sábado, 18 de abril de 2015

El túnel

The Great Escape, con un inolvidable Steve McQueen burlando a sus persecutores nazis en moto. La serie Colditz. Ahí se me para la memoria, pero no sin antes susurrarme que pasé gran parte de mi infancia viendo películas en que se trataba de escaparse de algún Stalag. Pido clemencia y comprensión de parte del lector.

El actual Escape Plan: mi esposa se va a Londres a finales de este año. Yo le sigo un año después, caso de encontrarme, sorpresivamente, todavía vivo, y sin haberme casado mientras tanto con el esqueleto de un diplodocus, en alguna de esas catastróficas borracheras a las que los Rodríguez les son propensas. Aún no se sabe si la construcción de un túnel será parte necesaria del proyecto. Por si acaso, estoy coleccionando artículos del Telégrafo. La idea es quitarles la grasa de encima, con espátula, y utilizarla para crear velas improvisadas que me alumbren el camino hacia la salida.

No, en serio. Si ustedes ya digirieron el desayuno y no padecen diabetes, echen una mirada a esto. ¿Alguna vez vieron tanta grasosa adulación, tanta almibarada untuosidad? La cosa llega al punto que me encuentro obligado a desempolvar el manual de mediación cultural, y postular una diferencia fundamental entre el concepto de dignidad que se maneja en el mundo anglosajón y lo que con la misma palabra, y con inexplicable complacencia, se expresa acá. A título de analogía: ya vimos en otro post que entre "mentira" y "lie" hay un gran trecho, a pesar de los diccionarios, pues mientras el "liar" dice cosas que él mismo sabe son inciertas, el "mentiroso" es, en la mayoría de los casos, un simple equivocado. He comprobado una y otra vez y más allá de cualquier malentendido posible, que efectivamente, en Latinoamérica es "mentira" cualquier afirmación que se pueda demostrar como incierta, aunque haya sido hecha con absoluta y demostrable buena fe: y sinceramente, creo que este hecho lingüístico debe ser ampliamente difundido y comentado, pues su debida comprensión subsanaría muchos conflictos: el que te llama "mentiroso" no está poniendo en duda tu honradez ni tu sinceridad, sino simplemente la verdad de lo que afirmas o la fiabilidad de tus fuentes.

Pues del mismo modo, empiezo a pensar que acá, dignidad significa algo completamente diferente de dignity: hasta diría que es, en la práctica, su antónimo.

Veamos. Cuando se dio ese cruce de palabras entre Correa y Obama, entre mis conocidos fue universal la percepción de que Obama "le puso a Correa en su lugar" con ese comentario sarcástico al estilo de "no tengo el talento de usted, señor, como para saber distinguir entre la buena y la mala prensa". A mí me parece una respuesta adecuada, no brillante, pero adecuada, "digna" diríamos, y eso que sabemos que Correa es incapaz de detectar cualquier ironía, y a pesar de que Obama me merece el calificativo del segundo peor presidente que ha padecido EEUU en algo más de cien años, pero eso ya es otra historia. La cuestión es que busco en vano entre todos los pronunciamientos recientes de Correa algo "memorable" o "contundente", en palabras de la autora Melania Mora Witt, como para justificar un artículo tan desvergonzadamente lamebotas. Y es que no hay nada a que agarrarse; pero aunque lo hubiera, la pregunta tendría que ser: ¿qué hace una articulista de un diario elogiando a un presidente del gobierno? ¿No se da cuenta de que a los poderosos (y creo que por consenso general, Correa merece tal calificativo) una persona digna nunca, nunca, bajo ningún concepto los elogia, y si lo hace, pierde gran parte de su dignidad? (Y peor siendo mujer. Llámenme anticuado si quieres, y sexista, que soy ambas cosas sin lugar a dudas, pero no puedo evitarlo: a mí me choca tremendamente que una mujer le dirija palabras de elogio a un hombre, cuando el papel tradicional de la mujer es vituperar y condenar y menospreciar sin ambajes a todo representante del sexo masculino, "poderoso" o no. Si la adulación en los hombres es feo, en las mujeres resulta sencillamente nauseabundo) Ya en otro lugar vimos como acá, "dignidad" es algo que se puede dar o repartir (hasta hubo una campaña del gobierno con ese nombre, "campaña Da Dignidad", ¡en serio!), y si comparo el uso de esta palabra en todas las fuentes locales a las que tengo acceso, se ve que aquí, "dignidad" llega a significar algo así como "humilde sumisión a los poderosos, o vistosa dependencia a los mismos". Si el gobierno quiere enseñarnos dignidad, saca en cadena a un montón de pobres de sonrisa desdentada que alaban a los ladrones que les quitó su dinero y destinaron una parte del mismo a la construcción de carreteras que muchos entre ellos no tendrán nunca ocasión de usar. Eso es dignidad acá. Ya caí en cuenta.

En otras partes del mundo, y lo digo simplemente para apuntalar el contraste, significa prácticamente lo contrario. Una persona digna depende de sus propios esfuerzos, no de dádivas. A una persona digna nunca se le ocurriría dirigir aceitosas palabras de adulación a un "poderoso". No solamente porque no tiene necesidad de ello, sino porque su escala de valores se lo impide. Así de simple.

A quien tenga el proyecto de venir a vivir en Latinoamérica, habiendo residido previamente en Europa, digamos, o en Norteamérica, le prometo que esto va a ser el mayor "culture shock" que experimentarán aquí: comprobar la ubicuidad de la adulación, del servilismo, de la lambonería. Cosa que, por mucho que uno intenta adaptarse, te deja con una sensación de nausea residual que te acompaña por doquier. La verdad, es algo muy difícil de soportar, y más a largo plazo.

Si viene como profesor, no faltará aquella alumna que se le acerca al final de la clase para rogarle, con ese insoportable tono entre plañidero y obsecuente, que le "ayude" con "algunos puntitos", porque éste es su último año, porque su mamá está en coma, etcétera. "No sea malito". Luego, en el diario, verá al Maduro pidiendo a Obama que "no sea malito" y descongele los millones de dólares mal habidos que algunos funcionarios bolivarianos, con previsión de la eventual ira del pueblo, habían depositado en bancos estadounidenses.  Tal vez apartado especial se merecería esta extraña y novelesca relación entre algunos países de la región y EEUU, en donde aquéllos se resisten, a pesar del siglo en que hemos entrado, a dejar en paz esa supuesta relación "tutelar" (en palabras de la misma articulista), que mantienen viva precisamente a base de denuncias carentes de fundamento en la realidad.

Alguien les debe de explicar a esos políticos que la soberanía es algo que no se pide, peor a gritos: se conquista viviéndola.

Y ahí llegamos a mi experiencia de ayer: un día de inducción o de integración (¡intégrame otra vez!), en fin, una de esas pérdidas de tiempo a que te someten en determinados trabajos. La cosa empezó tan mal como de costumbre:

"Como profesores, nuestra labor consiste en preparar a los estudiantes para servir al país".

No prometo que sea cita textual, salvo las tres últimas palabras, que me causaron instantáneamente una profunda angustia. No creo que sea para menos: tampoco creo ser el único profesor que considere que su labor consiste precisamente en preparar a los estudiantes para no servir al país, y de hecho, para no servir a nada ni a nadie que no sean ellos mismos, porque en eso consiste la gloria del ser humano, que es (o es capaz de verse como) un fin en sí mismo, no un medio para ser explotado por otros. ¿"Servir"? Aunque le des el significado blando de "ser útil" y no necesariamente de "sacrificarse", a mí me parece que un profesor que prepare a su alumno para "ser útil" está traicionando a su profesión y a su vocación, pues tal papel no se diferencia en nada de lo que hace todo el mundo, todo el tiempo, sin necesidad de títulos ni de experiencia, es decir, aprovecharse de las personas en beneficio propio, o en beneficio "del colectivo", poco importa. Del profesor, en cambio, se le espera algo diferente: la capacitación necesaria para que el estudiante aprenda a servirse de su entorno en pos de sus propias metas, que pueden ser todo lo altruistas que se desee, pero que en ningún caso el profesor está llamado a definir ni a dictar, so pena de quedar como violador ideológico, que es el peor tipo de violador que hay.

De modo que me sentí chocado y perturbado en lo más profundo al escuchar que mi misión como docente era, aparentemente, moldear a seres humanos para que "sirvan", y no solamente eso, sino para que "sirvan" a un ente tan irrelevante, trivial y ridículo como "un país", que a fin de cuentas no es más que un conjunto de líneas imaginarias dibujadas sobre un mapa y regularmente invocado por inescrupulosos políticos en provecho propio. Levanté la cabeza y miré en mi alrededor. Todos los presentes, embelesados, algunos con leves asentamientos de cabeza. Fue cuando se me ocurrió la metáfora del túnel.

Como profesor en una institución pública, estoy condenado a cumplir con el papel, mientras que en secreto y a tres metros bajo tierra, socavo como puedo y a cucharaditas de arena esta tiranía en que nos han colocado. Como muchos de mis compañeros supongo.

Buscando una liberación tanto ajena como propia. Una liberación que en el mejor de los casos será parcial y momentánea. Tan fugaz que muchos dispositivos no lo podrán registrar.

Así que "servir al país", eh. Dicha obscenidad se completó esta mañana con el artículo de JM Ruiz Navas en El Universo, donde insiste en que el candidato ecuatoriano para presidir la Corte Interamericana de Derechos Humanos hubiera dicho lo siguiente:

Ya no se debe hablar de derechos individuales, sino de derechos colectivos.

No estoy acostumbrado a fiarme de la palabra de un prelado de la Iglesia, así que busqué una referencia en Google, y me topé con esto. Al parecer, es cierto. Ecuador está postulando a la Corte de Derechos Humanos a un candidato abierta y desvergonzadamente fascista. Un poco como si un grupo de católicos postularan a un ateo para Papa, se diría: supongo que tal obscenidad no puede prosperar, pero sin embargo, es elocuente sobre la dirección que tomamos. Apenas falta que Correa celebre abiertamente la "vuelta" de una sangrienta dictadura "al redil de la Patria Grande". Ya vemos en qué dirección el viento sopla. Por eso mis exacerbadas ganas de, simplemente, salir de aquí. Toda vejez, por enferma que sea, se merece, creo, algo de tranquilidad.



domingo, 12 de abril de 2015

Somewhere between Washington and Baltimore



El piano hace cosas raras (escucha 3:42: parallel fifths meseemeth). Un acorde del subdominante menor, fuera del registro habitual, sorprende. Las caras de los cantantes infunden una nota de alegría, diría incluso, de gozo y jolgorio. Dudo mucho de que el Islam permitiría estas aberraciones, siquiera en el más controvertido sufismo. (Y sigo sin localizar ese "Lift Up Your Heads" que buscaba. Hay la versión de Handel, pero no es ésa. Es una en escala de menor melódico con toque modal en que "Who is the King of Glory?" lo preguntan los bajos, y la respuesta viene con los altos, sopranos o tutti, ya no me acuerdo. No lo escucho desde que tenía diez años. YouTube no ayuda mucho.)

El compositor Delius, que por uno de esos consensos universales que excluyen al objeto del consenso fue no sólo místico, panteísta, sino quintessentially English, una vez confesó que lo que cambió su concepción de la armonía (sus primeras obras son pastiches plomizos e infumables) fue escuchar esos espirituales que por aquel entonces todavía se cantaban en las plantaciones de la Florida. El legado de Delius se encuentra sobre todo en los Westerns (todo compositor de música de película ha robado algo de él, unos más que otros) pero para mi oído sigue siendo eso, quintessentially English, en el sentido de quedarse con lo que el resto del mundo ya le parece inservible desde hace medio siglo. Me solidarizo.

Hace unas semanas una de esas tontas del bote que escribe para El Telégrafo sostenía que el Islam es objeto de una terrible "discriminación", sobre todo en Europa. Los terroristas, los que ponen bombas, no son musulmanes, decía, son "islamistas": hay una gran diferencia. El Islam, como su nombre indica, es una "religión de paz".

Tal grado de imbecilidad sólo es explicable a raíz de una ideología. Lo dicho: una ideología es la racionalización de una enfermedad (o por lo menos anquilosamiento) mental, siempre, siempre. Y luego viene Orlando Pérez (editorial de hoy) pidiendo más ideología. More cock, more cock, Michael Moorcock! he fervently moans. De veras, el mundo está loco.

Si fuera bloguero político, me ocuparía la atención esa "Cumbre de los Pueblos" (ja) en que Correa, Maduro y Obama se pusieron a imitar a la Kardashian con variable grado de éxito. Entre las perlas: "La mala prensa es la que tumbó a Allende" (Correa). Bzz. A Allende le tumbó un golpe militar, no ninguna prensa buena o mala. Un golpe que fue en gran parte ayudado por el pésimo manejo político y económico del propio Allende, pero eso es otra historia. Y otra de la misma fuente (parafraseo): "La misma falsa disyuntiva de siempre, 'prefiero tener dos brazos a no tener ninguna'. La cuestión que debería ocuparnos es: ¿por qué no podemos tener todos cien brazos?"

Lo que es vivir en el pasado. Con la llegada del Internet, ya no tiene estrictamente sentido quejarse de "la prensa": prensa somos todos. Ya no hay "formadores de opinión" (aspirantes a tal, centenares, desgraciadamente): cada uno forma la suya propia con lo que tiene a mano. El problema, si alguno hubo, ya desapareció, salvo en la mente de quienes quieren mantenerlo vivo para explotarlo, en el sentido de utilizarlo como pretexto para la censura y la dictadura. "La libertad es que todos sean libres para hacer lo que yo quiero que hagan". Seguramente el mismo pensamiento se le ocurrió alguna vez a un gorgonopsio, o a un trilobita. Nada nuevo bajo el sol.

Muy pronto vendrá un joven con cara de pizza a llamar a tu puerta con un cuestionario. Estamos realizando una encuesta a nivel internacional para saber si ya es hora de reemplazar la humanidad con algo mejor. Ya tenemos no solamente inteligencia artificial, sino también sentimiento artificial. Ambas cosas funcionan mejor que sus equivalentes analógicos. Un robot no solamente juega mejor que tú al ajedrez, sino también es capaz de llorar más que tú al contemplar una telenovela mexicana o coreana. Se reproducen que da gusto, y son relativamente limpios. Sus cacas huelen a palosanto, se conforman con el salario mínimo, y nunca fingen sus orgasmos. En vistas de todo esto, ¿la humanidad todavía sirve para algo?

Yo ya tengo sobradamente identificados a quienes no tienen respuesta alguna a esta pregunta. No son los del video.


jueves, 2 de abril de 2015

De un "no soy un mesías" a "Eloi, Eloi, dame sabatina"

No sé si mi esposa todavía lo guarda como reliquia religiosa. Se trata de un CD que los partidarios de un nuevo candidato a la presidencia del gobierno, Rafael Correa, iban distribuyendo a los votantes, allá por el 2006, como parte de una campaña cuya misteriosa financiación sabemos que no tuvo nada que ver con las FARC colombianas. En él hay una grabación de la voz del futuro Presidente, donde dice textualmente "no soy un mesías", frase que en su momento (a pesar de que estaba convencidísimo de que ganaría la Cabeza Cono de Helado, inocente de mí) me llamó la atención. ¿Qué tipo de persona se presenta en unas elecciones diciendo "no soy un mesías"? O por analogía: ¿qué tipo de persona se presentaría al puesto de profesor de gimnasia en un colegio femenino con las palabras "no soy un viejo verde"? Respuesta en ambos casos: una persona no apta para el cargo, bajo el argumento de que de la abundancia del corazón habla la boca. En unas elecciones como ésas, donde el elenco de candidatos, si bien recuerdo, recordaba un episodio cualquiera de Los Munsters, de buen seguro que a nadie en su sano juicio se le hubiera ocurrido ponerse a buscar un mesías en entorno tan hostil: pero el tal Rafael Correa, ya antes de su primera victoria, evidentemente se había planteado la pregunta a sí mismo: ¿soy el ungido, el elegido por Dios, el Salvador de la Patria, el representante de la Divinidad sobre la tierra? Que su respuesta en ese momento haya sido negativa dice mucho a favor de la relativa cordura del entonces joven candidato. Pero la semilla de la megalomanía, de la enfermedad psíquica, por lo visto, ya estaba sembrada.

Hoy mismo sale en El Telégrafo un artículo del Rafael Correa actual, aquel que ya hace mucho tiempo llegó a la conclusión (acolitado por su particular séquito de lamebotas y enseñahigos) de que efectivamente, sí era el mesías. La tal conclusión aquí viene implícita en el hecho de que los "grandes acontecimientos narrados en los evangelios canónicos" se interpretan en registro contemporáneo: más allá de las "cuestiones de fe" que al parecer no vienen demasiado al caso (si a ti te nace depositar tu "fe" en un hippie de hace dos mil años en lugar de en un brillante economista jefe de Estado de la actualidad, es tu problema), lo que le pasó a "Jesús" merece recordarse en tanto que prefigura, en clave de profecía digamos, lo que le pasa a un actual Presidente de la República del Ecuador. Así, el inocente, el impoluto, el Cordero de Dios se encuentra actualmente rodeado de "poderes fácticos", "conocedores de la Ley" (por ejemplo, aquellos que van recordado a cada paso que la actual "Ley" no permite la reelección indefinida), escribas, fariseos, mujeres "leales pero impotentes" (léase: incapaces de promover la abstención sexual sin que todo el mundo se burle de ellas), traidores, cobardes, y "masas manipulables". Ciertamente, difícil tarea es ser un semidiós sobre la Tierra, rodeado de tanta chusma, de tanta mediocridad. Por lo que el mensaje implícito del artículo viene a ser: examinemos nuestra conciencia, compañeros. ¿Hemos sido todo lo leales que deberíamos al Hijo de Dios? ¿No habremos pecado en algún momento, burlándonos de él por ejemplo, o negando sus Obras y Carreteras?

O peor todavía: ¿no le habremos hecho caso alguna vez a "la opinión pública"?

Era, tal vez, inevitable que a quien en su momento se le escapara de la boca aquel "Yo soy La Verdad" terminara creyendo que "opinión" es una dolencia que afecta a los demás. Sabemos que vivimos en un "Estado de Opinión" según feliz término de Su Majestad, es decir, un país donde la gente todavía persiste en tener opiniones y expresarlas pública e impúdicamente; sin duda algún lector se preguntará cuál alternativa se nos ofrece. Pues bien: puedes optar entre tener opiniones, es decir, estar equivocado, o aceptar la Verdad revelada, es decir, asentir ante todo lo que te dice Su Majestad. Y por si quedara alguna duda sobre eso, nótese bien que en el artículo la "Opinión Pública" interviene "de un domingo a viernes", en el sentido de convencer a las "masas manipulables" para que crucifiquen a quien insiste, hasta el final, en autoproclamarse rey. Aquella anterior devoción al mismo "rey" que se manifestara en "batidas de palmas" en su triunfal entrada a Jerusalén, eso no fue opinión, o por lo menos no fue "opinión pública", del mismo modo que aquella humilde Sierva de Dios que ose acercarse a Correa en alguna Sabatina para pedirle que cure a su hijo ("Mujer, has creído en mí, tuyo será el Reino de las Cocinas de Inducción") está gozosamente exenta de "opinión" alguna, pues se limita a reconocer lo evidente, lo que está fuera de toda duda razonable, que es la divina infalibilidad y la vocación de Salvador del Presidente de la República.

Y es así, tal como reconoció Bonil hace un par de días, como la misma persona que en la práctica hace y deshace toda la "opinión pública" del país es capaz de eludir cualquier responsabilidad sobre la misma. Repito: Verdades son lo que dice él, Opiniones lo que dicen los demás. Tú eliges.

Lo dicho entonces: lo que tenemos es un estudio inusualmente bien documentado del descenso de un individuo al infierno de la locura, a través de un trastorno narcisista galopante habilitado y reforzado por las circunstancias del poder político.

Todo un "cautionary tale", para quien quiera verlo.

Muchas veces lo he dicho: un estado sano, una república realmente civilizada, se conocerá entre otras por esta seña: que entre gente culta, hasta saberse el nombre del actual "presidente de gobierno" sería considerado una vulgaridad, señal de frívolas inquietudes. La política, esa ciénaga de mundanas ambiciones y vistosos trastornos psíquicos, sería el lugar de los infelices, que afortunadamente carecerían de poder alguno para influir en la vida de quienes sí tienen algo fructífero a qué dedicarse. En tal caso, la enfermedad mental del Jefe de Estado sería simple anécdota para mentes ociosas. En lugar de lo cual, hemos hecho de tal guisa que, como dice Auden, "cuando él lloró, niños pequeños morían en las calles."


sábado, 28 de marzo de 2015

El suicidio perfecto

"Muchos suicidios demuestran una penosa falta de consideración para con los demás."
   - E.R.

Que conste entonces que ya traté el tema en su día. Lo que sigue, paralipomena nomás.

Cuando recuerdo, parece que pasé gran parte de mi vida planificando mi suicidio. Los jóvenes tienen ese toque de románticos. De muy aniñado, uno se imagina un final estilo Chatterton, hasta enterarse que en el cuadro el pintor suprimió el Kleenex y el Hustler y que al poetastro realmente lo único que le ocurría era haber recién llevado a feliz término un pajazo de esos extraordinarios, memorables, que te dejan con un brazo colgando de la cama de puro destesteronizado. ¿Muerto? Así no muere nadie, ni que fuera autor de Aella, Birtha, Celmonde y toda la tribu. Y de todas maneras en estos días ya no hay arsénico ni por compasión.

¿Cómo hacerlo? sigue siendo la gran pregunta. ¿Molestando a la Bacheletti (hasta que "cambies de idea")? ¿Saltando del Empire State? (creo que ya no te dejan). ¿Abriendo esa puerta de madera húmeda debajo de la fregadera de la cocina e ingiriendo el contenido de todas las botellas polvorientas que encuentras ahí, al lado del U-Tube, al estilo Mari de la Coiffeuse? Chapucerías. Si hubiera un modo original y brillante de quitarse de en medio, ya no sería original de tan trending topic que inevitablemente se pondría: cada año uno entre mil hombres groenlandeses caerá en alguna de esas chapucerías y de paso, como quien no quiere la cosa, se autoliquidará (ayuda mucho vivir en Groenlandia). Si la cosa fuera tan sencilla como simplemente apuntarse a salir en "Caso Cerrado" y luego esperar que la tierra te trague, todo el mundo haría cola para salir en ese programa y no necesitarían emplear malos actores. Todo esto ya lo hablamos en ese otro post, así que sigamos con pies planos y juanetes y adelante.

Ahora: eso de que la razón hombres/mujeres en eso es de 3 ó 4 a 1 según país: curioso, ¿no? Hay que ser un tipo especial de arpía maloliente y barrigona para achacar ese toque desdichado masculino a la nostalgia de un supuesto "privilegio" (femi-wannabies de este país: aprendan de una vez. Ser feminista es ser odiosa, mezquina y estúpida. Así de bonachonas, coquetas, diletantes y escritoras para Gkillcity como sois acá, no llegaréis a ninguna parte.) Más sensato me parece reconocer lo que mi propia experiencia me ha traído: que cuando se tiene un niño (peor dos, tres, ó nueve) ya no es factible auto eliminarse. Hay demasiadas bocas. Tampoco hay, realmente, tiempo. Ni tiempo ni soledad para la planificación ni la ejecución. Por eso, porque tienen en muchos casos una criatura hambrienta y llorona en cada brazo, es porque las féminas no se suicidan en mayor cantidad. Lo que nos recuerda que en el fondo, o detrás de las apariencias de abnegadas mater y paterfamilias, el suicidio es mucho más popular de lo que aparenta ser. Hasta podría ganarse alguna que otra elección, meseemeth, con una campaña apropiada, dotada del talento de Indiana Jones o alguien con similares dotes de orador. Escuchemos al bueno de Spenser:

What if some little paine the passage have,
That makes fraile flesh to feare the bitter wave?
Is not short paine well borne, that brings long ease,
And layes the soule to sleepe in quiet grave ?
Sleepe after toyle, port after stormie seas.
Ease after warre, death after life does greatly please.


En fin, no vine para hacer proselitismo al respecto. Sólo diré que a todos los que alguna vez moramos en Death's Other Kingdom, si bien bipolarmente, nos puede pasar, eso de tomar nuestro microclima emocional por un mapamundi, y creer que quien tenga ganas de abandonar este planetito que a nosotros nos va tan súper bien (o no tanto, pero bien, tirando) hay algo que el desdichado, el pobre no está viendo, algo que le falta, algo que le tenemos que predicar pa que se entere de una vez y se una de por vida al coro de los semi satisfechos con patria, salvaguardias y orégano en los dientes.

No.

No hay nada que el suicidioso no ve. O puede que sí, pero en fin. Lo más probable es que sea el predicador el que no ve bien. Porque "razones", no se trata de eso, o no tanto. Se trata de que en el cerebro humano hay una homeostasis frágil y demasiado fácil de desbaratar (trata de 1. ser viejo, 2. chupar como mil demonios y 3. follar, todo en el espacio de seis horas, y lo entenderás mejor) y cuando se desbarata, verás el mismo mundo con los mismos ojos, las mismas personas y noticias y argumentos y reasons to be cheerful y el mismo todo, pero desde otro acuario interior, con otros peces flotando dentro y otras luces mucho más tenebrosas.

Algunos lo llaman "depresión" (no confundir con la típica excusa para no cumplir los deadlines en el trabajo, o por comer otro donut de chocolate con vainilla).

Claro. Todo eso a cuenta de ese alemán. Estoy seguro que, al igual que yo, tratas de entender cómo puede un tipo capaz de correr medio maratón y discutir sobre reglamentos de aviación civil en Facebook planificar y ejecutar un suicidio que involucre a otros 149 personas. Yo tampoco lo sé. Es demasiado fácil decir "psicópata". Lo único que podemos hacer es ajustar, recalibrar un poco nuestra visión del mundo, con especial énfasis en los siguientes aspectos: TS Eliot, Burger King, el suicidio en sí, las demás personas, y lo que le quieres echar tú a la mezcla.

Yo, que soy de otra generación, y empiezo a valorar este dato en su justa medida (el país no importa, pero la generación sí), ya lo digo, recuerdo haber pasado años, décadas, rumiando la cuestión de cómo demonios quitarme de en medio sin afectar ni a una sola persona.

Lo primero era no hacerse demasiadas amistades.

Lo segundo... ya lo digo, fui romántico en mi día. Decidí que la ciudad que mi viera morir tendría que ser el mismo que me vio nacer, en modo figurativo valga aclarar, o sea que tenía que ser Segovia. No sé, creo haber contado en otro lugar cómo llegué allí de viaje un día y me compré como de costumbre El Atrasado de Segovia, que es como El Universo aquí, sólo que ha dado su nombre a una callejuela en un barrio de mala muerte, y vi en una esquina de la primera plana que un tipo se había ahorcado frente al acueducto, que es como el edificio del Agro acá pero sin taza de Nescafé y ha durado más. ¡Qué poético! me dije ensimismado, ese tipo sí que sabía cómo irse. Así que ya lo tenía todo listo, y la Carmen recién me había botado a la alcantarilla como pegajosa envoltura de caramelo para un fresco aliento, así que inmejorable, pero pasó lo que suele pasar, otra mujer (de nuevo figurativamente hablando) te arranca el puñal de la mano y luego te marchas para otro lado (con otra más; cuando no las necesitas las mujeres salen hasta de debajo de las piedras) y tienes un hijo y ya no sigues con esa historia, aunque sigues soñando con ella, con la perdida, y aunque en tu interior reconoces lo evidente, que parte de ti murió allá, y es precisamente porque la que quedó fue casualmente la parte más intrascendente, que ya no tienes dificultad en sobrevivir, porque la basura siempre sobrevive, y hasta las colillas de cigarrillo perduran sorprendentemente entre las rosas: un poco mugrientos, pero sobreviven.

En fin.

La cuestión es que un día dices como la cosa más normal del mundo: Buenos días, hola, cómo estás, yo bien, bueno si realmente quieres saberlo, con unas ganas exacerbadas últimamente de dejar de existir, pero como eso ya no es plan, soy papá y todo eso, entonces pues eso, bien, y tú? Y eso es la vida. Así que no seas gil y vayas pensando que si "los demás" no nos unimos a ti en tus frenéticas búsquedas de la mejor manera de envenenarse tiene que ser porque tú seas especialmente infeliz y trágicamente incomprendido y todo eso. Claro que hay gente smug, pero se ven a la legua por su aureola de smuggerie. No es eso. Simplemente, hay prioridades y lo dicho, para mi generación y tal vez para mi modo de ser liberal, la prioridad primera es no joder. Do As Thou Wilt An It Pisseth Not On Anyone Else's Chips Shall Be The Whole Of The Law, que dijera Crowley. Es una actitud ante la vida.

¿Y la otra?

Entre lo poco que sabemos de Lubitz es que en su página de Facebook tenía un link a:

una sucursal local de Burger King

En serio. Y creo que con eso está dicho todo. Y es tarde, así que muy rápidamente; léete o reléete The Hollow Men, de Eliot (creo que está en Project Gutenberg), medita un poco sobre qué puede tener entre sus orejas alguien que postee un link a Burger King en Facebook, y en qué mundo estamos condenados a vivir los demás, los que no tenemos link a Burger King en Facebook, y encima o peor que eso, a veces estamos tentados, ante la tiranía de las apariencias de la que hoy día resulta tan difícil sustraerse sin atraer la atención no solicitada de Richard Dawkins, de creer que "los demás" realmente están felices, o solo esperando que un ministerio se las arregle para que lo sean, en lugar de lo impepinable, que es que todos, absolutamente todos, tarde o temprano sólo queremos irnos a dormir, con la opción, eso sí, de decidir en qué cama y con qué compañía y con qué ausencias y no necesariamente en el costado de una montaña en los Alpes que ni conocemos como para poder decir qué bonito final.


domingo, 8 de marzo de 2015

Cuando no te escuchan



"In January 2013, a joint report by the NSPCC and Metropolitan Police, "Giving Victims a Voice", stated that 450 people had made complaints against Savile, with the period of alleged abuse stretching from 1955 to 2009 and the ages of the complainants at the time of the assaults ranging from eight to forty-seven. The suspected victims included 28 children aged under 10, including 10 boys aged as young as eight. A further 63 were girls aged between 13 and 16 and nearly three-quarters of his victims were under 18. Some 214 criminal offences were recorded, with 34 rapes having been reported across 28 police forces."

Así el Tío Wiki. OK, un monstruo violador/abusador de niñ@s entonces. ¿Por qué no está pudriéndose en la cárcel? Pues porque murió allá en el 2011. Ya, pero ¿antes de morir? Ahí está. Antes de la muerte de este sujeto, que ya que preguntas se llamaba Jimmy Savile, famoso DJ y presentador inglés, ni una sola de estas 450 personas que supuestamente fueron abusadas y/o violadas por él durante el período 1955-2009 puso una denuncia formal. Ni una. Lo que sí hubo, esporádicamente durante la vida del sujeto, fueron "allegations", rumores, sospechas, algunas de ellas investigadas por la policía pero abandonadas por "insuficiente evidencia". El funeral de este hombre fue una de esos orgías públicas de inenarrable mal gusto tan queridas por los ingleses, repleto de emotivos tributos a ese extraordinario tipo que había pasado su vida recaudando fondos para diversos fines caritativos (se estima un total de 40 millones de libras), entre ellos un hospital (Stoke Mandeville) que muchos asociaban con su nombre; y quien durante muchos años había presentado un programa televisivo (Jim'll Fix It) donde era cuestión de cumplir los caprichosos sueños de niños socialmente desventajados, tipo "quiero jugar al fútbol con Ian Rush", ante los agradecimientos lacrimosos de sus emocionadas mamás. Un santo, vaya. Todo un public institution. Y luego...

Hay quienes no se creen nada de las acusaciones póstumas en contra de este hombre. Entre sus argumentos de mayor peso:

(1) Si tantos crímenes cometió, ¿por qué no hubo ningún juicio durante la vida del sujeto?
(2) El escándalo Jimmy Savile ha sido (y sigue siendo) un regalo de Dios para la prensa sensacionalista británica, debido en parte a la inmensa fama de que gozaba el hombre durante su vida, y su reputación de santo patrón de las celebridades recaudadoras de fondos caritativos.
(3) Algunas de las acusaciones contra él ya se han demostrado ser falsas.
(4) A un muerto no se le puede seguir un juicio formal. Y en la ausencia de un juicio, prevalece la presunción de inocencia, ¿no es así?

A estos argumentos yo quisiera agregarles dos más:

(5) El tipo tenía una personalidad bien rara, de ésas que provocan en muchos casos una intensa antipatía. Es posible que su aparente predilección por la compañía de niños y adolescentes (como presentador de Top of the Pops y Jim'll Fix It, y como patrón de algunas escuelas y hospitales, tenía el pretexto perfecto para rodearse de ellos) haya sido la causa, sin más, de que el ex cantante de los Sex Pistols Johnny Lydon, en una entrevista censurada del año 1978, le haya deseado a Savile la muerte, sospechando "all kinds of seediness" y alegando "rumores", o que en una letra de uno de mis bandas preferidas haya salido la siguiente alusión, transparente a más no poder:

Down at Stoke Mandeville I bumped into Mr IQ
I said “Hey, albino, this is not 1972!
So stub out your King Edward and get that small boy off your knee
And melt down your rings and things and get yourself off my TV”

Jim, could you fix it for me
To come down and suck out your kidneys?
I've got this young brother, you see,
Who wants to stay alive to watch Bilko...

Está todo aquí: el tipo tenía desde muy joven un cabello demasiado largo y demasiado rubio; era adicto a los habanos ("King Edwards"), que manejaba al estilo Groucho, a las cadenas y joyas (bling, en el argot actual); tenía una forma de ser como presentador tan falsamente jovial y maquinalmente dicharachero que cansaba, y solía disfrazar su mediocridad y falta de ingenio verbal con una serie de catchphrases vacíos de contenido y la mar de irritantes ("How's about that, then", etc.). Yo recuerdo que de niño, verlo en TOTP, donde turnaba con otros DJs bastante más fumables, me causaba siempre una especie de vago desazón. Todo en él me irritaba: su aspecto estrafalario, su manera de hablar, la vaga sensación o intuición de un alma superficial, vacío, de una personalidad medio cretina y, como dirían los franceses, ratée. Sí, era raro. Y para colmo de rareza, nunca se casó, ni se le conoció en vida una sola relación de salir con.

Todo lo cual predispone a sospechar. Y donde existe este tipo de predisposición, la razón y la conciencia moral nos obligan a ser doblemente cautos. Sobre todo a quienes hemos experimentado en carne propia algunas de las consecuencias de ser, de alguna manera y mutatis mutandis, diferentes, "raros".

(6) Criminal o no, monstruo o no, la reputación de Savile ha sido, obviamente y de manera póstuma, víctima de la feria de los buitres carroñeros de los medios y de la babósfera, bajo la mirada indulgente de los Murdochs-That-Be. Como consecuencia de ello, denunciar un supuesto acoso de Savile acaecido décadas atrás se convirtió en algún momento en un pingüe negocio, tanto desde el punto de vista de la fugaz celebridad como desde el punto de vista financiero (casi toda la fortuna del DJ, estimado en 3.3 millones de libras, se ha dedicado al pago de indemnizaciones presentes y futuras: firme aquí, ¿recibo policial?, ya, perfecto, tome sus sesenta mil libras). La feria ha sido tan desvergonzada, tan rapaz y tan desmesurada, que obliga, al mismo tiempo en que tristemente intentamos hacernos alguna idea de las vidas que ese hombre posiblemente envenenó, a cuestionar el papel de los medios en todo esto. Sí, de los medios.

Correa antaño gustaba de citar a Blair a este respecto, y hay que reconocerle algo certero en este tema, pese a que Blair es un mentiroso y un presunto criminal de guerra, pues como dice la Biblia, "out of the mouth of knaves and fuckwits,", etc. Decía esto:

News is rarely news unless it generates heat as much as or more than light.... attacking motive is far more potent than attacking judgement. It is not enough for someone to make an error. It has to be venal. Conspiratorial. (...) The fear of missing out means today's media, more than ever before, hunts in a pack. In these modes it is like a feral beast, just tearing people and reputations to bits. But no-one dares miss out.

Cuando el ojo depredador de The Sun cae en ti, olvídate de la mesura, de las matices, del equilibrio, de la imparcialidad, de cualquier ética. Si lo único interesante que hayas hecho es algo bueno, harán de ti un santo: si es algo malo, un demonio. No vaya a ser que la competencia les gane la partida con un adjetivo más barriobajero. Si tu crimen fue montártelo con una chica a quien le faltaban meses para llegar a la mayoría de edad, con su entero consentimiento, te llamarán pedófilo y violador, porque, legalmente, pueden. Vendrán prestos los "testimonios" que permitirán sumarle el apetecido "...en serie". Y así, podrán colocar tu foto al lado de la de Hitler o Stalin. Y la babósfera hará el resto.

¿Babósfera?

"Although we speak of communities as of sentient beings; although we ascribe to them happiness and misery, desires, interests and passions; nothing really exists or feels but individuals."

Lo de arriba fue dicho por Wiliam Paley (el del Divino Relojero, ya sabes). Se trata de una verdad muy necesaria hoy en día. Digámoslo así: un individuo puede tener inteligencia, ideas sofisticadas, brillantes proyectos, y delicados y matizados sentimientos. Un grupo o colectivo cualquiera no puede pensar o sentir nada, salvo en el sentido metafórico que se resume en que los individuos de que consiste compartan esas ideas, esos sentimientos. Pues bien: la experiencia nos demuestra, una y otra vez y hasta la saciedad y a veces el suicidio, que hay ciertas ideas y ciertos sentimientos que son de muy difícil comunicación. Tomemos un ejemplo: yo mismo pasé dos años en el Colegio Mixto Pequeños Ornitorrincos del Saber (q.v.) intentando, como profesor, compartir mi entusiasmo por la literatura inglesa. ¿A cuántas personas conseguí contagiar con ese entusiasmo? A ninguno que yo sepa. Por eso dejé ese trabajo. (Enseñar idiomas es mucho más fácil que enseñar entusiasmo por lo demostrablemente irrelevante.) Por el otro lado, vemos a diario que cualquier sugerencia o sospecha sobre la supuesta ruindad, maldad o perversión de un personaje público o celebridad siempre reunirá a un posse de entusiastas seguidores, y fácilmente se convertirá en lynch mob. Somos así los humanos: seres tribales, siempre con la búsqueda o la nostalgia de pertenecer, donde dicha pertenencia se afianza sobre unas bases muy limitadas y asaz atávicas, bien comprendidas por cualquier político exitoso, como pueden ser: el odio al diferente, el cinismo y el estereotipo como sucedáneos del pensamiento y de la discriminación, respectivamente, y la sumisión al poderoso, al sobredimensionado Gran Líder, de que el mito de la santidad es necesario corolario. Resumiendo: es lástima, pero casi lo único que se puede compartir eficazmente a nivel de colectivo es aquello que se ajuste a nuestros instintos y emociones de primate prehistórico. Lo demás, para los individuos o en petit comité. Y es por esto mismo que uno, con los años y los golpes, aprende a desconfiar del sentir de las masas, de la "democracia" misma, y se vuelve feroz defensor de ese pequeño espacio en que a uno mismo se le permite ser todavía un poquito inteligente y un poquito uno mismo, a espaldas de la muchedumbre. Es decir, se vuelve liberal ("Libertario" no, por favor: un libertario es una persona tan bizarramente cojuda que cree que algún día puede haber una sociedad estable de individuos gloriosamente libres, sin caudillos ni gobiernos tiranos: si sientes la tentación de volverte libertario, googlee Milgram Experiment y piénsatelo un poco).

En fin, perdonen el exabrupto, pero viene a cuenta. Lo de Savile ha sido, en resumen, un feeding frenzy de los medios y del morbo inconfesado de cada uno. Pero queda la pregunta: ¿y si hubiera algo de verdad en todas esas acusaciones?

Estamos en el año 1969. Una chica de 15 años de Leeds, digamos (la ciudad más deprimente de Inglaterra, aclaremos), tiene, desde hace años, el deseo inmoderado de salir en Top of the Pops, entre todas esas inglesitas torpes y sudorosas que se mueven torpe y dócilmente al son del último gran éxito de los Top Twenty, mientras un camarógrafo preso de lujuria roda por el suelo intentando algún ángulo upskirt para el lúbrico telespectador. Llamémosla Kate.

Con el beneplácito de sus padres, hace el peregrinaje a Londres, a la BBC, y ¡oh felicidad! le dejan pasar, eso sí, mintiendo sobre su edad. La filmación del programa, bien divertido, aunque no se había dado cuenta de que todas las canciones eran modo Playback. Es una discoteca, básicamente, amenizado con la presencia de algunas estrellas menores del Pop haciendo mímica como pueden. "Un aplauso más para la cámara". Bien. Luego, al final... parece que todas las demás chicas se van para allá, donde están los vestidores. A lo mejor habrá autógrafos de las estrellas. Voy con ellas.

"Hola, muñeca. No, tú no, esta otra, la de la blusa. ¿Estás sola? Oye, ¿te atreves a entrar aquí? Estoy con el mismísimo Gary Glitter, nada menos. 'Ow's about that then?". A ella nunca le ha gustado Gary Glitter, peor este Jimmy Savile, pero bueno, no es todos los días que una tiene la posibilidad de estar con estos famosos, tan cerca, y dejando a tantas otras decepcionadas allá fuera...

"Joder, Jimmy, ésta es muy vieja para mi gusto, ya sabes, a mí me van las tiernas. Cógetela tú, haz el favor."

"Bueno, muñeca, ya que estás aquí, no nos vas a decepcionar, ¿verdad? A ver qué sorpresas hay debajo de esa ropa barata... adelante, enséñanos..."

En el tren de vuelta a Leeds, todo el tiempo, ella va repitiendo: soy una tonta, soy una tonta. La anciana que tiene sentada frente a ella en un momento le ofrece su pañuelo para secarse las lágrimas.

Ella que había supuesto, siempre, que un hombre célebre, una estrella, era por definición un ser amable, cortés, un caballero. Un adulto, vaya, como sus profesores, capaz de interesarse por ella, por sus estudios, por sus sueños. Y ahora resultaba que no. Que ellos eran los depredadores y ella, la presa. Que lo único interesante que ella tenía era su cuerpo. Y que ese interés caducaba a los diez minutos, el tiempo de aprovecharse  de su inesperada presencia. Luego, adiós y muy buenas. No dirás nada a tus papás, pues se reirían de ti. Ah, hay un baño enfrente. Lávate, no vaya a ser que dejes sangre en el asiento del tren.

Llega a casa. "Niña, ¿cómo te fue?"

"Muy bien, mamá".

La verdad era ésta: que había dos mundos. El mundo aparente, donde la gente hace ademán de entenderte, de preocuparse por ti, donde los hombres (algunos) son amables y corteses. Luego está el otro mundo, el de verdad, donde eres una mercancía, eres carne en venta, y los hombres son gorilas que manosean, braman, agarran... Y el símbolo de esta dicotomía, del engaño de las apariencias, es ese tipo asqueroso, hediondo, siniestro, sonriente, que aparece en la tele todas las semanas, a quien todo el mundo admira porque hace tantísima cosa por la caridad. ¿Cómo iba a contarle a nadie lo sucedido? ¿Quién lo iba a creer? Peor, tal vez: lo creerían, a lo mejor todo el mundo ya lo sabe, a lo mejor yo soy la última tonta del mundo y que un hombre así se aproveche de toda chica que se le acerque, se sabe, se permite, es parte del mundo en que vivimos, y entonces: si algo digo, estoy intentando echar abajo todo eso, soy enemiga de la sociedad, que se ha erigido sobre el fundamento de una necesaria hipocresía en que todo el mundo participa. Porque no hay alternativa. Porque los seres humanos no damos para más.

¿Qué hago entonces?

Les enseñaré que no soy ninguna tonta. Que conozco mi lugar. Que sé tanto como ellos...

Pasan los años, en una furia de vengativa promiscuidad. Pasan las enfermedades, las decepciones, las discusiones. Al final, madre soltera con dos niños, y unos padres que ya, hace mucho, no le hablan. "Jimmy" se ha muerto, pues qué bien. Uno menos. Y un día, en el periódico, la sorpresa: SAVILE, EL ¿MONSTRUO? "Por fin puedo contarlo, por fin..."

Sí, puede ser. Dentro de las limitaciones de mi dudosa capacidad narrativa, es verosímil.

¿Mi punto?

Suponiendo que tan sólo una cuarta parte de lo alegado contra Savile fuera verdad (y sinceramente, no creo descartable esta posibilidad), la cuestión ha de ser: cómo, en qué mundo, en qué tipo de sociedad fuera concebible que Kate contara su historia, a tiempo, no décadas después? Cómo conseguiremos una sociedad donde a un monstruo se le desenmascara oportunamente, donde no se le da carta blanca a una "celebridad" para que vaya cometiendo sus fechorías durante décadas con la venia o la vista gorda de tantos y tantos "responsables" (BBC, autoridades de hospitales, etcétera) como vienen implicados en este caso?

No sé, o no sé mucho. Lo que sí creo al respecto: que la tal sociedad es la misma que la que preconizamos los liberales, a sabiendas que no la vamos a tener nunca, o solamente en una realización muy parcial, inestable, incompleta y a pequeña escala. Una sociedad que escucha tiene que ser, necesariamente, una en que se valora al individuo, con sus necesarias imperfecciones como tal, encima del arquetipo jungiano tan cínicamente manejado en la propaganda de los movimientos políticos, que proyectamos sobre los demás y nosotros mismos: el proletario y el campesino rudos, explotados e inmaculados en su honra; la mujer santa, sabia, inocente e impoluta; el neolítico "hombre machista", el líder o prócer, valiente e incomprendido, de alma "superior"; el vil e inescrupuloso capitalista o banquero; el monstruo de la perversión sexual que se disfraza tras la cortina de la celebridad, la trágica y desde luego inocente víctima de la maldad ajena. Si venciéramos nuestros prejuicios que realmente son tantos pretextos para menospreciar al otro, y así afianzar nuestra tambaleante ego, herido a muerte por la constante sensación de nuestra irrelevancia y mediocridad en un mundo demasiado globalizado, sabríamos ver que así como no hay santos, aunque sí útiles recaudadores de fondos de vez en cuando, tampoco hay demonios, aunque sí algún que otro peligroso narcisista sicópata. Sabríamos que, de acuerdo con Blair, no toda equivocación es una conspiración, no todo toqueteo es una violación, no toda vergüenza y humillación necesariamente te tiene que estropear la vida, a menos que quieras estropeártela con ese pretexto. En una sociedad así, ninguna reputación se cotizaría en 80 millones de dólares ni 40, sino en lo que puede valer la reputación de cualquiera en una sociedad donde se tolera la imperfección y ya no se sobredimensionaran las cualidades de las personas, donde ya no hubiera "lideres", donde los piropos y las críticas se sopesaran mucho, por respeto a la verdad. Una sociedad sin culto a la celebridad ni al poder.

Y como siempre voy diciendo, eso no se consigue ni con Leyes de Comunicación ni con Ministerios de Cultura, sino con el esfuerzo diario de las personas por ser un poco mejores, más humanos, más comprensivos, más inteligentes y más caritativos que ayer. Nada más.

domingo, 1 de marzo de 2015

Poder y valores

 Perfection, of a kind, was what he was after,
And the poetry he invented was easy to understand;
He knew human folly like the back of his hand,
And was greatly interested in armies and fleets;
When he laughed, respectable senators burst with laughter,
And when he cried the little children died in the streets.


       ("Epitaph on a Tyrant" - W. H. Auden, 1907 - 1973)


Según algún dicharachero de Twitter, lo siguiente fue dicho ayer por el Presidente en su enlace semanal.

Queridos jóvenes el poder es bueno. No hay que burlarse del poder. Sin poder se cae en anarquía.

Bueno, como siempre digo, es un punto de vista. Lo que sigue es otro.

Necesitamos primero una definición de poder. Propongo la de Orwell, que como siempre, va directo al meollo de la cuestión:

"Power is in tearing human minds to pieces and putting them together again in new shapes of your own choosing." (1984)

Lo podemos expresar de un modo más formal: poder = violencia. Por tanto, es el antónimo de libertad. Si una persona toma decisiones sin que la voluntad de otra(s) persona(s) influya en ellas salvo de manera residual (más abajo lo explico), decimos que esa persona es libre. Si su decisión, en cambio, es el resultado de la voluntad de otra persona impuesta de modo coercitivo (mediante amenazas de violencia, o violencia real), decimos que está bajo el poder de esa otra persona. Tener poder es suplantar la capacidad de decisión de las personas; es anular su libertad. Y tener poder político es avasallar voluntades a gran escala, mediante el aparato del Estado.

Ahora, soy consciente de que esta definición es simple e individualista, y que como tal no le resultaría satisfactorio a un marxista, por ejemplo, que insistiría en que el poder es propiedad funcional de una relación asimétrica, no entre individuos, sino entre clases socioeconómicas bajo un determinado modo de producción, por ejemplo, el capitalista. (El funcionalista en sociología diría lo mismo, mutatis mutandis, haciendo constar que la tal relación asimétrica recibe su absoluta bendición.) Para el caso poco importa. Hasta el marxista, pese a toda su artillería de ofuscación, a fin de cuentas tiene que reconocer que el cambio deseado en las relaciones de poder pasa ineluctablemente por la toma de conciencia, de parte del individuo, de que lo que está haciendo va contra su voluntad, de que su papel es el de víctima de una determinada forma de violencia, aunque no sea dirigida contra él. ni que venga de parte de ninguna persona en especial. Es más: el marxismo clásico propone, al igual que cierto liberalismo clásico, reducir el poder a su mínima expresión, que utópicamente sería la perfecta nulidad. Las contradicciones del capitalismo desembocan en revolución, tras la cual se establece, por un tiempo limitado, un régimen de defensa de las conquistas frente a las fuerzas reaccionarias (dictadura del proletariado); los reaccionarios mueren, el Estado como expresión del poder hegemónico al final se vuelve obsoleto, "se marchita", y se instaura una sociedad de cooperación y auxilio mutuo y perfecta igualdad, el comunismo, en la cual no existe ningún poder político de ningún tipo. Es precisamente esta visión apocalíptica-mesiánica del marxismo tradicional la que le ha permitido venderse como ideología liberadora: hay que disputarle el poder al sistema, dicen, hay que arrancarle la hegemonía (según la formulación gramsciana) para que ese poder pase a manos de los buenos, perdón, de la vanguardia del proletariado, o séase, nosotros, pero no es que queremos disfrutar de ese poder en perpetuidad, ¡no compañeros! sino administrarlo hasta ese glorioso momento en que ya no sea necesario, porque ya no tendremos enemigos contra quienes defendernos. Es esa propaganda contra la que arremete Orwell cuando le hace decir al gárrulo O'Brien

The German Nazis and the Russian Communists came very close to us in their methods, but they never had the courage to recognize their own motives. They pretended, perhaps they even believed, that they had seized power unwillingly and for a limited time, and that just around the corner there lay a paradise where human beings would be free and equal. We are not like that. We know that no one ever seizes power with the intention of relinquishing it. Power is not a means; it is an end. (op. cit.)

Ahora, sabemos que Correa no es marxista, pero hasta ahora uno suponía que su pretendido izquierdismo sui generis por lo menos abarcaba ese lado del socialismo contestatario al poder: sus múltiples propagandistas en El Telégrafo han pasado años despotricando contra los poderes fácticos (esos detentores imaginarios del poder real, cuya existencia justifica ver al pluripotente Estado, a pesar de todo, como un diminuto David frente a un oscuro Goliat) e inventándose enemigos a conveniencia, para que nadie dude de que la urgencia de la coyuntura justifica la arbitrariedad y la saña sin límites contra el pueblo. Bajo esta perspectiva, se podría decir que la cita presidencial, de resultar verídica, sería el "momento O'Brien" del régimen: ése en que se abandona todo fingimiento, y se admite lo que antes era una sola sospecha. El poder (para él, para ellos) es bueno. Y no están, para nada, dispuestos a renunciar a él.

Claro que tal cándida admisión viene con justificante. Si no hay poder, dice ese gran pensador que es el actual Presidente de la República, "se cae en anarquía". Lo cual, en términos esquemáticos, no es más que una perogrullada, si se define anarquía como "ausencia de poder". Ahora, la fuerza retórica de tal consigna estriba en que habitualmente y en términos coloquiales, entendemos anarquía como desorden, caos y violencia aleatoria. El poder es necesario para imponer el orden en una sociedad. Lo cual puede ser cierto. Hasta la fecha no conocemos, salvo experimentos inestables, sociedades sin estructuras de poder. Un antropólogo diría: somos una especie tribal, y no existen tribus igualitarias. Pero tal reconocimiento no implica en sí que el poder sea "bueno". Si lo fuera, lo lógico sería llevarlo a su máxima expresión, la tiranía y el totalitarismo, el mundo de 1984. En cambio, si admitimos que poder = violencia, y valoramos la no violencia, es decir la libertad, entonces el poder vendría a ser un mal (supuestamente) necesario. Y lo que se hace con los males, necesarios o no, es controlarlos y minimizarlos en la medida de lo posible.

Hay dos maneras de minimizar el poder, y aquí viene a cuenta lo dicho antes sobre el papel residual que las demás personas pueden ejercer en la toma de decisiones de un individuo. Si aceptamos que libertad significa poder tomar decisiones sin coerción, entonces cobra relevancia la forma en que tal coerción se ejerce, o dicha de otra manera, su representación interna en la mente del individuo. Frente a la visión esperpéntica de la sicología conductista, que reduce la decisión humana a estímulo y respuesta unidimensionales (y deterministas), y también frente a aquella caricatura malévola del liberalismo que lo identifica como libertinaje (o sea, si no aceptas la coerción de parte de miembros de la casta superior, eres condenado al más puro e irreflexivo egoísmo, pues al ser de las masas, no das para más), conviene insistir en que la mente humana es capaz, al tomar decisiones, de exhibir cualquier grado de sofisticación algorítmica y de delicadeza ética, de ser necesario, y habitualmente manifiesta por lo menos dos o tres niveles de recursividad. Uno toma decisiones, en primer lugar, descartando los imposibles (o sea, aplicando constraints), luego aplicando sus valores sociales o personales, mostrando, finalmente, cierta flexibilidad ante los imprevistos, los valores desconocidos o subjetivos, y el elemento arbitrario e irreductible de la experiencia personal. Lo podemos ilustrar con el siguiente ejemplo:

Salgo a trabajar por la mañana y me encuentro con que anoche dejé las luces del carro encendidas, y que el carro no arranca. ¿Qué hago?

Opción 1: mover rápidamente mis brazos como alas, para levantarme del suelo y así volar como paloma directo hacia el trabajo. Esta opción, harto atractiva, la tengo que descartar pues contradice las leyes de la física, que actúan como constraints.

Opción 2: volver a la cama, sin más. Si lo hago, mis alumnos quedarán esperando baldíamente. Habré demostrado irresponsabilidad y les habré perjudicado haciéndoles perder más tiempo de lo necesario. Puesto que la responsabilidad forma parte de mi escala de valores, descarto esta opción. Mis valores también actuán como constraints, pero a nivel inferior, más "blandos".

Opción 3: Llamar un taxi. Si lo hago, gastaré en el pasaje tal vez más plata de lo que me ganaré haciendo la clase, pero por lo menos habré cumplido con mi responsabilidad. Hmm.

Opción 4: Ir caminando hacia la parada más cercana, y coger el bus. Gastaré poco, pero llegaré muy tarde. Tal vez los alumnos se habrán hartado de esperar antes de que llegue. Hmm.

Opción 5: Llamar por teléfono a la secretaria y decir que no puedo ir y que avise a los alumnos para que no esperen. Hmm.
Opción 6: Ir despertando a los vecinos uno por uno, a ver si alguno está dispuesto a ayudarme a arrancar el carro con la ayuda de cables de arranque. Hmm.

Sea cual sea la opción escogida entre 3-6, se habrá tomado "en libertad": pero ello no significa que necesariamente sea la opción más egoísta, y hemos visto que tampoco significa que no haya tenido en cuenta previamente algunos factores limitantes (constraints). Ahora bien, con lo que sueñan algunos poderosos es que su poder se manifieste precisamente en que la representación interna de su voluntad sea vista como uno de esos factores limitantes, estables e inamovibles, situado en un nivel superior del proceso: a ser posible, codeándose con las mismas leyes de la física. Visión que se trasluce en expresiones como, por ejemplo, "cultura tributaria" (en que el individuo ni siquiera percibe el dinero pagado en impuestos como suyo, y por consiguiente, no es consciente de ningún acto coercitivo cuando se lo quitan). A tal fin, se intenta que el ciudadano internalice como valor primario la obediencia al Estado, aunque ésta habitualmente viene disfrazada con otros nombres, solidaridad entre ellos. Estos valores socialmente consensuados son precisamente los que permiten la hegemonía cultural gramsciana por parte de la casta dominante. Ahora, se puede discutir si la imposición más o menos consciente o deliberado de estos valores en la mente del ciudadano mediante técnicas diversas de lavado de cerebro, perdón, "educación", constituye una violencia, por tanto, una expresión de poder, o a qué nivel en la jerarquía de valores decisivos empieza o termina la coerción propiamente dicha. Son cuestiones complejas. Pero basta con lo dicho: muchos teóricos que consideran el poder como un mal necesario ven en la educación una solución parcial al problema: el ciudadano convenientemente educado obedece, no cuestiona el sistema, coopera "libremente". Es una de las dos maneras de, supuestamente, limitar el poder.

El otro debe ser obvio, pues se resume en aquella serie de consignas que habitualmente asociamos con la "democracia" liberal occidental: checks and balances, independencia de las funciones del Estado, proceso electoral, representatividad, rendición de cuentas, etcétera. Lo paradójico es que habitualmente se descarta, en cualquier discurso oficial, aquello que debería ser el elemento más central, más importante: el constante cuestionamiento de la necesidad de que el poder se ejerza en determinado ámbito, la necesidad de minimizar el alcance del poder en la vida cotidiana, y por tanto, de maximizar la responsabilidad individual. No hay mucho misterio en ello. El poder político está implacablemente opuesto a la responsabilidad individual, a la autonomía (aunque sea parcial) del individuo, y le interesa mucho que el ciudadano se vea como un ser indefenso, inepto y necesitado de protección, dirección y liderazgo. Es propiedad del poder tender a perpetuarse de esta forma. Y dicho sea de paso, el discurso hegemónico del poder ha encontrado un gran aliado en la globalización y en la sociedad de la información, en el sentido en que este proceso tiende a debilitar cualquier consenso social local, cualquier autonomía social preexistente, de modo que, ante los terrores del gran mundo sangriento, feroz y despiadado que muestra la pantalla de la computadora, el ciudadano así intimidado deposite su fe y sus votos de obediencia y lealtad a los pies del Gran Hermano, único ente con la fuerza necesaria para protegerle.

Así que, en el fondo, es cuestión de valores. A quien la libertad nunca le haya servido para nada bueno, sólo para equivocarse y darse golpes, tal vez sea mucho pedir que prefiera toda la incertidumbre que viene asociada con una sociedad abierta, donde la responsabilidad recae en el individuo y no en el Estado, con la consiguiente posibilidad de seguir equivocándose y dándose más golpes. En cambio, quien haya saboreado a fondo la potencia mental y espiritual del ser humano realizado no podrá ver apenas en las burdas y malintencionadas formulaciones retóricas del poder otra cosa que motivo de burla. Sí, de burla.

Y eso es lo que, puntualmente, viene a ser el problema, al parecer.

  "No hay que burlarse del poder".

Epitafio también (como diría Auden) de un tirano, si alguna vez lo hubo.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Qué hacer con los groseros

(...) [P]romover que las redes sociales se constituyan en un espacio favorable para el debate civilizado, con ideas y propuestas, y sin incurrir en agravios o amenazas hacia los involucrados (...) es un requerimiento cada vez más necesario, especialmente, en una sociedad en la que estos espacios se han convertido en una trinchera para lanzar ataques desde el anonimato. (...) No se trata, pues, de ser tolerante ante una supuesta ‘irreverencia’ de aquellos, sino de exigir respeto y responsabilidad en el uso de las redes sociales. Sin duda, estas reivindicaciones serán siempre satanizadas por los defensores a ultranza del libertinaje de expresión y aprovechadas por los opositores a todo proceso de cambio.

(de un artículo encontrado en el Telégrafo, where else)

Pobre Fernando. Ésta no ha sido su semana, creo, así que seamos comprensivos y un poco indulgentes, y en lugar de satanizar sus reivindicaciones, intentemos buscar terreno común, para lo cual, nada mejor que el párrafo que acabo de citar. Creo, por lo menos... bueno, ya veremos.

Empecemos con lo de las redes sociales. Confesaré desde un principio que no soy muy ducho en ellas: llevo varias semanas en Twitter y no consigo ni acercarme a la gloriosa meta de los 100 fologüeros; no tengo Facebook porque el Zuckerberg me cae chancho; no sé ni cómo funciona Guatsap ni para qué sirve. Realmente, no soy un tipo muy social. De lo poco que he visto, creo que puede haber redes "favorables para el debate civilizado", aunque no los he descubierto; también creo firmemente que Twitter no es una de ellas. No lo es porque por muy económico que seas en tu expresión, hay ideas que difícilmente se pueden empaquetar en 140 caracteres, por lo menos en tiempo real y con el perro y el niño persiguiéndose alrededor de tu pierna. Más que para el debate civilizado, yo lo uso para enterarme de las noticias, para compartir mis extraños y tétricos gustos musicales, y para formular frases pretendidamente lapidarias sobre cualquier tema que me llama la atención desde la pantalla de Tweetdeck. Ah, y también para hacer el mono de vez en cuando. Encuentro que Twitter es ideal para todos estos propósitos. Para el debate, no tanto. Son percepciones nomás. Si Fernando quiere hacer sus pinitos de debate civilizado en el mismo medio, me parece, desde luego, excelente. Aparte de la novedad del debate, ver al jefe de la SECOM portándose civilizadamente en cualquier medio sería un espectáculo verdaderamente fascinante.

Lo que no hago es agraviar gratuitamente a nadie, ni peor amenazar. Y estoy con Fernando: yo no promovería nada de eso. Yo mismo he sido objeto de la táctica calumnia + doxeo en un pasado, cuando frecuentaba otras redes ya difuntas (y mucho más fructíferas y eficientes: ah, lo que es tener edad para recordar aquellos heroicos tiempos): no desearía a nadie esa angustia, y creo que sé tan bien como Fernando, y tal vez mejor, qué tipo de persona proterva y desequilibrada se presta a esas prácticas. Digamos nomás: el mismo tipo de persona que, cuando se encuentra perdiendo una discusión relativamente trivial contra un respetado periodista televisivo, por pura rabia crea y emite una "cadena" pública, con siniestro (y anónimo) voz en off incluido, donde se muestra la casa del periodista en un amago de intimidación digno de un alma miserable. En fin, lo único en que tal vez difiero de las sabias palabras citadas, es en eso de "exigir" respeto y responsabilidad de los usuarios de dichas redes. Lo puedo promover, pero difícilmente "exigir" salvo en lo que a mí personalmente me concierne, ya que no soy dueño de ninguno de esos medios. Pero ya que hemos entrado en el tema. ¿cómo puedo o debo actuar frente a esos posibles agravios, esos insultos y difamaciones de que podemos ser objeto en cualquier momento? Lo que sigue son mis pensamientos y recomendaciones al respecto.

Primero, si estamos hablando de gente grosera, insultadora e irrespetuosa, hay que distinguir claramente entre las dos categorías: los impotentes y los poderosos. Los impotentes son aquellos que, en su imaginación, representan el sentir de cierto grupo o sector, del cual son los voceros autoelegidos: sus insultos son canalizados desde el hígado pasando por alguna zona primitiva del cerebro, donde reciben su baño de justificación moral, antes de consumarse en algún atropellado vendaval de mayúsculas, calificativos sin imaginación y errores ortográficos. Los hay de todos los sabores, aunque los más persistentes suelen vestir el manto de guerreros de Justicia Social (SJWs, por sus siglas en inglés). Su única arma retórica es el sarcasmo de colegial: son aburridos, repetitivos y por lo general, inofensivos. Mi recomendación: después de comprobar su nulo interés en el intercambio de ideas o el acercamiento de posiciones, bloquearlos. Fin del problema, si realmente se puede llamar así.

Los poderosos, ésa es otra cuestión. Y lo es porque, si bien alguno puede tener puntos vulnerables y perder vistosamente los estribos de vez en cuando, por lo general ellos no se dignan en insultarte de manera verbal, con todo el riesgo que ello representa (siendo como es el lenguaje un campo de batalla relativamente igualitario y exento de privilegios). Su manera de insultarte consiste en exigirte, con los intermediarios que hagan falta y aprovechando el andamiaje estatal, permanente tributo. Presumen de dirigir y "regular" vidas, entre ellas la tuya, y tienen la interesante pretensión de comprar sus lujosas mansiones con fondos extraídos a la población mediante extorsión. Ahora, puesto que su poder es relativo y depende de la pasividad de la población, en los países con tradición democrática más vetusta la tal pasividad se precautela con un código de comportamiento y de discurso humilde, cortés e indulgente con el votante, a quien incluso llegan a pedirle disculpas en muchas ocasiones por ofensas reales o imaginarias: somos, dicen, con su mejor y más servicial sonrisa, meros representantes y sirvientes públicos. Se trata, a fin de cuentas, de no exacerbar las sensibilidades de víctimas de su parasitismo, y la mayoría de esos sirvientes públicos entienden que tanto los insultos como las bromas que les son dirigidos, aparte de exhibir la justificación de la defensa propia, sirven como necesaria válvula de escape de frustraciones que de otro modo podrían tornarse peligrosos... hasta el punto, incluso, de "obligarles" a matar a niños de 14 años, por si acaso.

¿Qué hacer con ellos? Está dicho: en la medida de lo posible, y aun desde la postración a la que nos someten, reírse de ellos. Y si, a diferencia de aquéllos demócratas ya mencionados, lo toman personalmente, y replican con amenazas, juicios y encarcelamientos, entonces: reírse más. ¿Por qué? No solamente porque reír es mejor que llorar o patear al perro: también, porque la risa compartida es la mejor garantía de la continuidad de aquella sociedad civil, autónoma e independiente, que algún día los ha de enterrar, a toda la casta parasitaria y a sus pretensiones de controlarlo todo.

Y es en este contexto que se ha de ver el tema del anonimato al que también hace referencia el autor del medio párrafo citado. En un régimen con separación de poderes y estado de derecho, el anonimato no sería más que un afectación en el 99% de los casos, y estratagema de delincuentes en el restante 1%. En un régimen como el que tenemos aquí, de tendencia neofascista, es simple sentido común, igual que lo ha sido siempre en todos aquellos regímenes históricos que un desesperado lacayo como Werner Vásquez, pese a toda su alardeada educación marxista, convenientemente olvida (pregúntale quién fue Junius y por qué). Permite expresarse libremente (no insultar, no amenazar, expresarse) sin ir a la cárcel por ello. Además, y pese a todos sus inconvenientes (desde el punto de vista de quien quiere cosechar fama y reconocimiento social) el anonimato tiene una gran virtud: sabes inmediatamente y con absoluta certeza que quien se molesta por ello es porque quiere verte tras las rejas o en el paredón, así de sencillo. A nadie más le tiene por qué importar. Así, tienes una manera más de identificar a tus enemigos, o mejor dicho, a los enemigos de la convivencia pacífica. Aquellos que, por supuesto, seguirán diciendo que la sociedad de la convivencia son ellos, o que es algo que ellos han "construido" o que van a "construir", en cuanto los feroces embistes de los caricaturistas, los comediantes y los memeógrafos se lo permiten, y en cuanto los niños de 14 años sobrantes y adscritos a "la derecha" se hayan exterminado de manera ejemplar y precautelar.