martes, 26 de abril de 2016

For my funeral (might not be long now, better start putting in requests)

Y'all know why.


Dos locos

La Carol ha estado tomando algún curso de comunicación: se nota. Alguno de sus últimos artículos hasta se entiende y todo. Bueno, más o menos. En el último, me quedé un poco perplejo por este final del primer párrafo:

 La consigna es la solidaridad, pero su eje filosófico es la caridad. Una y otra no nacen de una especie de instinto social para preservar el presente y, en apariencia, para proteger el futuro.

Perplejo, porque si voy a decir de dónde no nacen dos valores humanos, me sentiría obligado de cumplirle al lector diciéndole, a continuación y dentro del mismo apartado, de dónde sí nacen. No sé si este sentimiento de obligación al lector no lo comparte la Carol, o si se le coló el "no" por error. Lo curioso es que la frase se siente igual de irrelevante o de extraterrestre tanto en su versión negativa como en la positiva. Creo que esta sensación se da en parte porque la Carol abusa un poquito de ese recurso estilístico que los entendidos llaman hedging, o sea, cuando siente que va directamente encaminada hacia una afirmación o una negación rotunda, su instinto de diletante académica le aconseja que le dé media vuelta al volante y deje la cosa en un "en apariencia" (vide supra) o en un verbo condicional ("no habría duda"). Lo que queda: las afirmaciones más directas vierte sobre abstracciones opacas, desprovistas hasta de imaginería persuasiva, lo cual presta a esos artículos un aire como de roedor disecado expuesto al público dentro de una campana de vidrio medio cubierto de polvo.

Por supuesto que puedo estar equivocado, y que los artículos de la Carol en realidad sean un modelo de claridad y fuerza argumentativa. En tal caso, mi incapacidad para apreciarlo no nacería de una especie de instinto que tengo para criticar a todos aquellos articulistas que escriben, en apariencia, para El Telégrafo.

En fin. Una de las cosas que sí dice la Carol en este artículo, y que hasta se entiende y todo, es que el Estado es un cuco, o más precisamente, que lo encarna, o más precisamente todavía, que lo encarna para "neoliberales y ultras de izquierda". Y esto me llama la atención por dos razones: primero, porque yo pensé (tal vez equivocadamente) que "el cuco" era aquel ser oscuro, amenazante, terrorífico pero al mismo tiempo inexistente, que hace que los niños tiemblen cuando tienen que subir a dormir, o sea, que parte de la definición de un cuco era que no existía (y el Estado sí existe: creo que hay consenso sobre eso, pero si quieres pruebas, pídemelas). Segundo, porque ese "neoliberal" a quien el Estado le pone a temblar de miedo, para mí sí es un cuco, es decir, es un ser tan malvado como inexistente. Lo he dicho en muchos sitios, por última vez hace poco, y lo seguiré diciendo hasta que algún alma caritativa me calle aportando un solo ejemplo de un ser humano real e histórico que haya dicho, bien que "el capital es más importante que el ser humano" (en la formulación habitual correísta), bien que "la competición es lo que define las relaciones humanas" (en la preferida por Georgie Porgie). No conozco a nadie que sea más neoliberal que yo (aquí "neoliberal" en el sentido de "feo, asqueroso, desdentado, mal vestido, hediondo a tabaco, malvado, y receloso del Estado") pero ni yo mismo creo que el capital es más importante que el ser humano, tampoco creo que lo único que cuenta en las relaciones humanas es la competición, y si alguien tan repugnante como este servidor no cree esas barbaridades, sospecho que nadie las cree ni las ha creído nunca. Pero esto es, quizás, tema aparte, y como en todo, puedo estar equivocado.

Digámoslo de paso: creo que lo que hay aquí es un malentendido. Si ves a una persona que actúa como si creyera en algo tan horrible como que el dinero es más importante que el ser humano, la próxima vez, no intentes leer su pensamiento: en lugar de ello, pregúntaselo directamente. Puede sorprenderte su respuesta. Puede que en realidad quiere lo mismo que tú, sólo que intenta conseguir el mismo resultado por otros medios. O incluso, un resultado más noble. Quién sabe.

Volvamos al Estado. La Carol, armándose de paciencia y con cara de estar hablando con un retrasado mental, me dice: no estoy diciendo que el Estado no exista: simplemente que no encarna el mal como alguno de ustedes da a entender. Bueno, voy a partir de esta interpretación.

En primer lugar, mi respuesta habitual: fuera de terremotos, plagas y otros azotes de la naturaleza, dime algún ejemplo de una atrocidad a gran escala que haya sido perpetrada por algún ente que no sea un estado nacional. ¿Estamos en la misma página? El Holocausto (sí, aquel): el Estado alemán. El Terror en Chile: el Estado pinochetista. El colonialismo británico: el Estado anglosajón. La esclavitud en EEUU: los Estados de la Confederación. La hambruna rusa de los años 20: el Estado soviético. Creo que no es necesario seguir. Hasta el Estado ecuatoriano, tan oso peluche, tiene en su haber varios masacres, y una suerte de coqueteo con el pinochetismo light bajo el mandato de León Febres Cordero, según cuentan. Si has nacido con ganas de torturar a otros seres humanos, como el Abbes García de la Fiesta del Chivo, rápidamente entenderás que no hay mejor lugar para ti que dentro de las mazmorras de la maquinaria de un Estado nacional: no cualquier estado, tal vez, pero en grados y métodos, hay para todos los gustos, y afuera de esos mismos estados, para muy pocos.

Y ello es así por una simple razón, tan simple que hasta yo la creo entender: el Estado, prácticamente por definición, ostenta el monopolio de la fuerza.

Ahora, imagina que has viajado algunos siglos atrás en el tiempo, hasta aquella época oscura en que los locos, en vez de recibir pingües nombramientos en ministerios, se encerraban en horribles manicomios. Eres un personaje caritativo y sensible a más de burgués: has entrado a ver a los infelices prisioneros, a velar por sus posibles necesidades.

En una celda encuentras a un loco que dice, a quienquiera le preste el oído, que el Estado es el mismo Demonio. Que cuando él sea presidente, lo primero que hará es cerrar de un plumazo todos los ministerios, hasta el de Obras Públicas. Disolverá las Fuerzas Armadas y la Policía. Cerrará los municipios. Despedirá a los jueces. Subastará todos los bienes del Estado y regalará el dinero al primer mendigo que vea en la calle. A continuación, cuando el Estado ya sólo sea él, se abolirá a sí mismo. Es decir, saldrá del palacio presidencial con la mochila en la espalda y veinte dólares en el bolsillo para dar una vuelta al mundo, y dejará el letrero en la puerta: "Museo Público. Entrada gratis". Y tú. alma caritativa, sacudes la cabeza tristemente mientras te dice todo esto. "¿Hay algo que se pueda hacer por él?" le preguntas en susurro al director del manicomio que te acompaña. "Nada: el señor Bakunin es incorregible," te contesta.

Sigues caminando. En otra celda, al final del pasillo, está el otro, el que cree que el Estado lo es todo. Este hombre te explica que todos los problemas del mundo vienen porque el Estado no tiene suficiente poder sobre las personas. Que cuando él sea presidente, lo primero que hará es instalar una cámara en todas las habitaciones de todas las casas del país, y emplear a un ejército de operarios encargados de vigilar los movimientos de las personas y reportar cuando se detectan comportamientos antipatrióticos, que serán debidamente castigados. Que establecerá comités de censura suficientes para que nada sea publicado en lo largo y ancho del país, hasta en las redes sociales, que no haya sido previamente filtrado y corregido. Que todas las empresas serán nacionalizadas, y sus gerentes, empleados del estado nombrados por el Congreso. Que cada aspecto de la vida del ciudadano, desde su dieta (racionamiento con tarjetas) hasta su entretenimiento (exclusivamente a través de medios oficiales) hasta su elección de pareja (requisito sine qua non, el beneplácito del Comité Revolucionario del barrio) hasta el número de hijos que tiene, hasta su movilidad física, todo todito, será sujeto a un minucioso reglamento y a un no menos minucioso escrutinio. Y de nuevo, sacudes la cabeza en son de gran congoja y pesar. "¿Hay algo que se pueda hacer por este infeliz?" "Nada, este señor Hegel no hay quien lo mueva de su idea fija."

De acuerdo, tanto el uno como el otro son locos de remate. Es lo que supongo quiso decir la Carol, con aquello de "estratagema resbaladiza y reduccionista de la complejidad social presente aquí o en cualquier lugar". Los dos locos, el del Estado-Demonio y el del Estado-Salvador, cada uno a su manera, son reduccionistas, y Dios nos libre de ser como ellos. Es lo que también quise decir yo, en mi última entrada, con aquello de (y esta vez puedo citar de memoria: ser brutalmente simplista tiene esta ventaja): "Los terremotos son malos". Entiéndase, y cambiemos de metáfora: aunque el Estado sea un horrible parásito que se ha instalado en tu cuerpo y tiene sus tentáculos dispuestos alrededor de tu corazón, por eso mismo arrancarlo de golpe no es tal vez tan buena idea, si tu idea es sobrevivir después. Pero anticipo.

Lo que me gustaría que me contestará la Carol, o cualquier partidario del mismo género de estatismo que ella vende, es simplemente esto. Entre los dos locos, el anarquista-humanista o el fascista-totalitario ¿cuál escogerías para cuidar a tu gato? ¿A tu bebé? O tal vez esto: entre los dos locos reduccionistas, ¿cuál cree usted que tendría más posibilidades en el mundo de hoy para colocarse en un ministerio, o para escribir artículos en El Telégrafo? ¿Cuál de los dos, en otras palabras, representa una mayor amenaza? ¿Cuál, el partidario de abolir al ejército y la policía, o el amante de las cámaras, de la tortura y de las familias planificadas, ha conseguido mayores logros en los últimos 150 años a nivel global? ¿En cuál dirección parece que vamos caminando? ¿Contra cuál de los dos tenemos el deber humano de apuntar nuestra pobre artillería verbal? ¿Quo vadis?

Yo, por mi parte, sigo diciendo lo mismo. Si el parásito se muere, algún día, que sea por inanición y no por violencia. Por ello, para que no tenga de qué comer, es preciso dejar atrás el ser tribal y cultivar al ser humano que llevamos dentro. Que este ser humano se distinga por preocuparse de las víctimas de los desastres naturales es una teoría como otra cualquiera, pero no es mal punto de partida, en mi opinión.

viernes, 22 de abril de 2016

De terremotos un poco

Por si vienes aquí desde fuera del país (cosacos incluidos): bien, gracias. Este "gracias" no lo hago extensible a todos los que han querido ayudar con donaciones o lo que fuera, como sí hacen algunos, "en nombre de". No escribo en nombre de nadie, y no corresponde agradecer vicariamente. Los afectados, que no soy yo, les agradecerán o no, o quedará en la voluntad, cada uno según sus posibilidades.

No puede decir nada "en nombre de", porque no represento a nadie más que a mí, acaso a mi familia si se quiere, y porque más allá de eso no soy parte de una sociedad. De esto quería hablar.

Pero empecemos precisando que, cuando se dio el sismo, estábamos en el carro camino al cine. El carro empezó a portarse exactamente como si una (por lo menos) de las ruedas estuviera a punto de desprenderse del vehículo. Esa sensación. Al detener la marcha del vehículo, nos dimos cuenta que se movía era la carretera. (No se asusten, a veces la gramática ecuatoriana se me pega. Inserten un "lo que" tácito y andando.) Seguimos al cine, y vimos cómo del gran edificio del centro comercial salía gente, algunas llorando, otros con cara de querer contárselo a los compañeros o a la vecina. En el súper algunos productos habían caído de las estanterías. No se reportó nada más. Volvimos a casa y pasamos tres horas en la oscuridad antes de que se volviera a conectar la luz. Como siempre cuando se va la luz, añoraba la guitarra perdida.

Amanecimos a una ciudad (Guayaquil) con un par de puentes derrumbados, algunos edificios dañados, dos muertos, algún corte de luz, y una sensación general (no universal: dos muertos son dos familias) de alivio por no haber estado más cerca del epicentro.

Pasan los días y se acumula el conteo de muertos y heridos y las anécdotas. Se habla de ciudades destruidas, como una especie de franja de Gaza a lo criollo. Se habla, de forma impactante, de espacios urbanos donde quien manda es el hedor (sea de aguas servidas, de comida estropeada o de cadáveres) y el aire se vuelve espeso de mosquitos, y para escuchar las débiles quejas de los enterrados por encima del ronroneo de generadores improvisados, un perro.

También los rumores, algunos absurdos o simplemente pintorescos. Aquella "grabación" que habla de una placa de tierra que cayó "veinte kilómetros" y otra que quedó "en el aire" sospecho que haya sido creación de la SECOM, para justificar el meme de que sólo a "medios oficiales" hay que prestar atención. A los robos de credulidad se suman los robos materiales, de parte de aprovechados que ven en la desgracia la ocasión de llenarse los bolsillos: saqueos (a los pocos minutos de darse el sismo, no hablo de le economía de guerra emprendida después, lógicamente, por los supervivientes), dos camiones llenos de donaciones que fueron secuestrados, y ahora el oportunismo de un Correa que ve en el desastre una ocasión perfecta para taparse los huecos del presupuesto metiendo la mano en el bolsillo del ciudadano con ocasión de.

De todo hay en la viña del Excétera.

Como apunta Gabriela, quien se hace inevitablemente cargo de estas situaciones es la sociedad civil. Llega, da órdenes con voz perentorio, establece prioridades, distribuye. A los minutos, a las horas, a los días en algunos casos, llega el político, preocupado no por el dolor ajeno, que apenas percibe, sino por ese protagonismo que siente que le han sustraído a la fuerza. ¿Cómo se atreven a dar órdenes, si es él que las da? ¿Cómo se atreven a hablar del heroísmo del rescatista, si el único héroe siempre ha sido él? ¿Cómo se atreven a dar "información" que no tenga el sello oficial?* Y peor: parece que las desgracias activan una especie de sentimiento tribal, atávico, de solidaridad y de mutuo auxilio. El político populista, que ha pasado años intentando "unir" a la "sociedad", o por lo menos a la "gran mayoría", pero en torno a su figura, no puede sino recelar de un fenómeno que amenaza con trascender los compartimentos estanco amigo-enemigo, con arrasar los diques maniqueos tantos años en cuidadosa construcción. "Está muy bien que se solidaricen, amigos, mientras recuerdan que el más solidario de todos siempre seré yo. Por eso, todos esos fondos que ustedes ya destinaban a la ayuda del damnificado, quiero que hagan el gesto de depositarlos primero en mi bolsillo, como muestra de fe..."

Ojo, no he dicho (algunos sí dicen) que esa ola de sentimentalismo es algo rescatable frente a la tragedia. Es una simple y necesaria reacción, atávica como digo, que cumple la útil función de activar el auxilio mutuo cuando éste se ve necesario. Pero no es algo perdurable, ni siquiera demasiado profundo. No es un "espíritu" que marca "un pueblo". No es un fundamento sólido sobre el cual levantar el nuevo edificio de una sociedad civil sana y robusta después de tantos años de vivir aplastados por la bota del colectivismo centralista y autoritario.

Tarde o temprano, esa sociedad tendrá que construirse. De lo contrario, esos remedos de sociedad que tenemos y de los que me encuentro excluido, perecerán, y no será nada agradable.

Por eso quería hablar de terremotos un poco.

Si algo hemos aprendido, creo, es que los terremotos son malos. No importa quién los causa ni con qué idealistas fines. El sueño de echarlo todo abajo, de arrasar con todo para luego construir, en Ground Zero, el soñado nuevo Jerusalén, es lo que mejor distingue al idealista adolescente, el futuro caudillo de gafas oscuras, el torturador reflexivo. Echar abajo una casa - por vieja, por insalubre, por caduca, por afecta de pulmones, porque estorba - es una acción rutinaria y justificable siempre que se consiga el consenso del ocupante. Echar abajo una ciudad nunca es justificable, porque las ciudades no pueden dar su aprobación, salvo "colectivamente", y eso no cuenta, porque el colectivo no puede medir las consecuencias de lo que alegremente e irresponsablemente decide. Y por si alguna duda hubiera: ni el Nuevo Jerusalén liberal (o neoliberal si prefieres) se debe ni se puede construir así, arrasando con todo, destruyendo, echándolo todo abajo. Siempre hay que empezar con lo que tenemos, no con lo que soñamos.
´
Tú ya sabes lo que tienes que hacer. Siempre supiste.


* Sobre la información: ésta siempre tendrá el mismo valor, exactamente, que la responsabilidad exigible a quien la proporciona. En este sentido, las redes sociales no son información, son ruido. Esto también es ruido. Siempre hay mucho ruido en estos casos. Aprendan a distinguir.

sábado, 16 de abril de 2016

How doth the Neoliberal

How doth the Neoliberal
Improve his spectral Bonce
While entertaining ghoulish Guests
With hollow vol-au-vents!

How stealthily he smeareth Poo
On Georgie Porgie's Pud,
While craftily neglecting to
Exist in Flesh and Blood!

martes, 12 de abril de 2016

Réquiem por una presunción de inocencia

Si algo me falta para ser inglés inglés, es el empirismo. Y sí, la falta de esta importante cualidad es un defecto, lo reconozco. ¿A qué me refiero exactamente? Pues a ese abismo filosófico que siempre separó a las Islas Británicas del Continente, y que se manifiesta en que si un francés o un alemán encuentra en sus elucubraciones cierta simetría, cierto orden, tanto para sugerirle la posibilidad de extraer de ellas "un sistema", va y lo publica. El inglés, en cambio, si encuentra un sistema en sus pensamientos va al médico. Para él es artículo de fe incuestionable, fruto de la amarga experiencia, que el universo es chueco. Que las cosas casi encajan, pero sólo casi. Que en todo hay excepciones y margen de error. Que nada sirve. Sobre todo, que nada es tan sencillo como parece. Y que los sistemas son aburridos, pero las excepciones, interesantes, y que la mayoría en casi todo (no en todo, pues no hay ese "todo") está equivocada.

La Ley de Sturgeon está hecho para los ingleses.

Me objetarán: Darwin fue inglés, y descubrió un sistema, que a la vez dio la estocada de muerte al teísmo y explicó de dónde viene la diversidad de las especies. Bien. Todo esto lo hizo de joven, pero de viejo ya estaba intentando redimirse de tales indecorosos entusiasmos, dedicando su tiempo al estudio minucioso de las lombrices y los gusanos, que al final fueron sus más fieles amigos, pues le acompañaron hasta a la tumba.

De muy joven, en mi primera visita a España, escuché decir: los españoles son devotos de Venus, por eso encierran a sus mujeres; los ingleses son devotos de Baco, por eso cierran los bares a las diez y media. Son de esas cosas que tan sólo se le ocurriera decir a un continental: esos apotegmas que superficialmente parecen ingeniosos y certeros, hasta que los sometas a ciertas pruebas lógicas y te das cuenta de que son simples burradas.

Pues bien: por deformación vivencial, por simplismo mental, por mediocridad, por lo que sea, soy de esas personas que siempre buscan generalizar, que siempre buscan patrones, que siempre buscan sistemas. Soy de los que generalizan sobre "los ingleses" (cosa que ningún inglés haría) hasta que me doy cuenta que soy la excepción que manda toda la regla a la basura. En fin.

Sí, usted acaba de leer un preámbulo auto destructor, como en Mission: Impossible. ¿No vio el humo?

Todo esto en realidad para decir, simplemente, discúlpenme si lo que voy a decir es una generalización temeraria, que sí lo es. Soy un ser hecho de generalizaciones y de prejuicios. No doy más de mí. O si quieres que dé más de mí, mándame una botella de algo fuerte.

Lo que iba a decir: tengo la sensación de que la presunción de inocencia está agonizando en Occidente, y que (aquí viene la maldita búsqueda de patrones) lo mismo se ve en el revuelo en torno a los Panama Papers, como en ese otro revuelo en torno al caso Ghomeshi.

Exhibit A. Titular: Se activa petición en Internet para que publiquen todos los 'Papeles de Panamá' .Lo más hilarante y a la vez ferozmente deprimente del artículo: esos enfermos de odio y de envidia que propulsan dicha "petición" se hacen llamar Juventud por la Ética. Sí, como lo oyes. A ninguno se le ocurre, al parecer, que la ética más elemental se posiciona en contra del robo y de la difusión de información privada. Pero uno ya sabe cómo contestarán ante este tipo de objeción: la privacidad importa un bledo cuando hay delitos o indicios de, o cuando hay inmoralidad, o cuando hay sospecha de "neoliberalismo". Textual:

"Es por eso, que los ciudadanos exigimos a los medios de comunicación que participaron de la investigación financiada por el Center for Public Integrity; que recibe dineros de la Fundación Ford, Carnegie Endowment, Open Society (de George Soros), la Fundación Rockefeller, así como por la USAID; que respeten nuestro derecho a la verdad y la información completa y publiquen al mundo todos los papeles de Panamá"

(emphasis mine). Diez mío, en qué mundo enfermo vivimos. Entérense de una vez, imbéciles: el "derecho a la verdad" no existe. La verdad cada uno tiene responsabilidad de buscarla de la manera que crea más oportuna. Nadie tiene la obligación de regalártela, so burro, con etiqueta de ingredientes y dosis recomendada y advertencia de interacciones, y menos cuando esa "verdad" en realidad esté escrita en documentos robados. Y del mismo modo que tenemos responsabilidad de buscar cada uno nuestra verdad, tenemos la responsabilidad, la más sagrada que jamás haya existido o que pueda concebirse, de no orinar encima de las papas fritas ajenas. Entérense de una vez, hágannos ese favor.

En resumen: el problema, muy probablemente, es que esa gente cree que tener más dinero que ellos, el suficiente como para querer guardarlo en lugar seguro, es inmoral, o que buscar cómo pagar legalmente menos impuestos es inmoral. Y tal vez lo sea, porque la moralidad es subjetiva a fin de cuentas. Cualquiera, en cinco minutos, es capaz de idearse una moralidad que justifica todo su propio proceder, pasado, presente y futuro, y condena a todas aquellas personas que uno, por las razones que sea, quisiera ver en la cárcel. Hace siglos se dieron cuenta de eso, y por eso, para salvar a la convivencia social. inventaron el concepto de legalidad. Que uno podría ser todo lo inmoral que quisiera (de acuerdo con la visión puritana ajena), con tal de apegarse a las leyes. Por lo que, insisto, tiene cierta relevancia la observación de que figurar en la lista de Mossack Fonseca no constituye delito, no siquiera indicio de tal. Es legalmente irrelevante. Por tanto, todo este revuelo se basa en la presunción de delito donde no ha sido probado delito alguno, ni siquiera existen sospechas fundadas. O sea, en ganas de fregar.

Y es que a veces uno se levanta, abre el diario y se choca ante el triste espectáculo de una sociedad mediática mundial holier than thou, hinchada de un moralismo pagado de sí, hambrienta de motivos para indignarse, y siempre dispuesta a condenar antes de escuchar.

Exhibit B: Caso Jian Ghomeshi. Se me acaba el tiempo, así que muy brevemente: un popular radiodifusor canadiense es acusado de haber violado y/o abusado sexualmente de varias mujeres. Se entabla un juicio. En el juicio, bajo interrogatorio, se demuestra que todas esas mujeres mienten. Incluso se escucha a una de ellas decir: bueno, todo esto lo hemos urdido simplemente por al placer de verle humillado al tipejo ése. Y entonces, una persona de mente sana piensa: menos mal que existe la presunción de inocencia, menos mal que existe el debido proceso, menos mal que existe el derecho al interrogatorio, para que personas inocentes no vayan a la cárcel. La sorpresa: tras el fallo del juicio, los diarios (en Canadá, en el R.hU., en no sé qué más países) se llenan de artículos de gente que basándose en ese mismo juicio insisten en que la presunción de inocencia no debe proceder para casos de violación o abuso sexual, que se debe creer al acusante y no someterle a ningún interrogatorio, porque si no se procede así, corremos el riesgo de que los mentirosos se revelen, y así, perderemos la posibilidad de encarcelar a gente que, si bien son legalmente inocentes, apestan.

A eso hemos llegado, y creo que lo peor está por venir.

Cuídense.


martes, 5 de abril de 2016

Jewish Aunts

A veces me pregunto por qué será que para todas las cosas más importantes en la vida, no existe palabra para nombrarlas, o si existe, tenemos que ir a buscarla en lenguas y culturas remotas. O acaso puede ser, como en el caso del "amor", que la palabra es cotidiana, pero se le ha encumbrado de tantos significados diversos que resulta imposible usarlo y ser entendido con claridad: "¿me amas o no me amas?" es casi siempre una pregunta tonta sin contestación posible, salvo que uno esté dispuesto a ahondar largamente en unas necesarias precisiones semánticas,  o que acepte las reglas de un juego que premia, por encima de todo, la complaciente insinceridad. Desde luego, toda palabra que haya sido tocada por el dedo esquelético de la demagogia política queda pronto marchita de significado, de modo que "liberal", por ejemplo, significa lo contrario en EEUU que en el resto del mundo, y entre dos cabezas sean del país que sean probablemente ocupará distintos vericuetos léxicos, lo mismo que "democrático", que para las almas más románticas puede describir hasta un régimen como el cubano o el norcoreano. Esas palabras antaño recónditas y con significado preciso, p.ej. "avatar" (la forma humana que encarna a un dios) al cobrar popularidad, película mediante, inician ese rápido declive que termina en significar casi cualquier cosa (ya no es necesariamente humana la forma que toma ese ser que con casi total seguridad no es un dios). Bueno, supongo que para eso tenemos a los poetas, portadores de la sagrada y delicada misión de fotografiar a la palabra justo en ese instante en su triste ciclo de vida en que significa algo, en que resplandece, en que bate de alas mientras se estremece la flor.

Y si conseguiste esta hazaña, la de sorprender a la palabra todavía viva y con libertad de asociación, te habrás topado con ese goce muy particular para el cual varias generaciones de académicos ingleses han sentido la ausencia, en su idioma, de un término adecuado. Evidentemente "enjoyment" no da la talla, puesto que suele denotar un tipo de goce completamente pasivo y sin compromiso, y "pleasure" suena a algo susceptible a reformas tributarias. Por eso, en los textos sobre todo de crítica literaria se ha asentado el uso del término francés jouissance, el mismo que da título a esta entrada mediante una inocente asimilación ortográfica común en los apuntes apresurados de estudiantes de letras con fuerte carga de conferencias magistrales. Nada de esto le resultará comprensible al hispanoparlante, puesto que "gozo" sirve perfectamente (y tal vez "goce": nunca tuve clara la diferencia, salvo que en un pozo es más probable que encuentras a uno que a otro). Pero si a pesar de todo, quieres saber la diferencia entre enjoyment (disfrute, pongamos) y Jewish Aunts, creo que bastará un rápido repaso a tus carcajadas de los últimos siete días (ah, y evita a Lacan como al demonio... pero eso ya lo hacías). Pongamos que algunas de esas carcajadas tuvieron lugar delante de la tele, mientras veías algún programa de comedia con banda sonora de risas pavlovianas (canned laughter) incorporada. Es triste reconocerlo, pero te reíste cuando tocó reírse: bien, te divertiste, se supone que no es pecado, pero fuiste consumidor de carcajadas nomás, y de eso se trata con el maldito enjoyment, uno no pasa nunca de ser consumidor pasivo, sea de helados, de chistes, de canciones tontas o de argumentos románticos.

En cambio, si te reíste del penoso espectáculo que dio el Presidente en la última sabatina, si te reíste del conejo asesino con que soñaste anoche, si te reíste al enterarte de que Boaty McBoatface casi fue un barco que zarpó el año pasado, por petición y voto democrático, si te reíste al percatarte, esta mañana, de que los zapatos de tu mujer se habían peleado entre sí, entonces ten por seguro que las Jewish Aunts están detrás de ti, acolitándote.

Están en las sombras que dividen la acera de enfrente entre visible e intuido. Están en las caras que no están viradas hacia ti y que no son de lástima. Están en esa lluvia de símbolos que de repente cae como langostas en la mueblería del jardín público y te refresca. Están en los baños, eterna fuerza y refugio, socorro en tiempos difíciles. Están en esos áticos que, según asegura Larkin, han sido vaciados de ti, o sólo esperan tu muerte para serlo.

Creo que me queda poco tiempo. Ahora parece que hacen carrera mis pulmones, mi circulación, la gangrena de mi rodilla, los restos de lo que antaño fuera un cerebro (mediocre, pero un cerebro), mis ojos presos de glaucoma como ante un pelotón de fusilamiento, todos mis órganos hacen carrera franca para ver quién se degenera con mayor rapidez. No creo que un ser en estas condiciones aguante mucho tiempo, es antinatural y antihigiénico. Y entonces, en estos instantes que quedan, es cuando uno ve de lejos a las Jewish Aunts, y corre para encontrarse con ellas, o intenta correr, y tal vez consigue estar tan sólo a unas cuadras de donde van caminando, de prisa y alejándose para siempre.

sábado, 26 de marzo de 2016

Moralidad científica y calidad de vida

El tal Paz-y-Miño no es que me caiga mal. Sus columnas suelen tener, frente a sus compañeros de sección, un contenido informativo relativamente alto. Admirable su desconstrucción, el otro día, del "engaño científico del momento", con toda la duda que arroja sobre la infalibilidad papal del SCOPUS. Su fuerte, la divulgación científica. Su debilidad... bueno, allá vamos. Pero no en son de fregar ni de criticar, sino porque el tema tiene relevancia trascendental, a mi modo de ver.

Puedo equivocarme, pero creo que ya llevamos algo así como 150 años maltratando el adjetivo "científico", hasta el punto que hoy día existen personas (yo, por ejemplo) que de acuerdo con la conocida formulación atribuida a Goering (erróneamente, por supuesto), "cuando escuchan la palabra científico, extienden la mano hacia sus Flores de Bach". No es para menos. En tan sólo siglo y medio, hemos tenido que aguantar la Ciencia Cristiana (no vayas al médico, la enfermedad no existe), el Socialismo Científico (no vayas a Moscú, la Unión Soviética no existe), los remedios herbales para el hígado graso Científicamente Probados (No vayas en el bus 17 Durán-Guayaquil, la inmunidad contra vendedores ambulantes no existe), la Eugenesia Científica (no vayas) y no sé cuántas Ciencias más, todas al parecer nacidas del mismo error epistemológico básico, el de creer que el método científico confiere certezas absolutas, y por tanto, que la etiqueta "científico" resulta codiciable para todo aquel cuyo negocio consista en vender certezas absolutas. Si yo fuera el Dr Paz-y-Miño, me plantearía seriamente si mi modesta influencia como autor y periodista no sería mejor empleada en hacerle entender a la gente que la expresión "científicamente probado" es el oxímoron perfecto, puesto que en sus tres siglos de historia la ciencia moderna nunca ha probado hipótesis alguna, en el sentido de convertirla en certeza intocable, sólo ha descartado hipótesis alternativas no válidas, y aislado a un puñado de explicaciones temporalmente satisfactorias para los fenómenos observables en la naturaleza, todas ellas eternamente sujetas a revisión.

Pero si hay algo peor que ponerle la etiqueta de "científico" a tu nueva formulación de aceite de serpiente (garantizado para curar disfunciones eréctiles), es ponerle la misma etiqueta a tus formulaciones, principios o prejuicios éticos y morales, por muy respetables que éstos sean. Y lo digo no tanto desde el punto de vista de un admirador de David Hume, sino desde un enfoque más práctico. Si el problema "is vs. ought" no nos resulta hoy tan acuciante como le resultó al filósofo, es porque reconocemos en la práctica que todo sistema moral o ético, entre ellos los que rigen la praxis gubernamental en los países pretendidamente democráticos, parte de unos supuestos elementales que, aunque posiblemente no descansen ni en observaciones empíricas ni en certezas metafísicas, gozan de un abrumador y valioso consenso entre los seres humanos. Convenimos, por ejemplo, en que hacer sufrir a seres humanos u otros seres vivos sin motivo es moralmente injustificable: para estar de acuerdo en esto, al parecer, no nos hace falta "ciencia" ni apoyo de peso pesado filosófico alguno. Ahora bien: frente a la duda corrosiva que arroja Hume sobre el estatus ontológico o epistemológico de nuestros postulados morales, hay dos actitudes enfrentadas que se pueden tomar. La una consiste en negar la posibilidad de cualquier duda o disensión honesta respecto a la validez de tus premisas éticas más básicas: tal cosa es buena, tal otra cosa es mala, el tema no admite discusión, si no estás de acuerdo conmigo lo único que haces es demostrar tu vileza moral. Si éste es tu postura, despídete de la filosofía y concéntrate en tu mejor arma, que resulta ser el mismo consenso, el se dice y el se cree. Y a falta de eso, en la "ciencia". Sí: los vendedores de la moralidad científica (Sam Harris entre ellos) resulta que lo único que hacen es vestir a sus prejuicios morales con el conocido mandil blanco, como en los anuncios de detergentes y dentífricos, para venderlos mejor a granel, utilizando un vocabulario científico para darle mayor credibilidad a un simple prejuicio sostenido sobre la base de una argumentación débil y simplista.

La otra actitud, y la que me parece más verdaderamente "científica", es aceptar la naturaleza contingente, subjetiva, débil y temporal de tus premisas morales, exponerlos al debate, y mostrar frente al tema una actitud de apertura y humildad (que no es lo mismo que relativismo posmoderno). Esta actitud me parece preferible en parte porque su opuesto, la de la gente moralista, suficiente y dogmática, ha demostrado llevar a terribles equivocaciones y terribles crímenes. ¿Quién duda de que Hitler o Stalin, al ser interrogado sobre el tema, hubieran insistido en que sus respectivas soluciones gozaban del beneplácito de la moralidad más "científica", por tanto inapelable, inventada o descubierta hasta el momento?

Ahora bien: no es que el Dr Paz-y-Miño pretenda, explícitamente, justificar con argumentos "científicos" el alza de impuestos sobre tabaco, bebidas azucaradas y licores. Por lo menos no utiliza ese término exacto en la manera descrita. Veamos lo que sí dice:

El consumo conjunto de azúcares, alcohol y tabaco, eleva hasta 300% el riesgo de enfermedad y muerte. Justamente por esta asociación, las políticas sanitarias mundiales han cambiado y desalientan su consumo. La OMS advierte de sus daños, los estudios científicos los confirman y las autoridades de salud deben tomar un camino para enfrentarlos.

Habrán notado el légerdemain de la última frase, el sigiloso cruce de umbral entre is y ought. Para rematar:

Estas tres sustancias controladas y haciendo campañas de salud adecuadas para desanimar su consumo, ahorrarían a los estados y a las personas cuantiosas sumas de dinero que podrían ser reorientadas a inversiones positivas como educación, salud, investigación, y para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos.

Es decir: tabaco, azúcar y alcohol hacen sufrir a la gente (enfermedad, muerte prematura) sin motivo, y ahí están las demostraciones científicas. Hemos establecido que existe consenso social abrumador en que eso es malo, por tanto, frente a tal consenso, no hace falta mayor reflexión respecto al aspecto ético de la cuestión. Por tanto, cualquier esfuerzo gubernamental que sirva para reducir el consumo de estas sustancias es bueno.

Esto es lo que yo llamo un argumento simplista. Y es precisamente porque algunos científicos parecen sufrir una atracción fatal hacia tales razonamientos simplistas, que yo siento tanta incomodidad cada vez que un científico se apunta a una discusión de fondo ético. Son como bulldozers. Tienen la delicadeza, la sutileza y el refinamiento de Godzilla. Comprensiblemente, son altamente codiciados por los editores de opinión en todo el mundo.

Veamos. Para exponer las debilidades de tal argumentación, tan sólo hace falta agregarle explícitamente las premisas tácitas, las que el autor sobreentiende o da por obvias. Así que:

1. Todo acción que perjudique la salud o acorte la vida a otra persona o al mismo agente es moralmente indefendible, con independencia del motivo por el cual fue emprendido, o de los posibles beneficios que se obtienen, o de la calidad de vida del sujeto en cuestión.
2. El uso del tabaco y del alcohol, y el abuso de la glucosa, perjudican la salud y acortan la vida a gran número de personas.
3. Por tanto, toda persona que abuse de estas sustancias se arriesga a cometer una acción moralmente indefendible.
4. La abstinencia o la reducción en el consumo de dichas sustancias no acarrea ningún efecto negativo apreciable, por lo menos en el campo ético, que es el único que nos concierne.
5. Las personas adultas no son capaces de tomar decisiones en libertad que afecten su propia salud, bienestar o rectitud moral. (Y los no adultos menos aun, por supuesto.)
6. El único ente capacitado para velar por la salud de los individuos, y por su pureza y corrección moral, es el gobierno, en este caso mediante sus "autoridades de salud".
7. El alza de precios es la mejor manera (por ser la más eficaz) que tiene el gobierno de incidir en los hábitos de consumo del ciudadano, puesto que tendrá como efecto inevitable una reducción en el consumo de dichos productos, con independencia de clase social o de la capacidad adquisitiva del ciudadano afectado.

Creo que con esto basta. El lector notará que el único aporte que la ciencia médica blandida por el Dr Paz-y-Miño hace o puede hacer sobre esta cuestión está contenido en el punto 2, que es el único que no admite discusión seria. Por el resto, sólo hace falta disentir sobre uno, uno solito, de estos 7 postulados, en algún detalle, y el argumento de Paz-y-Miño cae muerto, por lo menos en cuanto pueda servir para justificar el nuevo paquetazo. Los lugares donde yo disiento están señalados con letra cursiva. A continuación, mi argumentación, en breve:

1. Una acción emprendida en libertad y con conocimiento de posibles consecuencias y que no afecte ni perjudique más que al propio agente carece por completo, en mi opinión, de valor ético, por tanto, de relevancia política; tal opinión si no es de consenso total, es de consenso parcial, pues tiene enfrentado a ella tan sólo la doctrina religiosa de los más devotos. En esta categoría, la de acciones libres sin valor moral, entra el uso y el abuso de sustancias como el tabaco o el alcohol por parte de personas adultas que no tienen dependientes. Y aunque los tuviera, hay que sopesar razonablemente el posible efecto negativo que el deceso o la enfermedad del sujeto tendría sobre estos dependientes, contra el beneficio de tal hábito respecto a la calidad de vida del sujeto en lo que dura el hábito, y por ende, indirectamente, la de sus dependientes. El bebedor, por ejemplo, no es siempre ese alcohólico estereotipado que pierde el control y es violento y trae por la vía de la amargura a su familia. La gran mayoría de bebedores de alcohol ni son alcohólicos ni son violentos: son, en cambio, personas que irradian felicidad y optimismo y mejoran el mundo en que todos vivimos. No hay que olvidar que entre los grandes escritores, por ejemplo, difícilmente encontrarás a dos o tres de estatus canónico que fueron abstemios. (Entre poetas, ninguno.)

Habría que precisar que un fumador de tabaco, o un bebedor empedernido, evidentemente derivan de su hábito un beneficio que se expresa en términos de calidad de vida (llámalo felicidad si quieres); de no ser así, no se entendería por qué desarrollaron este hábito en primer lugar. Los mecanismos son bastante conocidos y poco controversiales: en el caso del alcohol, una depresión en el sistema nervioso central que puede (en el mejor de los casos) resultar en pérdida de inhibiciones y en cierto tipo de euforia, como el propio autor admite. Y si bien uno tiene por seguro que lo que el Dr Paz-y-.Miño entiende por calidad de vida es bien otra cosa, somos muchos los que acostumbramos medir nuestra calidad de vida en términos principalmente neuroquímicos, de producción de dopamina y serotonina, puesto que la consecución de otros tipos de calidad de vida nos es vedada por circunstancias personales insobornables, como pobreza, enfermedad crónica, bajo rango social, etcétera. Por ello, es hasta risible ver al Dr Paz-y-Miño insistir en que un reducción en el consumo de estas sustancias puede "mejorar la calidad de vida" de los ciudadanos. ¿De qué ciudadanos habla, o en cuáles estará pensando? (Respuesta abajo) Ustedes no sé, pero yo tengo serias dificultades con una noción de "calidad de vida" que descansa sobre la base de quitar a las personas todo aquello que les proporciona placer.

En cuanto al tabaco: acción bifásica, mímica de la acetilcolina, consiguiente mejora en la capacidad del sujeto para controlar el nivel de estimulación de ciertos centros cerebrales relacionados con nivel de sueño o de velo, sensación de plenitud, hambre, placidez, etcétera. Nada misterioso. Todos esos efectos son tantos beneficios que se tendría que medir contra los riesgos del hábito: y se supone que así hacen los fumadores, miden beneficios contra riesgos y toman una decisión que refleja sus propios valores y prioridades.

Se me interrumpe, insistente y colérico: "Esos malos hábitos siempre tienen consecuencias sociales. No tienes en cuenta el enorme coste de los cuidados de salud a los enfermos de enfisema, cáncer de pulmón, cirrosis del hígado."

Ya. Entonces, calcúlenme esto: (1) Cuánto contribuye el fumador o bebedor, a lo largo de su vida y antes de necesitar esos "cuidados", a través del Seguro Social y de impuestos directos, a esos futuros cuidados? (2) Y ¿Cuánto habrá contribuido a través de los ingentes impuestos sobre tabaco y alcohol que ya existen? (Recordemos que un paquete de cigarrillos sin impuestos valdría como 10 centavos.) ¿Todavía lo ves en deuda con el sistema? (3) ¿A cuántos viejos con el hígado y/o los pulmones destrozados se les ha preguntado si preferirían tomarse una pastilla de ésas que uno se duerme y no vuelve a despertar nunca más al dolor? ¡Cuánta crueldad la de un gobierno que prohíbe la eutanasia como solución humana al sufrimiento y luego le acusa al enfermo de irresponsabilidad por seguir viviendo y así, costando!

3. Sí, "se arriesga". Exactamente. Resulta un poco doloroso ver a un científico predicar contra el riesgo, pues de riesgos está conformado la historia de la ciencia. Cada vez que el fumador enciende un cigarrillo, recibe un estímulo seguro y se arriesga a una consecuencia horrible, mortal, agonizante en el medio o largo plazo. Algunos creen que tal riesgo vale la pena. Sobre todo los que no consideran que su vida valga tanto como para querer alargarla más de la cuenta. Vivir plenamente y morir joven sería su lema. En el mundo que nos rodea ¿quién les puede culpar?

4. Para cada 20 fumadores o bebedores que se ven obligados a reducir o a abandonar su hábito por falta de liquidez suficiente, preveo 2 nuevos delincuentes (que se lanzan a la actividad criminal, al robo por ejemplo, para financiar su hábito, exactamente como ocurre con las drogas ilícitas, a cuyos exorbitantes precios el gobierno quiere acercarnos, y recordemos que la nicotina es más adictiva e insistente que la heroina) y 8 nuevos fracasos domésticos, personas cuyo síndrome de abstinencia se traducirá en gritos, golpizas, histerismo, divorcios, abandonos familiares, etcétera. Puedo equivocarme. Y si pasamos de lo ético a lo personal, son, aunque no roben ni rompan jarras, 20 personas menos felices que antes. Y eso que el gobierno actual tiene hasta un Ministro para la Felicidad. Raro, muy raro.

5. Este apartado a Paz-y-Miño le sonará a chino, pero en el mundo todavía somos unos cuantos los que creemos que la persona adulta, por definición, es responsable de sus propios actos, y capaz de tomar decisiones morales en lo que le concierne. Si lo es, evidentemente, el gobierno en este tema no tiene nada que hacer (salvo eliminar esos exorbitantes impuestos punitivos que ya existen).

6. Lejos de ser el único, el gobierno es el peor ente concebible para tomar este tipo de decisión, o implementar este tipo de política, por una sencilla razón: el conflicto de intereses. Como sabemos, el gobierno está condenado a buscar siempre la mayor recaudación de impuestos posible teniendo en cuenta otras variables socioeconómicos que le pueden importar o afectar. Este cálculo nada tiene que ver ni con ninguna moralidad ni consideración ética, ni tampoco con ninguna preocupación por la felicidad y el bienestar de la población, salvo en la medida en que estas variables incidan previsiblemente en la intención de voto. De modo que si quieres emprender una cruzada moral, o de salud pública, el gobierno definitivamente no es tu hombre. Yo recomiendo las iglesias y las fundaciones.

7. La Prohibición en EEUU, albores del s.XX, digamos que no tuvo exactamente el efecto previsto: se prohíbe el alcohol, y la gente bebe más, sólo que lo hacen ilegalmente y sobre un fondo de disparos y caos social. El efecto previsible más inmediato del nuevo paquetazo, en cuanto afecte al licor, será con casi total seguridad la proliferación de destilerías clandestinas y productos de metanol. Más cegueras y más muertes: excelente. Pero cabe la pregunta: si tan inmoral y tan insalubre es la ingesta de alcohol, ¿por qué no una prohibición total? Para mí la respuesta es obvia: entre nuestra élite, nuestra clase gobernante, nuestros amos y señores, apenas habrá más que un puñado de abstemios. La alza de impuestos es la manera perfecta de hacer valer esas diferencias de clase social, ergo de poder adquisitivo, que separan al correísta hecho y derecho del humilde ciudadano pobre. Aquél, con sus cuentas bancarias rebosantes, apenas si nota cualquier alza de impuestos; éste, en cambio, es esclavo de ellos. Lo que se propone es, por tanto, hacer que el goce de ciertos lujos tradicionales de la vida, que para muchos son la misma definición del "Buen Vivir", sea atribución exclusiva de los ricos, es decir, de la clase gobernante. Ellos, felices en sus wine bars engullendo Chablis y hablando sobre "igualdad social". nosotros, probando si se puede tomar after shave como cóctel y todavía seguir respirando después. Tierno.

Claro que el Dr Paz-y.Miño va a decir algo así como "pues por eso, porque son cuestiones complejas, porque no vale el simplismo ése de vamos a prohibirlo todo, se trata de una modesta alza nomás: nada le impedirá al ciudadano seguir tomando, fumando y bebiendo Cola como antes, si tan importante le parece, sólo que un poquito poquitín más entrará en las arcas del gobierno para fines sociales, y unos cuantos entre los menos adictos mejorarán sus hábitos, eso es todo."

Inútil hablar de saltos cualitativos, de umbrales de pobreza, ni (a menos que haya leído a Trotsky) de la "dialéctica" que se suele establecer entre briznas de paja y espaldas de camello. Igual ese poquito más lo soportará el camello con el estoicismo que siempre esperamos de él. Igual no. En caso negativo, se recomienda tomar buena nota del entorno inhóspito que nos rodea, porque puede ser el último que alcanzamos a ver.