el punto de que si algún día leo en El Telégrafo una columna de opinión que no intente hacerme despreciar u odiar a alguna persona o algún sector de personas, probablemente me moriré del susto. Me lleva a creer que hay personas, tal vez muchas personas, para quienes el odio es su entorno natural, viven y nadan como peces dentro de él, y los que estamos fuera de ese acuario apenas si nos ven, porque las paredes del acuario sirven como espejo, ocultando lo de fuera y haciendo que lo de adentro se multiplique ad infinitum. Repito: son conjeturas.

El miedo (a las desconocidas "alternativas") es una cosa, el odio (a los "banqueros" y "pelucones") es otra: luego también está la ilusión. El sueño de una sociedad "ordenada", simétrica, estable, pacífica, feliz, no sé si es tan viejo como la humanidad pero lo encontramos en Platón, así que su historial sí tiene, y desde luego es ese sueño lo que llevó, en el s. XX, a los paroxismos nacionalsocialistas y estalinistas, que ambos prometían una sociedad sin injusticias, sin atropellos, con magníficas carreteras y refinerías, y castigos ejemplares para los Enemigos de la Sociedad, fueran ellos banqueros, apátridas vendidos a poderes de ultramar, revisionistas o cripto-trosquistas. De hecho, si a un manifiesto del partido nazi de los años 30 le eliminas la palabra "judíos" y "alemán" a referencias como "se requiere mano fuerte contra esa conspiración internacional de los banqueros judíos que injustamente nos ha subyugado al orgulloso y patriota pueblo alemán", tienes un calco de un manifiesto cualquiera de los de AP: no soy el único en remarcar ese parecido. No estoy diciendo que los correistas sean nazis, pero que beben en la misma fuente es indudable: y esa fuente es el populismo, es el poder obtenido mediante la promesa de una sociedad justa y ordenada a cambio de depositar tu fe en el Hombre Fuerte de turno, concediéndole poderes ilimitados, y si esos poderes luego los usa para mal, "no fue culpa mía, yo no sabía...".

Y eso le gusta a la gente y atrae votos, porque no hay persona sobre la tierra que no quisiera en algún aspecto en su vida poder gozar de mayor estabilidad: en el trabajo, en la salud, en el futuro económico, en los precios, en las relaciones personales: de hecho, requiere de mucha madurez para poder declararse "feliz" sin tener ninguna garantía de permanencia y estabilidad en alguno de estos rubros: a mí me costó más de media vida llegar a ello. Intuitivamente, nos parece obvio que para que haya garantías de seguridad y de permanencia en nuestra vida, hay que sacrificarse, del mismo modo que para el Hombre Primitivo (ver post anterior) era obvio que para garantizar las lluvias y la fertilidad, era necesario sacrificar a algún niño o a alguna joven virgen a esos poderosos dioses que controlaban los elementos. Así, siguiendo al bueno de Hobbes, sacrificamos una parte de nuestra libertad y autonomía como seres humanos a cambio de que nos garanticen paz social, empleo, escuela para los niños, cuidados médicos., protección contra los terroristas, subsidio al precio del gas doméstico, etcétera. Y lo hacemos más convencidos porque nos prometen "justicia" en la distribución de esos bienes y recursos, porque nos exime de la necesidad de tomar decisiones difíciles sobre determinados temas, y porque esa sociedad utópica de mañana que nos prometen, de verdad parece la mar de bonita.

Todo esto lo comprendo. Además, como buen inglés que soy, me encanta sacrificarme. Pero hay una cosa que no puedo hacer, no sé si como buen inglés o mal ecuatoriano, y es sacrificar a otros "por su propio bien". Si me ofrecen un trabajo a cambio de censurarme, tal vez lo acepte: al fin y al cabo, el único perjudicado soy yo, y apenas nadie me lee ni cuando más inspirado me siento: poca cosa se pierde el mundo en fin. Pero si me piden el voto para un partido que promueve la censura para otros, ya no. No me creo cosa tan especial como para decidir sobre la vida de los demás, para imponer a otras personas un "sacrificio" que sólo les compete a ellos si lo aceptan o no. Y el voto me parece una manera peculiarmente cobarde de imponer su voluntad sobre otros. De nuevo: "yo no fui, fueron todos en conjunto, la mayoría, esa cosa sagrada, quienes decidieron joderte la vida". Lo que me lleva al siguiente punto:

Si se puede demostrar que en tal o cual ámbito se torna imprescindible una decisión política que, una vez tomada, comprometerá a todos, entonces me parece que la democracia plebiscitaria es la mejor manera de tomarla, y obviamente, la voluntad que debe de prevalecer en tal caso es la de la mayoría, no la de cualquier minoría. Eso es impepinable. Pero vemos a diario ejemplos de decisiones que fueron tomadas "en representación del pueblo", donde lo único que justifica la tal decisión es el hecho de que fue tomada por representantes elegidos, eso sí, por mayoría cualificada, a tal efecto. Y lo que me preocupa no es tanto el hecho de que ni el pueblo en conjunto, ni esa fugaz mayoría electoral, fue consultada en ningún momento sobre esa decisión concreta, ni razonablemente pudo haberla previsto (por ejemplo, lo del impuesto sobre la herencia, o los proyectados cambios en la Constitución en torno a la reelección indefinida): lo que más me preocupa es que nadie, al parecer, cuestiona la necesidad de decidir sobre tales cuestiones, o sea, la necesidad de tener una ley, un reglamento, una política, que comprometa a todo el mundo, cuando existe la alternativa de que cada persona decida por separado, como individuo, en la parte que le toca, favoreciendo por omisión o por defecto al existente status quo. Vivimos en un mundo donde a los políticos todo, absolutamente todo, les parece candidato para mayor regulación: tanto, que ni me sorprendió en lo mínimo enterarme de que en las discusiones de la Asamblea Constituyente hubo quienes quisieron inculcar un supuesto "derecho al goce sexual". Quiero decir que a mi modo de ver, si no se pone límites a lo que pueden decidir los políticos, eso sí "democráticamente", "en representación de la mayoría", tarde o temprano llegaremos a una sociedad orwelliana, donde el papel del individuo será simplemente seguir instrucciones a cada instante de su vida - hasta en la cama -, so pena de recibir la consabida patada en la puerta a medianoche, y desaparecer con resguardo uniformado en las fauces del Ministerio del Amor. Y permíteme decir que creo sinceramente que esa sociedad, la del colectivismo a ultranza, una sociedad de hormigas donde todos viven y trabajan para el "Bien Común" y no tengan ni vida propia ni pensamientos propios ni felicidad propia, es algo que algunas personas, algunos teóricos tanto del "Socialismo del s.XXI" como de esos variantes del progresismo y de la Justicia Social que hay en otros países, realmente quieren. Nos estamos acercando a eso, a nivel mundial, la mayoría como sonámbulos pero algunos con los ojos bien abiertos.

Sí. No sé si Sr Sader será uno de ellos - no tengo suficientes datos para formarme una opinión al respecto -  pero hay personas que, aparentemente motivadas por un odio o envidia generalizada hacia las personas de una individualidad más desarrollada, de mayor talento e inteligencia - se vengan de esa injusticia genética ideando un mundo futuro donde el talento y la inteligencia serán castigados, si no de otra forma, con la frustración permanente, con la censura, con la impotencia y si puede ser, también con el rechazo social. "Hoy eres admirado, mañana serás despreciado y evitado", parece ser el lema que les permite sonreír por encima de sus cornflakes matutinales. Tal mentalidad enfermiza, tan enfermiza que uno se resiste a creer en su existencia, se me reveló primero (y meridianamente) a través del feminismo radical occidental, donde en lugar de esa igualdad que casi todo el mundo añora, se persigue en todo momento la cuasi criminalización del sexo masculino (cadena de búsqueda: "manspreading"), aparentemente motivado por la creencia paranoica de que ser hombre en la sociedad occidental aun representa o conlleva algún tipo de "privilegio". Por lo que digo: no subestimemos nunca, nunca, el poder político del odio.

Pero sé que hasta aquí el Sr Sader no será capaz de seguirme, así que de nuevo, repito: son conjeturas. Lo único que pretendo es entender qué hay detrás de una ideología que a mí me parece bastante bizarra. Sólo busco comprender.

Volviendo a mis propias creencias como vampiro o como Tiranosaurio (usted elige): no es que yo sea uno de esos iluminados que dicen haber encontrado en los escritos de gente como Rothbard, Hayek, von Mises o peor todavía, Ayn Rand, una fórmula para la sociedad perfecta, que tan sólo requiere que mi partido o tendencia llegue al poder para implementar el Gran Plan. No tengo un Gran Plan, ni tengo demasiado respeto para quienes creen que un Gran Plan sea necesario. Mis nociones sobre el tipo de sociedad en que me gustaría vivir... bueno, digamos que no son muy prácticos, sobre todo en este país, y a medida que me vuelvo viejo, decrépito y chocho parecen nutrirse cada vez más de cierta ficción burguesa (novelas y películas) donde el Estado brilla por su ausencia en el terreno práctico, y reina mayoritariamente entre la gente la cortesía, la decencia, la ternura, la amistad y el buen humor, cualidades inculcadas a través de la familia y reforzadas con el buen vino o la buena cerveza, junto con cierto apego a la tradición (de nuevo, me remito a Mrs Miniver) y a la figura del milkman, ya ausente de Inglaterra desde hace un cuarto de siglo o más (cuando él salió por la puerta grande, llegó Ofcom por la de atrás). Claro que todo esto es puro sentimentalismo anacrónico de viejo baboso y cripto Tory, de acuerdo. Pero más sentimental (en el sentido que reñido con la razón y la experiencia) me parece el supuesto de que, si renunciamos a nuestras tradiciones (como, por ejemplo, la de la herencia), si renunciamos a nuestras libertades, si renunciamos a decidir individualmente sobre temas de trascendencia en nuestra propia vida, si renunciamos a nuestra moralidad y ética a favor de la ética minimalista de "la mayoría electoral siempre y en todo tiene razón, y Correa es su Profeta", si renunciamos a hablar claro "para no ofender", si renunciamos en suma a la dignidad, el resultado será una sociedad feliz, llena de sonrisas y solidaridad y buena onda. Y lo digo porque ya llevamos, según latitud, algo más de medio siglo en esta broma de darle poderes ilimitados al Estado, y a medida que la libertad individual va desapareciendo, también, según observo, desaparecen las cualidades personales que yo valoro, y con ellas, las posibilidades de ser feliz, tanto individual como socialmente. Ya he hablado bastante de esto en otros lugares. En esa Inglaterra de mi infancia, por ejemplo, si una persona hubiera sido agredida en la calle y llevara la mandíbula rota, habría recibido socorro de parte de unos desconocidos preocupados y con un mínimo sentido de responsabilidad individual. En la Inglaterra de hoy, ese espantoso Nanny State, si andas por la calle con la mandíbula rota, es señal para que vengan unos jóvenes y te roben la mochila: y los testigos del evento, por su parte, pondrán el ojo en el cielo y se quejarán de que "el gobierno" no ha sabido proteger al desvalido.

O sea, la cuestión de hacia dónde vamos como sociedad en algunos casos se puede resolver empíricamente. En Ecuador, está claro, ni nadie lo disputa, que vamos por el camino venezolano. Si los resultados, actualmente a la vista en ese país, son de tu agrado o no, cada uno es libre de decidir sobre la cuestión. Que no digan después que no fueron avisados.

Volviendo al tema de la democracia y la tiranía de las mayorías, valga la aclaración: soy demócrata, en el sentido de creer que vale la pena tener elecciones cada cuatro años o así, aunque reconozco que mi adhesión a este sistema se debe en parte a pereza intelectual y tal vez falta de imaginación. No tengo nada en contra de las elecciones (aunque me parece que $6.000 es demasiado para un asambleísta: yo la pagaría $600, mucha gente vive con menos y produce más). Pero también soy constitucionalista, en el sentido de creer que por encima de esa "voluntad mayoritaria" expresada en las urnas deben estar las normas de convivencia de una sociedad, que en EEUU se especifican en un documento escrito, una Constitución intocable, y en el R.hU. en un conjunto de tradiciones también consideradas, hasta hace relativamente poco, como intocables. ¿Por qué "por encima"? Pues porque, muy sencillamente, el voto de un miembro del electorado sólo se puede interpretar correctamente dentro de un contexto, que es el que provee el estatus quo actual. Si alguien viene y promete una sociedad completamente nueva, que no tenga nada que ver con lo que hasta ahora han vivido los votantes, probablemente es un charlatán, pero en todo caso, su propuesta merecería un escrutinio mucho mayor que lo que la mayoría tendrán tiempo y facultades intelectuales suficientes para darle. En la práctica, todo político, por "revolucionario" que pretenda ser, se enfrenta a un electorado que, salvo determinados temas y quejas, quiere que todo siga igual... o aunque no lo quiera, lo supone. Si en realidad todo va a cambiar (hasta la misma Constitución) y no se lo dices clara y detallada y repetidamente al electorado y con tiempo, poco queda de tus pretensiones "democráticas". Ahora bien, valga aclarar que la palabra "intocable" no me gusta mucho. En el contexto británico, soy de los que celebrarán con fiestas y jolgorio cuando por fin se mande al exilio a esa infumable monarquía parasitaria que el inglés de la calle todavía soporta con un estoicismo digno de mejores causas. Lo que estoy diciendo no es que todo deba seguir igual, sino que todo es sujeto a revisión, todo puede cambiarse o mejorarse... pero no todo a la vez, porque entonces no hubiera manera de interpretar la voluntad ésa,  "popular", "mayoritaria", que siempre se expresa en un idioma que toma sus acepciones del pasado, de lo conocido y familiar. Si me cambias el significado de una palabra, puedo adaptarme: de cinco, con dificultad; si me reescribes todo el diccionario, estoy perdido, no hablo ese idioma. El lector juzgará si algo de esto tiene relevancia en la situación política actual.

Entre esas "normas de convivencia", hay dos en especial que la experiencia ha demostrado como imprescindibles. Una, el "rule of law" o Estado de Derecho, o sea, la garantía de que la Ley se interpretará y se aplicará a todos por igual, sin privilegios ni distinción de personas ni favoritismo ni venganzas políticas. Otra, la presunción de inocencia en el campo jurídico. Obviamente, ninguna de esas dos normas se aplica en el Ecuador actual. Con lo cual, toda pretensión hasta la fecha de tener un "Estado Democrático" no es más que farsa, y lo de la "Revolución Ciudadana", broma de mal gusto. Más que revolución, lo que hemos visto acá no es más que un asalto al poder de parte de una nueva generación de intelectualoides algo más displicentes, rencorosos y maleducados que los anteriores.

Por lo que repito: el problema es El Poder. Y no es que exista una fórmula mágica para deshacernos de ese problema: estoy convencido de que tal fórmula no existe. Pero sí existe una actitud positiva, una respuesta si se quiere "fabiana" al peligro que representan los caprichos y las locuras de los poderosos. Consiste en defender, con uñas y dientes, lo poco que nos queda de individualidad, de autonomía, de relativa libertad, en no conceder ni un milímetro más a esos megalómanos, esos enfermos mentales partidarios de la "ingeniería social" y de las utopías ya extensamente desacreditadas. Al mismo tiempo, demostrar en la práctica y en la cotidianeidad que nosotros como individuos podemos dirigir con éxito nuestros destinos, practicando libre y voluntariamente las virtudes solidarias, sin la "ayuda" de ese Estado que, en su arrogancia, pretende que sin su permanente intervención seremos bestias feroces que nos autodestruiremos. Consiste en dejar que sean los policías, los verdaderos "violentos", los que tiran las piedras. De esta manera, previsiblemente y con el pasar del tiempo (mucho tiempo) conseguiremos que el Estado se achique, por los esfuerzos de una nueva generación de personas honestas, capaces y comprometidas con el logro y el éxito individual, se vuelva algo más humilde y menos prepotente, y nos deje espacio para vivir dignamente como individuos y como parte de una sociedad cuyas reglas hayan sido creadas por consenso y no impuestas desde "arriba".

Estoy cansado. Queda por mencionar, obligatoriamente, ese "Mercado" que constituye el mayor "cuco" en el artículo de Sader. Me permito una cita directa:

En su lugar se promovía la centralidad del mercado y de las empresas, identificados como eficientes, dinámicos, baratos. Cuanto menos Estado, mejor (para ellos). Estado mínimo significa mercado máximo. Menos regulación, menos derechos, menos protección, menos políticas de inclusión social.

Exacto. Aunque la cuestión de si, por ejemplo, la educación o el transporte o la salud se proveen de forma más eficiente y barata a través del Estado o a través de empresas del sector privado es una cuestión puramente empírica, donde yo por lo menos estoy abierto a persuasión en uno u otro sentido, estadísticas en mano, queda la cuestión de cómo queremos enfocar temas como la protección del individuo (en diversos sentidos, pero pongamos, contra la estafa y la violencia), o qué haremos en contra de diversos tipos de discrimen social. Los Estados modernos más exitosos parecen tener cada uno su leyenda, esa historia sorprendente que "demuestra" que a pesar de todo, para algo bueno sirven. En el R.hU., ese "Estado" tan injustamente denostado nos defendió contra los nazis. En EEUU, abolió la esclavitud. En España, se puso firme contra Tejero y Milans del Bosch. Etcétera. No se me escapa que en cada caso, se trata de un Estado que nos soluciona un problema creado o incubado por un Estado (el mismo, o algún otro). Dejemos eso aparte. Pongamos que según cierta moralidad, el bienestar y la protección de "todos" es asunto y responsabilidad de "todos", y el Estado - ese Estado benévolo y no el que mejor conocemos - no es más que el ejecutor de esa sagrada voluntad de ese "todos", o sea, "del pueblo", por lo que, si te opones a ese Estado, estás expresando tu irresponsabilidad, tu desprecio y tu indiferencia al bienestar o al malestar ajenos: prácticamente te estás desvinculando de la raza humana. Lo cual me parece a mí pura demagogia, pero me siento caritativo, por ello lo de "cierta moralidad". Debe ser evidente que no la comparto, no porque me es indiferente el sufrimiento ajeno, sino por todo lo contrario: porque a mí personalmente, el Estado me ha infligido daños y sufrimientos innumerables, porque he visto lo mismo en la vida de otras personas, y por tanto, tengo tendencia a equiparar la intervención del Estado con el dolor, no con la cesación del mismo.

Tomemos por ejemplo el tema de la "inclusión social": no sé bien bien qué entiende Sader por el término, pero puedo decir que de las diversas formas que he visto de "exclusión social" desde que estoy aquí, ninguna ha sido atacada por el Estado o por el gobierno de Correa o sus instancias representativas, y muchas de ellas son creación de ese Estado, por ejemplo, la negativa a permitir el llamado matrimonio igualitario, que es una decisión que le corresponde exclusivamente al Estado y a sus instancias gubernamentales, sin excusas posibles. En otro lugar dije que las iglesias como la Católica tienen tendencia a apropiarse de un descubrimiento o avance moral con tan sólo un siglo o dos de retraso respecto al pueblo llano, por lo que previsiblemente tendremos obispas mujeres antes de terminar el siglo XXI o por lo menos en el XXII; de los gobiernos se puede decir lo mismo, sólo que esos dos siglos se reducen a cuatro años, el tiempo que se tarda en descubrir que tal o cual "exclusión" importa tanto a la gente que es traducible en votos: no es menos verdad que todo lo que hace el Estado al respecto viene tarde, es insuficiente y viene envenenado por cálculos electorales. Por lo que, bien sea verdad que los "derechos" en última instancia sólo los puede garantizar el Estado; esos mismos "derechos" nacen primero en la imaginación de los individuos libres, y para hacer que el Estado los reconozca, siquiera, a veces hay que cortar cabezas.

Con lo cual, de nuevo, no estoy diciendo que el Estado no tenga ningún papel: mi problema es con esa gente autoritaria, arrogante y prepotente que cree que el Estado debe conducir al Pueblo por el sendero de la justicia, y no al revés, bottom up. Si el Estado realmente respondiera a las inquietudes de la gente en cuestión de derechos, de protección, de no discriminación, etcétera, me merecería una puntuación más favorable: pero por lo general, no lo hace, o lo hace mal. Son cosas que uno tiene que haber vivido. Si se quiere, recuerden las manifestaciones multitudinarias alrededor del mundo, y sobre todo en España (donde yo vivía entonces) contra la invasión de Irak: ni así se pudo llevar a la cordura a esos corruptos gobernantes, a ese Estado demoníaco que hacía llover las bombas sobre Baghdad.

¿Eso significa que creo que el Mercado es la solución a todo? Sader dice:

Algunos de los que han hecho la crítica de una llamada ‘estadolatría’ de la izquierda en el período histórico anterior, han buscado refugio en la ‘sociedad civil’, que mal pudo enmascarar al mercado, en la versión dominante del  neoliberalismo. Las ONG y algunos intelectuales se han mezclado con el neoliberalismo, por el rechazo común al mercado. Sin considerar el punto de vista sobre el poder del Estado, esas fuerzas han desaparecido de la escena política.

Francamente, no entiendo eso. Yo sí creo en la "sociedad civil": no la equiparo con "el Mercado", pero tampoco "rechazo" este último, lo cual sería absurdo. El mercado es el conjunto de las transacciones de intercambio de bienes y servicios emprendidas en libertad. Si tengo algo que vender o si hay algo que quiero comprar, recurro al Mercado, porque me considero libre para hacerlo. Si el Estado me dice que no soy libre para hacerlo, y que si intento comprar o vender lo que sea terminaré en la cárcel, pues no lo haré. Pero esa interferencia no veo en qué puede beneficiarme o beneficiar a la sociedad, salvo posibles casos muy restringidos y particulares que tendrían que sujetarse a debate. Por lo general, aunque con imperfecciones y aunque no consigo ver ninguna Mano Invisible, el Mercado funciona más o menos, trae satisfacción, alimenta a la gente, nos permite escribir interminables artículos que nadie leerá, etcétera. Es como el motor de combustión interna: tal vez no sea la octava maravilla, a veces nos da frustraciones, pero nos sirve. Abrir el capote y caprichosamente arrancar la batería y reemplazarla por un oso de peluche, permíteme creer que no le va a servir a nadie de mucho: y a eso, más o menos, se reduce todo intento de "mejorar el Mercado" desde el Estado de que yo tengo constancia: si sabes más que yo al respecto, explícamelo en la caja de comentarios.

Porque la esfera del neoliberalismo no es una esfera privada, sino la esfera mercantil, donde todo se vende, todo se compra, todo es mercancía.

Otro indicio más de que el neoliberalismo ése es cuco, es cuento: si Sader puede citar a un solo autor que exprese, sin ironías, la idea de que "todo es mercancía", que lo haga, pero ya sabemos que no puede. Nadie cree eso ni lo ha creído nunca. Lo más parecido a tal barbaridad es esa actitud estatista que predica que cualquier cosa, cualquier atropello, se puede justificar si viene avalada por una mayoría electoral: creencia expuesta implícitamente por Correa y alguno de sus secuaces en hartas ocasiones. El estatismo sí que nos convierte a todos en peones, en "mercancía" electoral, puesto que nada de lo que nos importa como individuales es sagrado, todo se vuelve sujeto al vaivén populista, a una posible expropiación por motivos de cálculo electoral (o por otros motivos más sombríos) y así, para participar en la carrera de ratas no nos queda más que actuar como ratas y pensar como ellas, recordando lo dicho en esa película, Men in Black: "los individuos suelen ser bastante listos, puedes hablar con ellos: los grupos ya no, son imbéciles".

Lo cual (actuar como rata) debería de resultarme fácil, en mi vocación de vampiro. Si me cuesta como aparentemente es el caso, ten por seguro que pronto llega el día en que, extenuado, dejo que me atraviesen el corazón con la estaca. Mientras tanto, no se desprendan del ajo.