domingo, 21 de diciembre de 2014

Partial Toilet Rapture (1.0)


Algún día esto será un excelente videojuego. Sólo estoy empezando.


Anotaciones sobre Lamarckismo

En el anterior post señalé, sin más, que el autor de un artículo del Universo aparecía preso de cierto error intelectual o científico que habitualmente se denomina lamarckismo, o en sus manifestaciones más chabacanas y propagandísticas, lysenkoísmo. Ya que uno encuentra el mismo error en muchos textos digamos que seudocientíficos, tal vez vale la pena utilizar los propios términos del artículo citado para explicar en qué consiste el error.

Empecemos con los perros. Según Illingworth,

Muchas razas nuevas han sido “creadas” por el hombre con fines específicos y a través de cruces especiales; es curioso ver cómo en apenas un par de siglos, estas terminan codificando en su biología el comportamiento inducido.

Apenas cabe una definición más clara de lo que significa lamarckismo: "codificando en su biología el comportamiento inducido", como si hubiera una línea de comunicación privilegiada entre cerebro y testículos u ovarios, para que aquél comunicara a éstos los resultados de sus diversos aprendizajes, a fin de que la próxima generación naciera con estas lecciones ya medio aprendidas. La idea en sí es seductora: si yo aprendo ruso, mi hijo nacerá, tal vez no con un libro de Maxim Gorki en la mano, pero por lo menos silbando los primeros compases de la sinfonía no. 4 de Chaikovski. Desafortunadamente en la vida real las cosas no funcionan así, pese a que lo anterior posiblemente resume lo que muchas personas entienden por "evolución".

Una vez tuve una gata que, cuando yo lanzaba lejos su juguete favorito, un ratón de peluche, no solamente lo perseguía sino que lo traía a mis pies y lo depositaba allí, una y otra vez, con el evidente mensaje "vuelve a lanzarlo, este juego me divierte". Puesto que los gatos, por lo general, suelen traer cosas que no nos sirven de mucho (ratones muertos, gorriones medio vivos, objetos asquerosos de incierto origen, etcétera) no creo que el tal comportamiento haya sido resultado de ningún esfuerzo ni aleccionamiento humano. Más previsiblemente, de cierto carácter juguetón y cierta rudimentaria inteligencia ("hay que traerlo a los pies del humano cojudo, si no, el juego acaba"). Eso sí, si el tal comportamiento hubiera sido extremadamente valioso, yo podría haber intentado hacerlo prevalecer en otra generación de gatitos, buscando para mi Colette un gato igualmente juguetón y buscando buenos hogares para cada uno de sus críos. Es decir, habría premiado una mutación positiva facilitando la reproducción de los genes implicados. Eso es lo que evidentemente se hizo con los perros, y no se necesita más historia. Es así como funciona la evolución, en sus dos vertientes:

(1) Se producen mutaciones genéticas aleatorias. La naturaleza, "red in tooth and claw", premia las que confieren alguna ventaja, reproductiva o de supervivencia, y castiga las desventajosas con una muerte prematura, sin descendencia. (Selección natural)

(2) Se producen mutaciones genéticas aleatorias. Las personas, "green in boots and snot", premian las que le resultan útiles, facilitando su reproducción (con o sin cruces experimentales), y castigan las que no le sirven de nada, cocinándolos lentamente sobre una hoguera improvisada. (Selección artificial)

Y eso es todo. Con lo cual se deduce, entre otras cosas, que:

(1) Por mucho que los judíos, a través de generaciones, hubieran cultivado su inteligencia a la par de su "intermitente fe", esa intelectualidad cultivada no habría tenido efecto alguno sobre el legado genético. En otras palabras: las creencias religiosas, la "fe", son características adquiridas (aunque hoy día se debate que una predisposición general hacia los comportamientos religiosos podría ser una herencia genética). Y las características adquiridas en modo alguno pueden heredarse.

(2) Los que dicen que dentro de algunas generaciones los seres humanos tendremos menos dedos en el pie, simplemente porque alguno de esos dedos (el que dijo wee wee wee, en especial) no sirve para nada, no entienden gran cosa de la evolución. Para que desaparezca ese dedito, tendría que conferir una ventaja reproductiva el no tenerlo. Dudo mucho de que tal sea el caso.

(3) Eso que se encuentra en las novelas (se me ocurre Call of the Wild, de Jack London), la "memoria colectiva/racial/tribal/etc", la capacidad de "recordar" o de soñar con las experiencias de tus antepasados, los "recuerdos heredados", todo eso es sencillamente bollox. Pero muy socorrido para casos de writer's block.

(4) Quienes esperan que con un régimen de Buen Vivir y una Cultura Tributaria cambiará la naturaleza humana, y nos volveremos en unas pocas generaciones tributarios de nacimiento, llenos de un ardiente deseo de ayudar a financiar la nueva mansión de la Presidenta de la Asamblea (aquella de la nueva gastronomía "especial para ricos"), que sigan soñando. Y no digo más.


¡Vuelve, Emilio, por favor, todo está perdonado!

La verdad, nunca me gustó mucho ese título que ostentaba el bueno de Emilio, "Editor de Opinión". Las opiniones no se pueden editar. Cambiar, sí, pero ¿editar? "Disculpe el atrevimiento, señora, tiene ahí una opinión un poquito chueca, permítame un momento editarla..." - Naah. Los artículos de opinión, en cambio, sí. Se pueden editar de cualquier de las siguientes tres maneras: (1) mejorándolos en el plano puramente formal, sin alterar el contenido, por ejemplo, corrijiendo erorres de hortografía; (2) haciendo pequeños ajustes en el contenido, negando el visado a metáforas demasiado sauditas, suprimiendo referencias a "dictadores" y otras cosas que podrían derivar en millonarios juicios, etcétera (eso, para los especialistas, se llama "censura previa"), y (3) negándole espacio en el diario a artículos que son una pérdida de tiempo de principio a fin. Ojalá hubiera habido un Emilio en El Universo para este último y santo propósito cuando les llegó el artículo de JJ Illingworth de hoy día. Veamos:

Creer en Dios aumenta el IQ

Podría ser. A pesar de no creer en Dios yo mismo, cuando leí este sorprendente título, enseguida pensé: sí, no me extrañaría tanto si la cosa fuera así. Al fin y al cabo, la creencia religiosa ya tiene varias ventajas bien documentadas: suele dar acceso a redes sociales de amistad y apoyo (la falta de creencia sólo te da acceso a Rebecca Watson y a PZ Myers: la vida es cruel); suele servir de consuelo ante hechos desgarradores de la vida; y el estilo de vida puritana que muchas veces va asociado a tal creencia aleja un tantico el peligro de morir por sobredosis de cocaína o intoxicación etílica o en una escaramuza con la policía local tras un intento de violación o secuestro. Así que antes de seguir leyendo el artículo, me puse a imaginar cómo sería este ignoto proceso según el cual creer en una tontería te hacía menos tonto. Se me ocurrió que podría ser análogo al de una vacuna. Introduces en el cerebro unas cuantas gotas de estupidez. El sistema de defensa mental enseguida se activa, y empieza a producir "anticuerpos": observaciones empíricas, razonamientos, etcétera, para combatir el absurdo foráneo. Al final, sin poder aniquilarlo del todo, lo consigue aislar. La creencia queda ahí, pero envuelta en una densa bolita de grasa protectora. No influye para nada en el resto de tus procesos mentales (la incapacidad de aislarla de tal manera es lo que daría lugar al fenómeno del "fanatismo"). A partir de ahí, el cerebro se vería beneficiado por esas defensas activadas, mejoradas. Cualquier nueva tontería tendrá más difícil acceso en tu cerebro. Ya estás preparado para ellas. Sí, sí, podría ser.

El inverso de esta afirmación podría no ser verdad, aun cuando los hombres más inteligentes del milenio, Newton y Einstein, eran creyentes.

Tal como está planteada la afirmación, el autor tiene razón. Si antes creía en Dios, y dejo de creer en él, o en ella, no necesariamente voy a perder puntos de inteligencia, según el hipotético proceso ya descrito. Lo que pierdo, simplemente, es esa bolita de grasa y su irrelevante núcleo. Hasta ahí bien. Ahora, el autor lo estropea un poco haciendo referencia a "los hombres más inteligentes del milenio", conjunto que supuestamente incluiría a Newton y a Einstein. Eso no se puede afirmar, a menos que durante los últimos mil años se hubieran aplicado pruebas de IQ rutinariamente a todos los hombres en el mundo (¿y por qué solamente hombres?). Lo cual es difícil ya que el concepto de mediciones objetivas de la inteligencia fue desarrollado en la segunda mitad del s. XIX, y formalizado en el XX. Valdría la pena también recordar que Newton creía en la Piedra Filosofal, que transformaría todo metal en oro, en el Elixir de la Vida, que te concede inmortalidad, y otras diversas barbaridades. En todo eso fue hombre de su tiempo; en las creencias religiosas, pues también. Hay que tener presente, asimismo, que hasta el s. XIX, en gran parte del mundo incluyendo la mayoría de países europeos, negar públicamente las doctrinas de la religión oficial del territorio era un camino seguro al ostracismo o incluso al cadalso o a la hoguera. Recordemos nomás a Giordano Bruno. ¿Cuántos de los "hombres más inteligentes del milenio" aplicaron su inteligencia a la cuestión de la supervivencia personal decidiendo que lo más sensato era guardar para sí sus dudas sobre la existencia de Dios? Nunca lo sabremos.

La afirmación del titular es verificable estadísticamente en términos de promedios de poblaciones y el mecanismo de aumento del IQ es a través del comportamiento histórico que termina codificando el ADN, a través de las generaciones.

Galimatías. Vamos a ver cómo se podría verificar "la afirmación del titular" de un modo rigorosamente científico. Se necesitaría para ello una población de seres humanos estadísticamente válida, lo cual significa entre otras cosas, que mostrara la mayor diversidad posible en cuanto a todas aquellas variables que podrían influir sobre la inteligencia. A continuación, se efectuarían mediciones de inteligencia (concretamente, de IQ, y ya sé que hoy en día se cuestiona la validez de esas mediciones, pero dejemos eso como tema aparte) a lo largo de sus vidas. Al mismo tiempo de realizar las mediciones de inteligencia, se interrogaría a los sujetos sobre sus creencias religiosas. En el supuesto de que la adquisición, durante la vida del sujeto, de creencias religiosas fuera acompañado por un aumento de puntaje de IQ respecto a la medición anterior, se examinarían y se descartarían sistemáticamente otras explicaciones posibles, demostrando que la única variable significativa que demostrara correlación con el aumento de IQ sería la adquisición de creencias religiosas. En tal caso, y a pesar de que correlación =/= causación, la conjetura por lo menos ganaría fuerza y persuasividad.

Ahora veamos cómo pretende demostrarlo el Ser Illingworth, y perdonen que no me entretengo con irrelevantes historias sobre perros de raza.

Hace 3,5 milenios Abraham creyó en Dios, lo dejó todo por él y se convirtió en padre biológico de los judíos, “el pueblo elegido”. Luego de 35 siglos de ser formados por Dios, los judíos han llegado a ser, en términos proporcionales al tamaño de su población, los de mayor cantidad de premios Nobel, patentes e inventos del mundo, son segundos en libros leídos y primeros en cantidad de computadoras per cápita; se trata de cuatro medidas altamente correlacionadas con el IQ. Ahora los judíos son reconocidos como de inteligencia superior en promedio, claro está. Qué hubo de diferente entre este pueblo y el resto de la humanidad, sino vivir su intermitente fe.

La última frase, sobre todo, es la que deja al lector sin aliento. A ver. ¿Qué hubo de diferente...? Si el autor quiere, la respuesta está sobre su mesita de noche, en un gran tomo de tapas negras y hojas finas que se llama La Biblia. Le recomiendo la lectura, sobre todo, de los primeros cinco libros, el llamado Pentateuco. Allí descubrirá que al judío creyente se le exige algo más que sólo "ser creyente". Se le exige que no coma determinadas carnes (algunas de ellas, en una época y un entorno deficiente en medidas de higiene, probablemente riesgosas para la salud, y por ende, para el IQ). Se le exige el estudio, la memorización y la recitación ritual de extensos pasajes de lectura, escritos en un idioma huérfano en vocales escritas y por ende, de comprensión algo dificultosa; en muchos casos, la tal exigencia se traduce en una exigencia de bilingüismo desde edades tempranas. Se le exige el estricto cumplimiento de un sinnúmero de ritos y normas sociales, tendientes a producir una sociedad estable, jerarquizada y de gran cohesión interna. Esta sociedad o comunidad o cultura, como quieres llamarla, si no a través de los "35 siglos" mencionados por el autor, por lo menos durante gran parte de estos últimos dos milenios, ha tenido que convivir con otras sociedades y culturas habitualmente hostiles en mayor o menor medida, que han practicado hacia la comunidad judía diversas formas de discriminación y exclusión, culminando en pogroms y otras barbaridades, todo lo cual ha tendido a reforzar y a reafirmar una "identidad judía" diferenciada, en tándem con el carácter patriarcal de dicha comunidad, con lo cual quiero decir simplemente que en determinados momentos históricos, la figura paterna o materna, con sus habituales exigencias de autosuperación, habrá jugado un rol más decisivo para el joven de familia judía que para el grueso de sus congéneres.

Podría seguir, pero creo que con lo dicho basta. "Claro está" que la existencia de una cultura judía significa que hay muchas, muchísimas razones que podrían explicar el notable éxito de las personas de confesión judía en el campo intelectual, y ninguna de ellas depende exclusiva e inevitablemente del hecho de ser "creyente" o no. (Incluso puede que la práctica de circuncisión tenga algo que ver: a mayor dificultad para masturbarse, mayor apego a los libros como pasatiempo solitario alternativo... quién sabe.) Dicho sea de paso, creo que el tal éxito soporta iluminadoras comparaciones con el relativo fracaso de las sociedades fundadas sobre otras religiones, en especial la cristiana y la islámica, religiones que en determinadas épocas, en lugar de fomentar el desarrollo intelectual, han hecho lo imposible para sofocarlo. Pero eso es otra cuestión a la que volveremos después.

Hay otro problema con el párrafo citado que creo que es importante recalcar. Aparentemente, el autor está mezclando irresponsablemente tres poblaciones estadísticas diferentes. Por un lado, está la "raza judía", concepto de por sí problemático, ya que hoy en día no se acepta la división racial de la humanidad, pero digamos que esta población consistiría en todos aquellos supuestos "descendientes de Abraham" (y no me pregunten si el tal personaje realmente existió, pero evidentemente el autor cree que sí) que se hubieran beneficiado de esa crianza específica, genética y análoga al de un perro de pura raza, que hubiera dado lugar a esa herencia genética de superior inteligencia. Evidentemente, para ser miembro de dicha "raza" no hace falta ser "creyente" en nada, ya que las creencias demostrablemente no forman parte del legado genético. Por otro lado, está la población formada por todas aquellas personas que se reconocen o son reconocidas como judías, sea tal reconocimiento una confesión religiosa propiamente dicha o no. Si bien tendemos a pensar que las dos poblaciones son equivalentes o idénticas, no es así en realidad. Existen conversos judíos; existen también personas de origen judío (digamos, "genéticamente") que rechazan frontalmente tanto la religión como las tradiciones judías (tal fue el caso de Karl Marx). Y por último, está la población del país de Israel, que algunos ignorantes suponen consiste exclusivamente en personas de religión y cultura judías. Para efectos de aclaración y desasnamiento cito directamente del tío Wiki:

The religious affiliation of the Israeli population as of 2011 was 75.4% Jewish, 16.9% Muslim, 2.1% Christian, and 1.7% Druze, with the remaining 4.0% not classified by religion, and a small Baha'i community

En fin. ¿Existen datos estadísticos sobre "libros leídos y ... cantidad de computadoras per cápita" para la población mundial de los "judíos genéticos"? Lo dudo mucho. ¿Para quienes se autoidentifican como "judíos", tal vez? También lo dudo (podría haberse llevado un estudio de estas características en EEUU, pongamos por caso, pero a nivel internacional, no creo). Estoy por afirmar que donde el autor saca estos datos es de estadísticas sobre Israel, bajo la suposición tan ingenua como racista de que "lo que va para Israel, va para los judíos". Entonces, suponiendo que sea cierto que en Israel, país mayoritariamente judío, se lee más libros y se compra más computadoras, se afirma que eso dice algo sobre el "IQ" privilegiado de los habitantes de dicho país. Puede ser que diga algo... tal vez sobre la capacidad adquisitiva del habitante medio. Pero si de IQ se trata, y si aceptamos la dudosa equivalencia Israel=judíos, ¿por qué no mirar directamente los resultados de las pruebas de IQ llevadas a cabo en el país, y así ir directamente al meollo del asunto? Pues si lo hacemos, resulta que el país que tiene más altas calificaciones en IQ no es Israel, sino Singapur... seguido por Corea del Sur, Japón, Italia e Islandia, en ese orden. Israel aparece, después de un montón de empates, en el puesto 12 en un rango total de 43. (Ecuador ocupa la posición honrosa de 19.) Ejem. Algo va mal aquí.

Pero lo que va mucho peor en este artículo son dos cosas. Primero, su manifiesto lamarckismo o Lysenkoísmo. Y segundo, esa bofetada a la inteligencia que representa afirmar que, primero, el "ser creyentes" aumentó la inteligencia hereditaria de los judíos, a continuación, que el "ser creyentes" misteriosamente no tuvo el mismo efecto para los cristianos, musulmanes, budistas, hindúes, etcétera (conclusión que se colige de las comparaciones sostenidas con eso "resto de la humanidad" que, en aplastante mayoría, pertenece a alguna de las citadas religiones), y tercero, que en todo caso, ese tipo de inteligencia que se traduce en Premios Nobel, en saber usar una computadora, en leer libros, en patentar nuevas invenciones, etcétera, es muy secundaria al lado de

la de nuestro corazón que nos permite ver al mundo con otros ojos y, si no comprender, al menos intuir y avizorar toda esa luz que existe en la vida y en el mundo a nuestro alrededor.

De hecho, si leo bien el artículo, al parecer el Dios en que hay que creer es uno que, primero, se reveló al pueblo de Israel, segundo, dotó a ese pueblo de una inteligencia superior, a través de un proceso de herencia de características adquiridas desconocido para la ciencia evolutiva, y finalmente, se burló de ese pueblo revelando, en la persona de Jesús, que eso de la inteligencia era un simple arenque rojo, y que todo ese tiempo, lo que más contaba para él no era la inteligencia sino la credulidad.

Ya sabíamos que Dios era cruel, pero... ¿tanto?

Aj, me canso de esto. Que el lector, si quiere, se deleite con el resto de los despropósitos contenidos en el citado artículo. Les dejo con el siguiente aviso: estamos ya a un paso de la Navidad, y sabido es que, al igual que cuando te aproximas a un Agujero Negro, tu cuerpo comienza a estirarse por el aumento de la gravedad, de la misma manera cuando nos acercamos a la Navidad, tanto el contenido de los artículos de opinión como, posiblemente, la de nuestra propia inteligencia, empieza a deformarse y a convertirse en sonrisa boba, perogrullada, infantilismo e imbecilidad. Que todos sobrevivamos hasta la Epifanía el asalto anual de la estupidez consensual. (O)


viernes, 19 de diciembre de 2014

Sin vos, sin Dios y sin guineo

Por si lo perdieron la última vez (y no me voy a poner a buscar el post) he aquí un resumen breve del Reality Principle freudiano:

El mono está subido entre las ramas del Árbol A, a una distancia considerable del suelo. Entre las ramas del Árbol B, al lado, divisa un guineo (sí, ya sé, ya sé. Licencia poética). El guineo está tan cerca, que si extiende el brazo, casi lo puede tocar. Casi. Casi... Pero no. Entonces, poco a poco, el mono se da cuenta de que tiene una elección. Por un lado, puede seguir extendiendo el brazo, esforzándose por llegar al dichoso guineo, arriesgando su vida en el intento, incapaz de alejarse de tan apetitoso premio (así obedeciendo al Principio de Placer). Por el otro, puede bajar del Árbol A y ponerse a trepar el Árbol B, para conseguir el premio. Para hacer esto, tendrá que alejarse de la fruta, hacer bastante esfuerzo físico, y dejar pasar los minutos, y siempre con la posibilidad de que otro mono llegue y coja la fruta antes de que él haya conseguido subir ese segundo árbol. Si a pesar de tantos inconvenientes, se decide por esta segunda opción, podemos decir que tiene bien interiorizado el Reality Principle, aquél que dice que la realidad a veces nos obliga a esperar, a esforzarnos, a aplazar la realización de nuestros anhelos, y a tomar la ruta más larga (pero segura) para llegar a nuestro destino. También, consensualmente, diremos que está mostrando Inteligencia. "Buen mono," susurra en coro La Sociedad, propinándole una palmadita en la cabeza. "Tú sí sabes." Asumo que usted, querido lector, es ese segundo mono. Usted sí es Inteligente. Usted paga sus impuestos, se lava los dientes después de cada comida, chequea constantemente el agua en su carro, va a misa los domingos (por si la Apuesta Pascaliana), toma su Hígado de Bacalao con Malta, tiene actualizado el visado para EEUU (por si los chavismos) y todo lo demás. ¿Ven? Tengo un alto concepto de mis lectores, a pesar de que son mis lectores. Pero ¿para qué les voy a mentir? yo no soy ese segundo mono. No tengo Siete Hábitos. Tampoco soy el primero, aunque a veces creo que me parezco más a él que a otra cosa. Si soy algo, soy el Mono Tres, aquel que puede que Freud no conocía, o sí lo conocía lo tuvo bien calladito. Déjenme contarles sobre el Tercer Mono.

Han pasado semanas... meses... tal vez años. El guineo, que algún día se mostraba fresco y lozano, ahora tiene un aspecto arrugadito, ennegrecido y encogido. Y sin embargo, el mono se mantiene ahí arriba, en su rama, inmóvil, con actitud abstraída, casi mística. Te acercas y le increpas: - Hola, mono. Qué tal, ¿sigues intentando llegar a ese guineo - ? Y él te contesta: - Claro que no. Desde el primer día, era obvio que no lo iba a alcanzar. Y no soy tan tonto como para esforzarme indignamente en alcanzar algo que, realmente, no merezco, ni tengo la suerte ni la habilidad para adueñarme de él. No. Pero nada me impide soñar con ese guineo. Y con el paso del tiempo, me he dado cuenta de que los guineos soñados son mejores que los reales. Los guineos reales, físicos, envejecen, se llenan de gusanos, se ponen agrios, y en su mejor momento siempre tienen algún que otro defecto. Los imaginarios, en cambio, se mantienen eternamente frescos y de sabor exquisito. Además, si en la realidad hay escasez de frutas, y tenemos que pelearnos por las pocas que hay, en la imaginación siempre hay tantas como quieres. Olvídate (en la medida de lo posible) de los guineos reales, concéntrate en los imaginarios, y verás que te has vuelto una persona pacífica, inofensiva, en paz con el mundo. Lo único que tendrás que defender es tu derecho a soñar. Nada más que eso - .

Te quedas pensando, y luego le dices: - Me han dicho que defiendes algo más que eso, mono. Según he escuchado, vas predicando que todo mono tiene derecho a quedarse con los guineos que haya conseguido cosechar, a pesar de que la Redistribución de Guineos por los Monos Gobernantes en aras de la Justicia Social es un principio casi universalmente aceptado hoy en día. Lo que nunca entendí es por qué defiendes que otros tengan todos los guineos que quieran, cuando tú mismo no has conseguido hacerte con ninguno, y dices que no te interesan siquiera los guineos reales, y te veo comiendo insectos viles para sostener tu miserable vida. Explícame eso.

 Y el mono te dice: - Bueno, en una cosa tienes razón, que si redistribuyen o no los guineos, a mí me debería de tener sin cuidado, pues pase lo que pase, con mi singular desadaptación para el mundo moderno seguiría sin que me toque uno solo, porque me olvidaría de llenar el formulario a tiempo, o cualquier cosa así, en realidad, yo para la burocracia soy negado. Sabes, hay tiempos en que seguir soñando te deja cansado para todo lo demás, para cuestiones prácticas. En fin. En el fondo lo que me importan no son esas cuestiones, sino la simple supervivencia de mi especie, la de los soñadores. Porque sé que los Redistribuidores de Guineos, si hay una cosa que no soportan son los Guineos Imaginarios, porque por su naturaleza son imposibles de redistribuir. Entonces, lo primero que hacen siempre es prohibir que hables de ellos sin los permisos y las licencias que ellos únicamente pueden conceder, y en ésas estamos, por lo que veo. Y lo peor de todo, es ver en la cara de esos monos redistribuidores el odio que les afea y les convulsiona, ese odio tan peculiar hacia todo aquel que, en su estimación, haya conseguido hacerse con más guineos que ellos mismos, como si eso fuera la cosa más importante del mundo. Mi tristeza, entonces, se dirige más contra el odio, ese odio, que otra cosa. A mí me parece que si tan sólo aceptáramos como hecho demostrado la existencia de los Guineos Imaginarios, bien pocas razones nos quedarían para odiarnos los unos a los otros. Una sociedad en que se cultivara la imaginación, y por tanto, la empatía: ahí, y en ningún otro lugar quisiera vivir. Lo demás son simples detalles.

- Entiendo -, le dices, - pero casi me hace reír escucharte hablar de sociedades y demás. Tú nunca supiste vivir en sociedad. Siempre has estado solo. Es más: eres tan inmaduro que crees que las cosas se consiguen sólo estirando el brazo, y no llegando a acuerdos y compromisos sensatos y parciales, de acuerdo con la realidad, y dejando funcionar el tiempo y la dialéctica hegeliana. Al fin y al cabo, donde otros se mueven y se pelean por conseguir sus sueños, en toda tu vida no te has movido de esa rama. Eres un idealista iluso y perezoso. También eres feo como un pecado.

- Cierto - , te contesta el mono. - Me encanta cuando hablas sucio. ¿Tienes algún plan para esta noche?

- Sí. Tengo.

- Me lo figuraba - , dice el mono tres, y vuelve a contemplar al guineo podrido en el árbol de en frente, al otro lado del insondable océano.



miércoles, 17 de diciembre de 2014

Banderas

Un tuit capaz de cercenarle el brillante futuro a una mujer política de alto vuelo en Inglaterra:


Como es natural, el día siguiente de publicar este tuit, que el propio Primer Ministro calificó de "horrendo", ella ofreció su dimisión. Y el editor político de la BBC, un tal Nick Robinson, agrega que se trata de "la más extraordinaria herida autoinfligida que he visto en un partido de oposición en muchos, muchos años".

Claro, ustedes querrán saber qué es eso tan terrible que dice el tuit. Pues se lo traduzco. Dice: "Imagen desde #Rochester". Siendo Rochester el nombre de una ciudad donde en aquel entonces había unas elecciones parciales. Eso es lo que dice.

¿Y entonces?

¿Qué hay tan terrible en publicar una foto de una casa y decir en qué ciudad se encuentra la casa?

Contexto, ñoras, ñores.

La bandera es la inglesa. Como Inglaterra no es propiamente un país, habitualmente este símbolo se usa solamente en los partidos de fútbol internacionales, donde según una mustia convención que nunca entendí, el país del Reino hUnDido se divide milagrosamente en cuatro, deviniendo Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte, aunque el la práctica Gales es una irrelevancia en soccer (el algún remoto pasado no lo fue en rugby, pero eso es otro cuento). Según trascendió más tarde, el habitante de la casa tiene esa bandera ahí desde hace ese siglo y medio que han transcurrido desde la última Copa Mundial, mayormente por vaguería. Además, algunos medios han sugerido que el color blanco de la camioneta puede tener valor simbólico, aunque yo personalmente no lo veo. En fin, quedémonos con la bandera.

El sous-texte del tuit, entonces, tal como lo interpretó toda la indignosfera del país al instante - interpretación que (y esto me parece interesante) nunca fue desmentida por la autora, ni siquiera matizada que digamos - llega a ser algo así como:

Miren ustedes qué tipo de gente miserable tenemos que convencer a votar por nosotros en esta horrible ciudad, que hasta cuelgan banderas de Inglaterra desde sus ventanas. ¡Qué asco!

O sea, que la señora política laborista piensa que una persona que cuelga una bandera de su propio país (o parte de él) desde su ventana es (para prestarle una locución a mi esposa) "de lo último".

¿Y entonces?

Pues ahí está la cuestión. Si eres político allá, no te está permitido expresar opiniones negativas acerca de los votantes, o de cualquier votante en especial, pues se supone que a menos que infrinja la ley (cosa que es muy difícil de evitar si vives en ese país y no eres una esponja o un poste de alumbrado público, pero en fin) el votante siempre será a los ojos de ellos, de los políticos, un excelente y admirable espécimen, un dechado de virtudes y la viva encarnación del arquetipo profundo del law abiding citizen. Doctrina que, evidentemente, garantiza al 100% que todo político allí será, necesariamente, un hipócrita consumado... a menos que creas que sea humanamente posible ir por el mundo sin que nadie te caiga mal por su asquerosa cara, su estúpida voz chillón o su costumbre de apretar el tubo de pasta dentífrica por el extremo equivocado.

¿Que por qué lo menciono? Supongo que simplemente para ilustrar las curiosas diferencias que pueden darse entre diferentes países y culturas. Allá, en Inglaterra, al votante le gusta que le adulen, que le hagan la pelota de la manera más desvergonzada y asquerosa. Acá, en cambio, al votante le encanta que le insulten, que le digan "idiotas como tú", que le tilden de inepto e incapaz, que le quiten cosas (como el trago los domingos) "por su propio bien", o sea, diáfanamente porque es un babeante imbécil con una edad mental que no llega a dos dígitos. Mientras más le insultas al votante ecuatoriano, más te vota. Y dicen luego que los ingleses son masoquistas.

Por otro lado, en este país ponerse a vender banderas (como lo hace algún almacén allá por la Alborada) se ve como una muestra admirable de patriotismo. Allá, en cambio, un lugar que vendiera públicamente banderas del país (sean de Inglaterra o del R.hU.) sería inmediatamente objeto de un seguimiento encubierto por parte de la policía, por presunta vinculación con peligrosos grupos de ultraderecha. Diff´rent strokes.

Lo menciono también porque el vecino de enfrente ha colgado, hoy mismo, una bandera de Barcelona desde su ventana.

No sé qué pensar, realmente. Por un lado, estoy con la Emily Thornberry: solamente una persona algo perturbada, algo rara y siniestra, colgaría una bandera en la fachada de su casa. Desde que veo esa bandera de Barcelona ahí, voy a andar con más cuidado cuando veo ese vecino. Tal vez sea un coleccionista de órganos humanos. Tal vez sea zoófilo. Tal vez sea empleado de la SECOM. Nunca se sabe. A partir de ahora, un trato correcto pero distante creo que es el indicado. Pero por otro lado, veo algo admirable en ello también. Una persona que hace muestra pública de su apoyo a un equipo que puede perder (en el presente caso, no sé con qué grado de probabilidad, pero en el caso de Inglaterra en las últimas Mundiales, perder era una absoluta certeza) es una persona que, a pesar de todo, tiene cierta valentía. Mi posición personal (no me gusta el fútbol, me importa un comino quién gana) es mucho más cómoda. Ese tipo de fidelidad, a pesar de todo, inspira admiración. Ojalá hubiera manera de emplearla en algún objeto más digno.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Simón dice...

“God's will usually seemed to coincide with her father's, and against this partnership there was no hope of appeal.”  
      Anya Seton, Dragonwyck


Repite esto. ¡Cállese! O'Grady te manda repetir esto. Ahora sí...

Kingsley Amis se acuerda de la versión católica con O'Grady: yo me quedo con "Simon says", y así también el Tío Wiki. Como bien sabía Amis, este aparentemente inocente "language game" forma la base de toda cadena de mando, y por tanto, de aquella institución originaria (en la actualidad) de todas las cadenas de mando, el Estado. Yo te puedo dar órdenes y tú las tienes que cumplir. ¿Que soy debilucho y enclenque y no te doy nada de miedo y no te da la realísima gana? Cuidado. Mis órdenes son avaladas por la autoridad de mi superior, el teniente O'Grady. Es con él con quien tendrás que vértelas en caso de desacato. Aja: "O'Grady and whose army?" Pues ahora que lo dices, sepas que el Jefe Mayor de todas las fuerzas armadas del país, de las cuales el teniente O'Grady es destacado y galardonado miembro, es nada menos que el Presidente Răzvan. Supongo que no pondrás en entredicho tan majestuosa autoridad. Pero si te empeñas, en el juicio que sigue, antesala de la cárcel y peor, no faltará quien recuerde que el Poder Constitucional investido en el Presidente Răzvan y simbolizado por estos imponentes banderas y estos sagrados símbolos (la Santa Batidora de Huevos del General Tortillo, una joya), es conquista y legado nada menos que del propio Simón. A lo que prosigue Amis:

The harm lies not in that, but in that this
Progression's first and last terms are "I say
O'Grady says", not just "O'Grady says".


(Las comillas son añadidura mía, en aras de claridad.) Aquí es donde se cae la máscara, a la cual se refiere la Sra Mancero en su sorprendente artículo. Para efectos hegemónicos, no importa si la Máxima Autoridad se llama O'Grady, o Simón, o Dios, o Alá, o El Pueblo Soberano. No importa porque este personaje nunca habla en nombre propio, sino siempre "a través de" quien o quiénes realmente detentan el poder. Nunca tendrás que obedecer las órdenes de Simón en persona (como si se pudiera "personar", algo tan inefable como un Pueblo Soberano, o un Destino Histórico), sino aquello que yo digo son órdenes de Simón. En 1984, Winston pregunta a O'Brien si el Gran Hermano realmente existe. Por supuesto, dice O'Brien. "Pero ¿existe como tú, como yo?" La respuesta escalofriante de O'Brien: "Tú no existes". Y esto también es consecuencia lógica del juego. Yo tengo la misteriosa, sagrada y soberana atribución de representar e interpretar la Voluntad de Simón. Tú no. Tú no puedes decirme a mí lo que Simón quiere de mí (como por ejemplo que deje de dar la lata con el dichoso Simón ése). La cadena no va en esa dirección. A ver, a ver... ¿cuántas elecciones has ganado, eh? Entonces cállate. Perdón: Simón dice cállate. El Pueblo dice cállate. ¿Cachas? Cuando de tomar decisiones sobre tu vida se trata, tú no existes. Simón en cambio sí. No lo has visto, más que en un póster tal vez, pero él está en un plano de existencia del cual tú te encuentras excluido. Así son las cosas.

Simón, entonces, es la "ilusión legitimadora" a la que se refiere Mancero citando a Philip Abrams. Ese ser que hace de puente entre mi deseo de esclavizarte y aquel aliado que creo identificar dentro de tu propio cerebro y que podré instrumentalizar a tal efecto, ese deseo tuyo de hacer lo correcto, de gozar de aceptación y estatus social, de no desentonar, de pertenecer a la Gran Mayoría Moral. Para instrumentalizarlo, lo único que necesito es una Autoridad que te convenza, que legitime, que afiance el control remoto. Aquí Rafael Correa, en una reciente entrevista:

"De allí que instó a plantearse ¿quién manda en una sociedad, si el capital o los seres humanos, las élites o las grandes mayorías?"

Tengo a los torquemadillas a mis espaldas, respirando por mi nuca, así que prefiero no entrar en detalles sobre el padecimiento psíquico evidenciado por quien es capaz de plantearse una pregunta semejante. En una sociedad, Sr. Correa, en una de verdad, nadie "manda": eso entra en la propia definición de sociedad. Mira, te lo pongo fácil:

Sociedad: Agrupación natural o pactada de personas, que constituyen unidad distinta de cada uno de sus individuos, con el fin de cumplir, mediante la mutua cooperación, todos o alguno de los fines de la vida. (DRAE, énfasis mío)

 Claro que este ideal de sociedad basada en la mutua cooperación se encuentra muy parcialmente realizado por dondequiera que mires, precisamente porque la enfermedad del poder, el deseo de "mandar", se encuentra tan extendida: muchas veces, la realización práctica de "sociedad" consiste en susurrar, entre risas sofocadas, a espaldas del Jefe. Pero insisto: en cualquier lugar, si a la pregunta "¿quién manda aquí?" recibes una respuesta al instante y sin titubear, lo que tienes delante no es una sociedad sino una jerarquía, palabra que proviene del griego y evoca el poder de lo hieros, de lo sagrado, siempre mediado e interpretado por los jerofantes o sumos sacerdotes, en su particular jerigonza o impenetrable galimatías, el mismo que, según ellos, justifica su privilegiado estatus y todos los sacrificios que hacemos para que coman rico. Ahora, repitamos la pregunta, que no tiene desperdicio:

"¿quién manda en una sociedad, (...) el capital o los seres humanos, las élites o las grandes mayorías?"

Correa sabe perfectamente que "el capital" nunca ha mandado en ninguna parte, ni puede mandar, pues mandar es atributo de personas... pero suena bien, no digas que no. Y estoy de acuerdo en que, dondequiera que encuentras a algunas personas, eso sí, personas, dando órdenes, "mandando", vale inmensamente la pena preguntar quiénes son y con qué derecho "mandan". Y si son personas honestas, desenvainarán la espada, sacarán el puño, o maniobrarán sus tanques de guerra sobre tu césped, y dirán con una gran sonrisa socarrona, "con este derecho". Porque el poder, en el fondo, es eso: la capacidad física, logística y balística de aplastar al adversario las veces que sean necesario. Nada más y nada menos.

Pero resulta que nadie dice esto. Siempre hay un Simón, un Simón sospechosamente ausente, de cuya excelsa voluntad nuestros parásitos no son más que humildes y abnegados instrumentos. Antiguamente se hacía llamar Dios (según autoridades tan diversas como Anya Seton y Bob Dylan); ahora con más frecuencia ellos se conectan con ese traidor dentro de tu cerebro llamándolo "el Pueblo" o, helo aquí, "las Grandes Mayorías". Lo dicho: psicológicamente es la mar de eficaz. Si no aceptas el veredicto de "las grandes mayorías", siempre según lo revelado por nuestros queridos jerofantes, pues lo siento, te acabas de excluir de "la sociedad" (el resto de gente que sí lo acepta), y además, te muestras como un ser egoísta, perverso, inmoral. Tú eres una sola chica, y ellos son nueve caballeros violadores: ¿quién eres tú para objetar su mayoritaria y sagrada voluntad? Por algo se ha dicho: la democracia es dos lobos y un cordero votando sobre qué cenar esta noche. Con la particularidad de que el lobo humano no dice "me place comerte", sino "Simón dice que te tengo que comer". "Lo siento, la decisión de la mayoría es que debes ser comido. Yo no quisiera, pero...". La apoteosis de la cobardía, en suma. Así somos.

Si una cosa hay claro en todo esto, es que ninguna mayoría es grande. Las mayorías pueden ser muchas cosas, pero grandes nunca. Y como siempre digo, cualquier duda, diríjase a Milgram Experiment. Las mayorías son precisamente eso. Así de siniestras y así de patéticas y deleznables.

Entonces, ¿qué? Se ensalza la minoría, la élite pues? No, y presta atención: la élite y la "gran mayoría" se necesitan mutuamente, son dos caras de una misma moneda, y perdonen el cliché, por mucho que se predique lo contrario. No hace falta más que mirar el Ecuador actual: nadie duda seriamente de que ahora hay "una élite" ocupando el poder político. Asimismo, parece claro que una de las armas con las que esa élite mantiene su hegemonía es precisamente esa retórica tan infantil como deshonesta según la cual todo se hace en función del Pueblo, de esas silenciosas "mayorías", que supuestamente "mandan" y cuya voluntad, de alguna misteriosa manera, siempre coincide con la de su Presidente electo, y sus odios y prejuicios, ídem.

¿Cuál es la alternativa? Pues lo dicho: una sociedad, un espacio de cooperación, en que se dificultaría la acumulación de poder, en la que se practicara la honestidad intentado llamar las cosas por su nombre, si es que nombre tienen, y donde reinara un salubre recelo a las abstracciones inhumanas, sean ellas "Pueblos", "Mayorías" o cualquier otra deidad que se oculta y se escuda tras una conveniente ausencia, cuando no se encuentra justificando matanzas y torturas emprendidas por El Poder en defensa propia. Imagine there's no Simon: tú decides por ti, y yo por mí, hasta el límite de lo posible, y ambos nos responsabilizamos de las consecuencias de nuestro actuar. Mientras alguien o algo "manda", no estamos ahí todavía. That's what O'Grady says.

Si llamé sorprendente al artículo de Mancero, no es que yo presuma de conocer sus antecedentes, su carrera y sus ideas. Simplemente me sorprende que en un medio como El Telégrafo se permita cuestionar el carácter sagrado del Estado, de que todos viven y comen por esos lares, o que se vislumbre públicamente su íntima relación con los crímenes de lesa humanidad en este país y en otros. Tal vez el Sr Pérez estaba ocupado ese día, y lo dejó pasar por equivocación. No creo que veamos nada más por el mismo estilo en mucho tiempo. De todas maneras: un pequeño bravo creo que sí merece.

Mucho más en la línea habitual del medio es el artículo del desdichado de Werner, muestra impagable de racismo, mezquindad y enorme deshonestidad (como si "los alemanes" pretendieran otra cosa que lo que pretende cualquier turista visitante al país, que es poder entrar y salir sin obstáculos y ver lo que desea ver y sacar sus propias conclusiones y fotografías y opiniones al respecto, cosa a lo que cierta Declaración Universal les otorga legítimo derecho, creo recordar). Dos cosas a tomar en cuenta: primero, que el racismo institucional y la xenofobia ya parecen moneda corriente de la nueva versión del correísmo (los comentarios de Correa acerca de la Tabacchi, espeluznantes), y segundo, que se pone cada vez más de moda esa retórica deshonesta según la cual tus decisiones adolecen de "moralismo", mientras las mías son meramente "técnicas". El abuso de esta palabra, "técnico" lo encuentro en la entrevista a Correa, en el artículo citado de Werner, y en otro de la misma página: tal parece, todos se han puesto de acuerdo en que si yo me quejo de tus atropellos a mis derechos, estoy aplicando un "moralismo" típico del más rancio "conservadurismo", mientras si tú denuncias mi supuesto "egoísmo", falta de "solidaridad", etcétera, éstas son simples apreciaciones "técnicas".

Se me fue el tiempo, pero... When the fuck will these people grow up?

domingo, 14 de diciembre de 2014

Quiénes me leen

Hoy es domingo, día en que la gente lee, si es que lee algún día. Son las 7:45 de la tarde. El número de páginas vistas en el blog el día de hoy está en 17, según informa blogger.com. Tal vez llegue a 20 antes de que me acueste. Esto es lo que hay.

Bueno, no siempre. Hay días (escasos) en que llega a 50. Otros días queda en 5 ó 10. ¿Que no debería quejarme? ¿Que un público de entre 5 y 50 personas (siempre suponiendo que esos visitantes no "repiten", pues la cuenta es de páginas visitadas: podría, en teoría, ser una sola persona excesivamente masoquista) no está nada mal, para un viejo baboso de inspiraciones ridículas, de estilo plomizo y frecuentes errores de concordancia? Estuviera de acuerdo si no fuera por los siguientes dos datos, también extrapolables a partir del excelente servicio de rastreo de blogger.com, a saber:

(1) Casi la mitad de mis lectores viven en Uxrania.
(2) La otra mitad de mis lectores consiste mayormente en empleados de la SEXOM.

Debería aclarar que no tengo nada contra los uxranianos. Me parece gente excelente, la sal de la tierra, y si tengo que enfrentarme algún día a un Trial By Combat, escogeré preferentemente a un xosaco para defenderme. Pero como sea que este blog no los menciona para nada, ni a ellos ni a su país, que no conozco en absoluto (ni como para saber dónde se ubica Crimea River), ni está escrito en uxraniano, tengo la viva sospecha de que esos visitantes llegan acá por equivocación, tal vez manejando una cadena de búsqueda en Google como Baxxlexhip Poxexkin, o algo así. Y en cuanto a los empleados de la SEXOM, pues tampoco tengo nada contra ellos, realmente. Hay peores maneras de ganarse un sueldo que eso de buscar Enemigos de la Patria e indagar en sus circunstancias personales para posibles futuros juicios, procesos de expatriación, o lo que sea. No soy tan ingenuo como para creer que ellos, los humildes - ¿cómo los llamaré? - cibertorquemadillos, comparten la furia justiciera de sus jefes. Simplemente cumplen órdenes, y puedo simpatizar con ellos en tanto su trabajo debe ser extremadamente aburrido, algo parecido al del profesor universitario que se ve obligado a pasar horas investigando posibles plagios en trabajos entregados mediante Google. Si los conociera, les invitaría a una cerveza. Se lo merecen, los pobres.

Pero empleados de la SEXOM son, y lo sé porque el desglose de las páginas visitadas siempre gira en torno a un puñado de viejos posts que, sin ser ni los más interesantes ni los mejor escritos ni los más divertidos ni los más originales, sí comparten una de dos características: o bien "hablan mal" del Prexidente (donde "hablar mal" significa aproximadamente: no deshacerse en elogios sobre su excelente gestión, su incomparable liderazgo, etc.) o de algún dignatario de Alianxa Paíx, o bien proporcionan posibles datos sobre la identidad del que suscribe. Con lo que se colige fácilmente, creo que sin caer en paranoias, que en algún lugar reposa un archivo con una serie de citas "incriminadoras", cuidadosamente seleccionadas y descontextualizadas, junto con anotaciones sobre la identidad, lugar de trabajo y otras precisiones que en algún momento servirán para justificar esa patada en la puerta a medianoche que ya va haciéndose familiar en la cotidianidad ecuatoriana. ¿Que por qué todavía no llega ese día o esa noche? Porque, supongo, se espera esa perla de remate, algo así como la Frase Tonta de Emilio Palacio, ese olor a sangre que promete presa fácil y cárcel seguro dentro de la legalidad vigente. Se espera que yo escriba algo así como "El Prexidente es el hijo secreto de Xinochet y Hillary Clixton" para poder actuar. Algo así, sin equis y sin comillas. Entonces, ¡zas! el lobo.

Qué puedo decir. Pero ¿no se dan cuenta de lo ridículo que se ven? Y no solamente porque preocuparse de las expresiones de una viejo inmigrante intermitentemente coherente que no reúne más audiencia que dos ex novias españolas, un antiguo compañero de piso escocés y una horda de cosacos despistados les ubica mejor en un sketch satírico que en cualquier tarea de gobierno, así sea de gobierno criptofascista. Y en segundo lugar, porque aquí no hay nada siquiera jugoso. Por si acaso, todo lo que precede y todo lo que sigue en este blog se cobija bajo el siguiente disclaimer:

(1) No soy periodista. Por tanto, no tengo fuentes de información privilegiadas. Todas las opiniones sobre política y personajes públicos vertidas en este blog se basan en las mismas fuentes de información públicas a las que tiene acceso cualquier ecuatoriano lector de periódicos.
(2) No pretendo influenciar a nadie: al contrario, me entristecería mucho enterarme de que alguien estuviera tomando mis opiniones por suyas, en lugar de llegar a sus propias conclusiones por sus propios medios y raciocinios.
(3) No tengo mucha plata. Me temo que aunque me vacíe las cuentas bancarias, difícilmente llega el Prexidente a comprarse un pase de un día en algún parque de Disneylandia, mucho menos un apartamento en Bélgica o lo que fuera el último capricho suyo. Hay presas mucho más apetecibles desde ese punto de vista.

En fin. La cuestión es que quienes me leen no son, de momento, y con alguna salvedad honorable (ca me suffit) quienes quiero que me lean (ca ne me suffit pas). Y ¿quiénes son esos lectores tan especiales como elusivos? Pues gente así como sigue:

- Que comenten los posts.
- Que me expliquen claramente y sin ambages (y preferiblemente sin aspavientos) en qué estoy equivocado. Saben, estoy harto de estar equivocado sin saber por qué. Nadie me lo dice. Tal vez tienen miedo de que me ponga a ulular y a lanzar excremento. De veras, no soy así.
- Que me envíen botellas de whisxy (una vez tuve uno de ésos, pero desapareció).
- Que tengan mentes como alcantarillas.
- Que tengan sentido de humor.
- Algo de cleavage sería un plus. Me refiero a cleavage virtual, no estoy pidiendo adjuntos. Ése que se nota en el empleo de adjetivos y adverbios. Ya saben.
- Que también tengan algo que decir.

Puedo esperar. Pero no eternamente. Estoy entre seguir con esto y dedicarme al punto de cruz. Ya veremos.